¿Venció la muerte o el amor?

Valeria nació con riñones no funcionales: displasia renal bilateral. Una de esas enfermedades limitantes de la vida. Sus padres lo sabían desde la semana 17 de gestación y decidieron cuidarla y cuidar cada momento de su vida… y de su muerte. Todos preparamos los grandes acontecimientos de nuestra vida y de la vida de nuestros hijos con detalle, amorosamente… ¿Por qué no la despedida definitiva de un hijo, por qué no la muerte?

Por eso recabaron varias opiniones médicas acerca del pronóstico y la enfermedad de su hijo. Aunque algunos profesionales pudieran entender que eso les desautorizaba… Era algo tan normal como preocuparse por la salud de una hija ante una enfermedad de esas características.

Por eso durante el embarazo su mamá cuidaba de su dieta, sus posturas, su ejercicio….tanto como cualquier madre embarazada, o quizá más, ya que cada día de la vida de Valeria podía ser el último. Para que su hija se encontrara bien, cómoda, tranquila…

Por eso durante el embarazo guardaron todas las ecografías, quisieron tener vídeos de ella creciendo en el vientre… Por eso su padre les hacía fotos (a madre e hija), por eso ambos charlaban de ella, y con ella…

Por eso, como no, hasta el momento del parto, el nacimiento y la acogida de Valeria fue planificado… pensado en ella, queriéndola. A pesar de que no faltó quien aconsejó tener sólo en cuenta a la madre. Tanto amor pusieron que, en diálogo con los profesionales, el protocolo de las cesáreas del hospital donde Valeria nació, cambió radicalmente, y permitió hacer (por primera vez) el piel con piel en el quirófano, permitió que el padre estuviera presente durante la intervención y después, también el sacerdote para bautizarla… Se permitió que padre, madre e hija estuvieran juntos en todo momento, también en la sala de reanimación (donde los pacientes van tras una cirugía las primeras horas).

El día de su nacimiento yo fui la matrona que les acompañó y cuidó. Lo que presencié no fue una escena lúgubre y sin sentido. No. Vi esencialmente una escena de amor. La neonatóloga proporcionando a Valeria los cuidados paliativos que le confortaron en todo momento, con gran sensibilidad y humildad. Todo el personal guardábamos básicamente silencio, entendiendo que estábamos ante un momento doblemente trascedente en la vida de unos padres (el nacimiento y la muerte de un hijo).

¿Quiere decir esto que no hubo dolor? Claro que lo hubo. ¿Es incompatible amar con sufrir? ¿No será lo contrario, que quizá sufrir por otros ensanche nuestra capacidad de amar, haga grande nuestro corazón y nuestra alma?

Valeria estuvo todo el tiempo en el regazo de su madre y junto a su padre. El resto de la familia (abuelos, tíos) también pudo entrar a recibirla y despedirla. Cuando murió, su padre le puso el pañal por primera y última vez. La vistió, ¡tan amorosamente!, por primera y última vez. Muchas cosas tuvieron que hacer por primera y última vez. ¿Pero venció la muerte, el sinsentido, la desesperanza? ¡No! A mí me pareció ver que venció el AMOR. Eso de lo que ningún padre y ninguna persona se arrepiente y que siempre consuela tras la muerte de un ser querido: haber amado, haberle amado a lo grande.

redelhuecodemivientre.es

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