Miércoles, 16 Marzo 2016 16:00

El amor de Jesucristo transforma nuestros corazones

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Homilía pronunciada el domingo IV del Tiempo Ordinario C, 31 de enero de 2016.

Queridos hermanos:
Acabamos de pedir el amor en la oración colecta: “Señor, concédenos amarte con todo el corazón y que nuestro amor se extienda también a todos los hombres”.

Se trata de un amor que no es simplemente una abstracción, una entelequia, sino un amor sincero a Dios. También hemos pedido que ese amor se difunda hacia todos los hombres. Lo hemos pedido al Padre por medio de Jesucristo. Y como el Señor dijo “cuando dos o más se ponen de acuerdo para pedir algo, ciertamente mi Padre se lo dará" (Mt 18,19), estamos seguros de que crecerá el amor en cada uno de nuestros corazones, tanto el amor a Dios como el amor a los hermanos, a todos los hombres.

¿Qué clase de amor hemos pedido? Queremos el mismo amor que hay en el seno de la Trinidad, el mismo Espíritu Santo. Imploramos que el Divino Paráclito viva en nuestros corazones y sea Él quien nos guíe hacia el Padre y hacia los hermanos en una actitud de servicio. Eso es lo que hemos pedido.

Acudimos ahora a las lecturas y nos encontramos en el Libro de Jeremías (1, 4-5. 17-19) con un pueblo judío lleno de injusticias. Es el pueblo elegido de Dios, pero vive en el egoísmo, en la impureza y parece que el corazón de sus gentes está lleno de todos los deseos menos el de servir a Dios verdaderamente desde lo más hondo. Es la nación elegida y, sin embargo, el Señor se quejará muchas veces, llevándole a exclamar: “Este pueblo me invoca con los labios pero su corazón está lejos de mí” (Mt 15,8). Estas palabras del Señor parecen reflejar el pesar ante unos hijos que aman la materia más que a su Dios. No le escuchan ni le obedecen y prefieren hacer las cosas a su modo, con una forma de pensar puramente humana, sin confiar en su Señor.

Esta es la gran tragedia del pueblo de Israel, tragedia que viene arrastrando hasta el presente. Ha ido forjándose un corazón duro, pétreo. Se parece a esas piedras del cauce del río: igual que no penetra el agua dentro de ellas aunque estén sumergidas, tampoco entra el amor en sus corazones. Por eso, vemos en esta primera lectura que el Señor eligió a Jeremías y puso en boca del profeta sus propias palabras, otorgándole la misión de que plante, riegue, exhorte para ver si hay algún corazón que le oye y se convierte.

La Verdad es Cristo mismo

Dios elige a Jeremías como portador de su palabra y la primera norma que le da para que cumpla su misión es esta: “No les tengas miedo”. El temor puede atenazar nuestra lengua y hacernos incapaces de llevar el mensaje de Dios a los hombres. Hoy la Iglesia sigue siendo profética y nos toca a diario anunciar una realidad venidera, algo que hacemos al celebrar la misa cuando rezamos “mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo”. Porque creemos que verdaderamente Jesucristo vendrá. Y no es una vana credulidad sino que está fundamentada en sus mismas palabras, las palabras del Hijo de Dios, en Jn. 8, 28: “Cuando Yo sea elevado en alto comprenderéis que Yo soy, es decir que soy Dios”.

Este mismo Jesús es el que viene a dar fundamento a nuestra fe cuando en un momento crítico del juicio en el Sanedrín dice: "Veréis al hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo como juez para juzgar a las doce tribus de Israel". Es el mismo que, una vez resucitado, levantando los ojos hacia el cielo, les dio la misión de ir a todas las naciones y predicar, mandándoles bautizar y “aquellos que crean se salvarán y el que no, será condenado”. Él mismo les dijo "volveré" a través de los Ángeles: “Varones Galileos, ¿que hacéis mirando al cielo? Este que habéis visto elevarse, de este modo, volverá” (Hechos 1,11).

Por eso, nosotros no estamos diciendo banalidades, como aquel embaucador del pájaro cuenco al que oí en cierta ocasión en Nicaragua en un programa radiofónico. Explicaba con un tono de cierto misterio que el pájaro cuenco -así le llamaba- le había revelado la fórmula de un perfume que permitía a quien lo usaba generar atracción alrededor suyo (…). Cuando alguien le preguntó que dónde estaba el nido del pájaro cuenco, se escudó en el secreto. A veces podemos actuar como los compradores de ese perfume, guiados por esa vana credulidad, sin fundamento ninguno. Pero nuestra fe no es vana porque Cristo ha dado testimonio de que Él es el Hijo Dios. Nosotros nos lo encontramos en el Evangelio que hemos leído cuando asegura: “Hoy se cumple este oráculo que acabáis de oír” (Lc 4,21). Entonces se manifiesta ante quienes le escuchan como Dios, el Ungido, el Mesías, el Cristo. Tras el entusiasmo y admiración inicial suscitados entre quienes le escuchan, inmediatamente se produce una especie de acción-reacción. Y mientras los hombres de fe se mantendrían firmes reconociendo en Jesús al Mesías, muchos empezaron a murmurar "¿No es este el hijo de José, no es este hijo del carpintero?”. Y dudaban en contra de lo que estaban experimentando. Jesús, verdadero hombre, se quedó sorprendido.

Como escribió el papa Benedicto XVI, Jesús asumió verdaderamente todo lo que comporta el ser hombre. Y una de las cosas que comporta nuestra existencia humana es que a veces actuamos desde nuestro egoísmo, desde nuestra vanagloria, desde nuestras envidias, rechazando a aquel que puede ilustrar nuestra mente o que puede indicarnos el camino. Tantas veces, el profeta elegido por el Señor –hoy la lectura nos trae el caso de Jeremías- es cuestionado y puesto en la picota o, si no llegan a pedir su cabeza, sí se cuestionan todo lo que dice en nombre de Dios y le desean toda clase de males. Esto que sufre el profeta Jeremías lo padecerá también Jesús: “¿No es este el hijo de José?”, y piensan y exclaman: ¿Cómo me voy a creer yo eso?”.

Santa Teresa decía que la verdad padece pero no perece. Es muy importante que tú y yo nos encontremos siempre anclados en la verdad. Es fundamental para nuestra vida y difícilmente podremos dar testimonio de la verdad si no estamos cimentados sobre ella. La verdad es Cristo y él mismo nos dijo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” (Jn 14,6). Por tanto, para no descarriarse, hay que estar en Cristo, en lo que nos dice y nos enseña. Y no solamente en su enseñanza, sino en su persona. Identificados con Él. No hablo solamente de una identificación puramente moral, sino también espiritual. Esto se deriva de aquellas palabras suyas tan consoladoras y a la vez sorprendentes: “El que me ama guardará mi palabra y mi Padre le amará y vendremos a él y haremos morada en él y nos revelaremos" (Jn 14,23).

Cuando Jesucristo ve entristecido que empiezan a dudar de Él, les recuerda lo que estamos considerando ahora: ningún profeta es bien recibido en su pueblo, entre los suyos. El Señor recurre a la Historia Sagrada, y les lleva a considerar aquel pasaje en el que Elías fue llevado hasta donde estaba la viuda de Sarepta pasando hambre, e hizo el milagro de que no se acabase la harina de la artesa ni el aceite de la alcuza. Y los recipientes de la viuda –esos son la artesa y alcuza- permanecieron rebosantes durante el tiempo de la sequía, hasta que la cosecha dio fruto de nuevo. Fijémonos en un detalle: Sarepta está en Siria. Por lo tanto, el Señor hace un milagro fuera del pueblo elegido porque la viuda había acogido al profeta, creyó en él, le hizo el panecillo que le pedía con el poco de harina y aceite que le quedaba, y se lo dio. Jesús nos enseña a través de la respuesta llena de fe de aquella mujer pagana, y nos sigue diciendo que si tuviésemos fe “caerían sobre vosotros todas las bendiciones de mi Padre”.

Jesús pone otro ejemplo, el de Naamán, el Sirio que fue curado de la lepra por obedecer al profeta Eliseo aunque le parece absurdo lo que le manda: bañarse siete veces en el río Jordán. Gracias a su fe, Naamán se bañó y se curó. Aunque aparentemente pueda parecernos absurda esta acción, Dios puede intervenir y de hecho, interviene. Quizá ahora alguien piense que es absurdo que dentro de poco, por la fuerza del Sacramento, el pan se transforme en el Cuerpo de Cristo y el vino en la Sangre de Cristo, y que quiera venir a nosotros para transformarnos, curarnos de nuestras lepras espirituales y de nuestras maldades, y para hacernos crecer continuamente en la gracia de Cristo. Ahí está la caridad, anunciada por San Pablo en la Primera Carta a los Corintios (I Cor13, 4-13) que acabamos de escuchar.

Dejar que Cristo transforme nuestro corazón

La verdadera caridad surge de nuestra incorporación a Cristo. Ya puedo yo hacer signos absolutamente enormes y hablar todas las lenguas del mundo. Y podría tener fe como para trasladar montañas: “Si no tengo caridad, no soy nada” (I Cor 13,2). Y esa caridad nos viene dada. Por eso dice en la Sagrada Escritura: “Venid y comed y bebed” de balde, gratis. Alguno podría pensar que Jesús debería habernos pedido que pagásemos algo, pero lo único que quiere es que abramos nuestro corazón y escuchemos su palabra con una fe verdadera, dejando que actúe su gracia. En la Eucaristía, Cristo tiene poder transformador y unitivo, y también el de purificar y exorcizar. Nos transforma en Cristo y nos une a Dios.

Todo esto es una doctrina santísima que tenemos que vivir especialmente en este Año Jubilar de la Misericordia, en el que Señor nos llama a llenar de misericordia nuestra propia alma. No tengamos el corazón endurecido; vamos a esforzarnos en abrirlo a todo lo que el Señor nos quiere dar. Haciéndolo así, saldremos cada día transformados. ¡Que Dios nuestro Señor nos ayude! Él nos convierte “en columna de hierro, en muralla de bronce” como a Jeremías, y nos rodea con una muralla defensiva frente a nuestros enemigos. Desterremos el temor y tengamos más confianza en el poder de Dios, en el poder del Señor que nos llamó y cuida de cada uno de nosotros mucho mejor que nosotros mismos. Si tuviéramos esa confianza, veríamos que nuestro corazón temblaría menos e inundaría nuestra alma una gran serenidad en Dios nuestro Señor.

Termino con la misma petición con la que empezaba: “Señor, te pedimos el amor, el amor a Dios y amor a los hombres”. Nuestro corazón está abierto para recibir el don de Dios porque nos dices, como a la samaritana: "Si conocieras quién es el que te dice dame de beber, tú le pedirías a él y él te daría agua viva" (Jn 4,10). Así sea.

Mi blog "Dios no se duerme nunca" 

Soy sacerdote. Catedrático jubilado de Instituto en la especialidad de Geografía e Historia, con 26 años de docencia. Predico ejercicios espirituales, retiros,… Y organizo peregrinaciones a centros marianos. He practicado el montañismo y de niño me gustaba leer los tebeos de "Roberto Alcázar y Pedrín", jugar al fútbol y la natación. Mis dos vocaciones frustradas son la de médico cirujano y payaso. Ahora cultivo en una huerta en mis tiempos libres que no son muchos. He hecho programas de TV y radio. Me conocen por "el padre amigo de Teo" (de "¡Buenas noches, Teo!"). Disfruto reflexionando sobre temas trascendentes con otros. Me gusta ver a las gentes unidas a Dios, porque son felices.

El Padre Rafael Alonso Reymundo es autor, editor y responsable del Blog Dios no se duerme nunca, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com