Sábado, 26 Noviembre 2016 00:00

Los inmortales

Escrito por

El día de san Sebastián de 2013 fallecía Juan, el padre de mi marido. Que fuera un 20 de enero no tendría mayor relevancia de no ser porque el mártir asaeteado es el patrón del pueblo de mi suegro, y este le tenía muchísima devoción. Juan murió solo cuatro meses después de que le diagnosticaran un agresivo cáncer de pleura, que le impedía respirar bien y que se sumó a los muchos achaques que ya soportaba por otras enfermedades precedentes.

Cuando visitábamos a Juan, primero en su casa y al final ya en el hospital, siempre me marchaba tremendamente confundida: el hombre vivía su enfermedad con tanta paz, que parecía que allí no se moría nadie. Llegué a sospechar que ignoraba la gravedad de su estado, pero mi familia política me confirmaba que conocía el desenlace que le aguardaba. Por ello, todavía hoy, solo encuentro dos razones para explicar la ausencia de angustia que Juan manifestó: 1) Recibió una gracia especial para sobrellevar con paz su enfermedad; 2) Murió como vivió, haciendo alarde de una íntegra vida de fe: era un cristiano recio, de misa frecuente, adorador nocturno y muy devoto de la Virgen del Carmen.

Considerar todo esto me hace pensar que la manera de afrontar la muerte no se improvisa; más bien, la disposición que tengamos ante su expectativa, manifestará lo que hemos interiorizado sobre ella: si no esperamos la vida eterna, consideraremos la muerte tan solo como el final de nuestra existencia. Si, en cambio, esperamos y creemos en la otra vida, la muerte adquirirá una nueva dimensión. Y entonces, ¿no tendría sentido que nuestra existencia se convirtiera desde ahora en una preparación para la vida futura?

Es verdad que la sola consideración de la muerte no elimina el miedo que le podamos tener. Sabemos que es algo cierto, que ocurrirá seguro, que no espera. El hecho de no saber cómo ni cuándo sucederá, puede añadir cierta angustia, y el que sea un estado del que nadie ha vuelto para contarnos (excluyendo a Jesucristo), puede hacer que la afrontemos con desasosiego. Creo que es normal sentir una cierta inquietud ante lo desconocido. Sin embargo, quiero compartir con vosotros lo que llevo considerando desde hace meses acerca de la muerte, para ayudaros a acogerla con paz.

Para empezar, me gustaría explicaros que nuestra muerte es algo que, en cierto modo, ya ha sucedido. Como leéis: los cristianos ya hemos muerto, y aporto pruebas de ello:

1)  Como pertenecemos a Cristo, lo que es de Cristo nos pertenece también a nosotros, y si Jesús murió en la cruz por cada uno de nosotros en particular, con Él ya hemos muerto todos, cuando participamos de la vida sacramental y abrazamos nuestras cruces…. Podemos decir que su muerte es nuestra muerte: “Uno ha muerto por todos y, por tanto, todos han muerto". El hombre está unido a Dios para la vida y para la muerte.

2)   Además, en palabras de san Pablo, con el agua del Bautismo “hemos sido bautizados en la muerte de Cristo” y, al ser sepultados con Él, somos una misma cosa. “Así también vosotros, consideraos como muertos al pecado y vivos para Dios en Cristo Jesús” (cf. Rm 6,3.4.5.11).

3)   En la Eucaristía celebramos que hemos recibido el signo sacramental de la muerte de Cristo en la cruz y, con ello, anticipamos nuestra propia muerte, disponiéndonos de una manera estupenda para ella. En la misa ofrecemos nuestra existencia y hacemos testamento al decidir dejar nuestra vida a Dios: "Si vivimos, vivimos para el Señor; si morimos, morimos para el Señor. En la vida y en la muerte somos del Señor".

4)   Con la donación esponsal a la que todo cristiano está llamado, reflejo del amor que Cristo manifestó por su Iglesia, morimos todos los días a nosotros mismos. Es el componente místico del que habla san Pablo, que implica una plena identificación con Cristo. En este sentido, el apóstol llega incluso a calificar nuestros sufrimientos como los “sufrimientos de Cristo en nosotros” (2 Cor 1,5), de manera que “llevamos siempre en nuestro cuerpo por todas partes el morir de Jesús, a fin de que también la vida de Jesús se manifieste en nuestro cuerpo” (2 Cor 4,10).

San Ambrosio, a este respecto, escribió: “En cierto modo, debemos irnos acostumbrando y disponiendo a morir, por este esfuerzo cotidiano, que consiste en ir separando el alma de las concupiscencias del cuerpo, que es como irla sacando fuera del mismo para colocarla en un lugar elevado, donde no puedan alcanzarla ni pegarse a ella los deseos terrenales, lo cual viene a ser como una imagen de la muerte, que nos evitará su castigo. Porque la ley de la carne está en oposición a la ley del espíritu e induce a esta a la ley del error. ¿Qué remedio hay para esto? ¿Quién me librará de este cuerpo presa de la muerte? Dios, por medio de nuestro Señor Jesucristo, y le doy gracias”.

Y más adelante, continua diciendo: “Tenemos un médico, sigamos sus remedios. Nuestro remedio es la gracia de Cristo, y el cuerpo presa de la muerte es nuestro propio cuerpo. Por lo tanto, emigremos del cuerpo, para no vivir lejos del Señor; aunque vivimos en el cuerpo, no sigamos las tendencias del cuerpo ni obremos en contra del orden natural, antes busquemos con preferencia los dones de la gracia” (Del libro sobre la muerte de su hermano Sátiro).

Por todo ello, y recapitulando, sabemos que, de alguna manera, ya hemos muerto en esta vida. ¿No es reconfortante? El tuteo cotidiano con la muerte es algo que a mí me tranquiliza mucho. Sin embargo, para los cristianos, ¿es la muerte el final al que aspiramos, nuestra meta?

Sin duda alguna, no. Si hemos nacido para algo, es para la gloria eterna y a ella llegaremos tras la resurrección de los muertos. A este respecto, dice san Pablo: “Es específica de la fe cristiana la convicción de que el Señor resucitado, el cual se ha convertido Él mismo en «Espíritu que da vida» (1 Cor 15,45), nos da una participación original de este Espíritu.” Como atestigua el mismo apóstol, si no hay resurrección de los muertos, tampoco Cristo ha resucitado, y si Cristo no ha resucitado, es absurdo que nosotros arriesguemos nuestra vida. “Comamos y bebamos, que mañana moriremos”. En cambio, por la esperanza de la resurrección de Cristo, Dios nos ha introducido en la vida nueva,  y, por ello, sobrellevamos gozosos todas las persecuciones y adversidades.

De este modo, Cristo, aunque no nos ha librado de la muerte corporal, sino que ha tomado su condición mortal para padecerla, nos ha dado la certeza de que su entrar en la muerte es entrar en la vida, en la resurrección. Así, la muerte ha dejado de ser un destino amargo para convertirse sencillamente en un camino hacia la vida de Dios. De ello habló san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses: “No queremos, hermanos, que estéis en la ignorancia acerca de los que duermen, a fin de que no os entristezcáis, como esos otros que no tienen esperanza. Porque si creemos que Jesús murió y resucitó, así también Dios a los que se durmieron por Jesús, los llevará consigo” (4,13).

Podemos decir, entonces, que Cristo ha modificado la naturaleza de la muerte, que ahora es, en realidad, un beneficio. Por esto, dirá san Pablo: “Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir”. Cristo, a través de la muerte corporal, se nos convierte en espíritu de vida. Por tanto, muramos con él, y viviremos con él.

San Ambrosio añadirá: “¿Qué más podremos decir de su muerte, si el ejemplo de Cristo nos demuestra que ella sola consiguió la inmortalidad y se redimió a sí misma? Por esto, no debemos deplorar la muerte, ya que es causa de salvación para todos; no debemos rehuirla, puesto que el Hijo de Dios no la rehuyó ni tuvo en menos Él sufrirla. Con la muerte de uno solo fue redimido el mundo. Cristo hubiese podido evitar la muerte, si así lo hubiese querido; mas no la rehuyó como algo inútil, sino que la consideró como el mejor modo de salvarnos. Y, así, su muerte es la vida de todos” (Del libro sobre la muerte de su hermano Sátiro).

De esta manera, se vive para luchar contra la carne mortal, para vencer a la muerte. Cristo la mató, ha triunfado sobre ella, la ha acabado destruyendo al devorarla en su victoria, con su resurrección. Si Cristo no hubiera resucitado, nuestra fe no tendría sentido y seguiríamos con nuestros pecados, y los que murieron con Cristo se habrían perdido. Si nuestra esperanza en Cristo acabara con esta vida, los hombres seríamos desgraciados. ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos el primero de todos, Él es la resurrección y la vida. “De tierra me formaste, y me revestiste de carne; Señor, Redentor mío, resucítame en el último día” (Salmo 39). El que cree en Él, aunque muera, vivirá para siempre, no morirá jamás. Si uno es del Señor, muerte y vida son solo dos modos distintos de pertenecerle.

Por eso, desde la resurrección de Cristo, la muerte humana ya no es un término, sino una puerta, un paso, una Pascua. De ahí que los santos manifiesten serenidad frente a la muerte, fruto de su fe y su amor a Jesús: “Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida y gozar de la dulzura del Señor”. Porque la muerte no puede separarnos del amor de Dios. Por el contrario exclamemos con el salmista: “Mi alma tiene sed del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro del Señor?” (salmo 41). A los que han muerto piadosamente les está reservado un magnífico premio. Se trata de una felicidad que es todavía mayor que la alegría de vivir, una existencia eterna, sin fin, en la que brillaremos como el sol en el reino del Padre. Decía san Juan Pablo II que “la muerte de sus santos es preciosa para Dios”. También me parece bonito contemplar la muerte desde esta perspectiva, como el delirio colmado de acogernos en su seno de un Dios que nos ama por encima de todas las cosas.

Cristo participó de nuestra condición humana para, mediante su muerte, destruir al que tenía el señorío de la muerte, esto es, al diablo, y liberar a todos los que, por el miedo a la muerte, estaban durante toda su vida sujetos a su servidumbre. Cristo tiene que reinar hasta que Dios haga de sus enemigos estrado de sus pies. Y el último enemigo aniquilado será la muerte. San Ambrosio decía citando al Apocalipsis: “¿Quién no temerá, Señor, y glorificará tu nombre? Porque tú solo eres santo, porque vendrán todas las naciones y se postrarán en tu acatamiento”(Ap.15,4); y también para contemplar, Jesús, tu boda mística, cuando la esposa en medio de la aclamación de todos, será transportada de la tierra al cielo - a ti acude todo mortal-, libre ya de las ataduras de este mundo y unida al espíritu”.

Entonces, si la muerte es una ganancia, ¿a qué debe temer el cristiano? Al pecado porque, si se vive en pecado mortal, la muerte conserva todo su aguijón, mata y envía al infierno, rompe la relación con Dios. En Lucas 12, 4-5 el evangelista recoge las siguientes palabras del Maestro: "Más os digo, amigos míos: No temáis a los que matan al cuerpo y después nada más pueden hacer. Pero os enseñaré a quién debéis tener: Temed a aquel que después de haber quitado la vida, tiene el poder de echar al infierno; sí, os digo, a ese". El pecado grave se llama mortal porque separa de Dios haciendo perder la gracia santificante, que es la vida del alma. Me impresiona pensar que no existe nada más grave y más dañino que el pecado mortal y que el sarmiento separado de la vid no sirve para nada, si no es para ser echado al fuego (Jn 15, 6).

Contemplemos a María, Ella es la “Puerta del cielo”, como rezamos en las letanías lauretanas. Ella es la puerta santa, la puerta de la gracia y de la misericordia. Ella nos da paso a la alegría plena, al recinto donde mora su Hijo, nuestro futuro glorioso. Su sí a Dios nos abrió la puerta que estaba cerrada y del mismo modo nos abrirá la puerta de la felicidad eterna. La imagino recibiéndonos con un abrazo cariñoso y presentándonos a la Santísima Trinidad. Algo que será, sin duda alguna, el mismo comienzo del cielo.

Así pues, dispongámonos a diario para acoger la muerte. De esta manera, nunca podremos decir que ha sido repentina. La conciencia de nuestra propia muerte nos llevará a vivir mucho mejor. A mí me ayuda imaginar mi propia agonía en el lecho de muerte para darle a las cosas su justa importancia. ¿Qué pensaré en esos últimos momentos? Que muchas de mis inquietudes actuales han sido una verdadera tontería, seguro. Hagamos este proceso poco a poco, para aprender a morir con paz y libertad. La muerte es una buena hermana mayor, que nos enseña muchas cosas si somos capaces de escucharla con humildad.

¿Cuándo, Señor, tendré el gozo de verte?
¿Por qué para el encuentro deseado
tengo que soportar, desconsolado,
el trágico abandono de la muerte?
 
Padre mío, ¿me has abandonado?
Encomiendo mi espíritu en tus manos.
Los dolores de muerte sobrehumanos
dan a luz el vivir tan esperado.
Se acabaron la lucha y el camino,
y, dejando el vestido corruptible,
revistióme mi Dios de incorruptible.
 
A la noche el tiempo sobrevino
el día del Señor; vida indecible,
aun siendo mía, es ya vivir divino.
Amén.

Clara Martínez Gomariz es Licenciada en Derecho y Master en Dirección de Personal y Gestión de RRHH. Trabaja desde hace hace quince años en el sector de las telecomunicaciones. Soy Laica del Hogar de la Madre.
Casada desde 2001, es madre adoptiva de una niña china de ocho años de edad y se encuentra desde hace seis años en un segundo proceso de adopción en este mismo país. Es miembro de Andeni, Asociación Nacional en Defensa del Niño. Ha leído diversos libros y artículos sobre adopción y ha asistido a charlas sobre el tema. Además, se mantiene en contacto permanente con un grupo de familias españolas y americanas con menores adoptados en China.