Miércoles, 29 Junio 2016 00:00

El logo del Año de la Misericordia

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El 8 de diciembre de 2015, el papa Francisco inauguró el Año Santo de la Misericordia. Ese mismo día, vimos por primera vez colgado de la fachada de la Basílica de San Pedro el tapiz con el logo que conmemora este Año Santo Jubilar. 

¿Conocéis el significado de este logo?

El dibujo es obra del jesuita esloveno Marko I. Rupnik y tiene su lema, «Misericordiosos como el Padre», escrito en el lado izquierdo. Tomado del Evangelio de san Lucas, 6: 36, propone vivir la misericordia siguiendo  el ejemplo del Padre, que pide no juzgar ni condenar, sino perdonar y amar sin medida.  

El logo, profundamente simbólico y metafórico, se presenta como un pequeño compendio teológico de la misericordia. Muestra a Jesús como Buen Pastor cargando sobre sus hombros al extraviado Adán, que simboliza a la humanidad. Cuando Jesús encuentra a la oveja descarriada, reúne a sus amigos y vecinos y les dice: «Alégrense conmigo, porque he hallado mi oveja perdida» (Lucas, 15: 5-6). Se trata de una  imagen  muy  apreciada  en  la  Iglesia  antigua al mostrar el amor de Cristo que lleva a término su Encarnación a través de la Redención.

La figura de este icono trata en profundidad la mirada de amor del Señor que nos cambia la vida. Tanto es así, que el autor ha querido representar los ojos de Dios confundidos con los del hombre. Esta es, sin duda, una de las características más llamativas de la imagen: Cristo ve con los ojos de Adán y Adán con los ojos de Cristo. Cada persona descubre en Cristo al nuevo Adán (a toda la humanidad) y su propio futuro. Rupnik explica que la mirada de Dios al hombre nos permite comprendernos a nosotros mismos. Dios se revela de tal manera que el hombre es capaz de ver. Solo en la mirada del Padre podemos realmente entender lo que somos, nuestra identidad: hijos e hijas de Dios Padre.

Y es que Dios siempre nos acompaña y se interesa por nosotros. Él conoce nuestra vida. A través de su mirada nos invita a una mayor conversión, a cambiar nuestra manera de ver a los demás, a que empecemos a mirar a nuestros hermanos con sus mismos ojos de misericordia. Estamos llamados a contemplar la realidad con la misma mirada de Cristo. En todas las situaciones de nuestra vida tenemos que descubrir, escuchar y cumplir la voluntad del Padre, especialmente con los más necesitados.

Es igualmente elocuente contemplar en el logo la cercanía de las caras de Adán y Jesús. En palabras de Rupnik, «cuando Cristo expiró en la cruz, el hombre cogió este aliento y comenzó a respirar de nuevo». Del mismo modo que Adán recibió el aliento de vida en el momento de la Creación, así también en nuestro Bautismo recibimos el nuevo aliento de vida, la vida del Espíritu, con la que podemos comenzar a vivir de nuevo en Cristo.

La escena descrita se coloca dentro de una mandorla, marco en forma de almendra muy usado en la iconografía  antigua y medieval por cuanto evoca la presencia de las dos naturalezas, divina y humana, en Cristo. El almendro es también la primera planta en florecer cada año en Grecia y, como tal, es un símbolo de nueva vida y de fertilidad.

Los tres óvalos concéntricos de la mandorla, de color progresivamente más oscuro hacia el interior, simbolizan el llamado “camino apofático” de reflexión sobre Dios. Significa este que a menudo es más fácil hablar de Dios –inefable, infinito– describiendo lo que no es. Tenemos que pasar a través de las etapas de lo que parece aumentar lo desconocido para encontrar a Jesucristo. En un sentido misterioso, Dios nos llama a la reflexión hacia el interior. Visto en sentido inverso, los colores son progresivamente más claros a medida que avanzamos hacia el exterior aludiendo al movimiento de Cristo que, por su Encarnación, lleva a la humanidad de la noche del pecado y de la muerte, a la luz de su amor y de su perdón. Por último, la profundidad de la sombra negra que proyecta la imagen nos sugiere el impresionante amor del Padre que lo perdona todo cuando volvemos a Él con corazón sincero.

En la mandorla hay otros cinco colores: el rojo, que representa la sangre, la vida y, sobre todo, a Dios; el azul, que simboliza al hombre, la única criatura que sabe cómo aspirar al cielo; el blanco, que tiene una variedad de significados: es el color del Espíritu Santo, ya que refleja la vida de la Trinidad, pero también es el color de Cristo porque representa la luz que salva, la vida eterna del Hijo. La ropa de Adán es de color verde (color de la humanidad) y, sin embargo, se torna dorada (color de la divinidad), lo que representa el hecho de que Adán (y cada uno de nosotros) está participando en un proceso de divinización, es decir, llegar a ser como Dios a través de Jesucristo.

Sin duda, el logo es una imagen poética que trata de reflejar la riqueza del término misericordia. Dejémonos cautivar por ella para experimentar por nosotros mismos que «el perdón es una fuerza que resucita a una vida nueva e infunde el valor para mirar al futuro con esperanza» (Misericordiae Vultus, 10).

Clara Martínez Gomariz es Licenciada en Derecho y Master en Dirección de Personal y Gestión de RRHH. Trabaja desde hace hace quince años en el sector de las telecomunicaciones. Soy Laica del Hogar de la Madre.
Casada desde 2001, es madre adoptiva de una niña china de ocho años de edad y se encuentra desde hace seis años en un segundo proceso de adopción en este mismo país. Es miembro de Andeni, Asociación Nacional en Defensa del Niño. Ha leído diversos libros y artículos sobre adopción y ha asistido a charlas sobre el tema. Además, se mantiene en contacto permanente con un grupo de familias españolas y americanas con menores adoptados en China.