Una monstruosa ignorancia

Días atrás escuché una triste anécdota de labios de un profesor de una facultad de teología romana. Nos comentó que, hace un tiempo, vio un programa de televisión. Unos periodistas se acercaron a plaza San Pedro. Micrófono en mano, fueron preguntando a los sacerdotes que cruzaban por ahí, abordando incluso a un obispo.

La entrevista era breve. Hacían solo dos preguntas. La primera era si, a día de hoy, continuaban siendo importantes y válidos los Mandamientos de la Ley de Dios. A esta primera pregunta, los sacerdotes salieron bastante bien parados, es decir, fueron capaces de dar un mínimo de argumentos. Entonces se les hacía la segunda pregunta: «Bien, Padre, visto que los mandamientos son tan importantes, ¿me haría el favor de decirnos los diez mandamientos para que los escuchemos todos?». El profesor que nos hablaba decía que sintió vergüenza ajena, porque bastantes de esos sacerdotes no fueron capaces de decir los diez mandamientos. 

Ciertamente, la anécdota es triste. Si esto ocurrió entre sacerdotes, no quiero ni imaginar lo que podría ocurrir si repitiéramos la encuesta a la salida de una misa dominical en una parroquia cualquiera elegida al azar. A día de hoy, la ignorancia en materia religiosa es realmente grande —«monstruosa», decía el profesor—, y no se puede esconder que ese analfabetismo en materia religiosa está en íntima relación con el abandono de la práctica religiosa, e incluso de la fe, de muchos católicos. 

Conocer nuestra fe no es algo facultativo, no es algo que puedo elegir si lo hago o si no lo hago, sino que forma parte de nuestra obligación como bautizados. En primer lugar por nosotros mismos, porque nadie ama lo que no conoce. Lamentablemente, nos encontramos con muchos cristianos que no aman a Jesucristo, y no lo aman porque lo desconocen prácticamente todo de Él. El conocimiento de Cristo nos introduce en una relación de amistad y enamoramiento de Él, nos introduce en su misterio, alimenta y fortalece nuestra fe, hace nacer y crecer nuestro deseo del cielo… Amamos lo que conocemos. Y amamos más lo que conocemos más. Más amamos a Jesucristo y más queremos ser como Él y amar como Él. Y eso es clave y afecta a todos los niveles de nuestra existencia, porque solo en Cristo aprendemos esa clase de amor que da sentido a nuestra vida.

Pero no solo. Antes de ascender al cielo ante la mirada asombrada de los apóstoles y discípulos, Jesús dijo: «Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado» (Mt 28, 19-20). Para poder obedecer a esta última exhortación del Señor, es necesario prepararnos. Es obvio que «nadie da lo que no tiene». Si no tengo formación religiosa, no podré darla, no podré enseñar a otros «a guardar todo lo que yo os he mandado», no podré «hacer discípulos». Y estaré desobedeciendo a Jesús y poniendo en peligro no solo mi fe y salvación eterna, sino también la fe y la salvación eterna de otras muchas almas. Todavía me estremezco al recordar, recién llegada a una parroquia, esa tarde en la que una catequista de primera Comunión se me acercó para pedirme si yo —religiosa y mujer— la podía confesar… ¿Qué fe estaba transmitiendo esta catequista a los niños a ella confiados? Ciertamente, ella tenía una especial responsabilidad, pero cada uno tenemos nuestra propia responsabilidad, y todo debemos responder a esa llamada de Jesús: «Id y haced discípulos». Allí donde estemos, allí donde la providencia nos ponga, debemos estar «preparados para dar razón de nuestra esperanza» (I Pe 3,15).

A partir de aquí, cada uno debe hacer revisión y procurar poner soluciones. No todo el mundo tiene la posibilidad y la capacidad de hacer estudios superiores de teología, pero hay muchas formas de ir mejorando nuestra formación en materia religiosa, sea a través de grupos parroquiales, haciendo un camino de la mano de un grupo apostólico, inscribiéndonos a un curso de Biblia, presencial o a distancia… También procurando leer buenos libros, a comenzar por el Catecismo de la Iglesia Católica. Siempre tratando de beber en buenas fuentes, en manantiales que corren en continuidad con el magisterio secular de la Iglesia, hasta llegar a la boca misma del manantial, al mismo Jesucristo.

Yo he hecho la invitación. Espero que no caiga en saco roto.

Hna. Beatriz Liaño

Sierva del Hogar de la Madre

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