Martes, 28 Marzo 2017 00:00

Mi experiencia en una familia numerosa

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Me llamo Maite Ferrín López, vengo de Murcia y con 18 años, soy la última de siete hermanos. Mi familia siempre ha sido católica practicante, gracias a Dios. Mis padres, Fernando Ferrín Calamita y María Asunción López Señor, se casaron en Madrid y es entonces cuando, sin preverlo aunque queriéndolo, comenzó nuestra gran familia a crecer.

Mi hermano José María fue el primero en llegar al mundo, en concreto a Cádiz. Travieso como él sólo, pidió al Señor que le concediera un hermanito, y por ello, cuando mi madre le puso en los brazos a Almudena recién nacida, se asustó. Estando ya en Zaragoza por motivos de trabajo de mi padre, que es juez, nacieron las tres siguientes: Paula, Lucía y Miriam. Beatriz y yo nacimos en Murcia, porque mis padres querían una educación que estuviera a la altura de sus expectativas, a Dios gracias, y vivimos todavía en esta preciosa aunque pequeña ciudad. 

Tras haber hecho una breve introducción sobre mi querida familia, voy a empezar la verdadera y emocionante historia de mi vida junto a estas personas que Dios quiso que me acompañaran siempre en mi caminar hacia el cielo.

¿Por dónde empiezo a contaros esta experiencia tan impresionante? Voy a comenzar relatándoos los hechos externos que nos han influido desde la infancia. Mi padre, cuando yo tenía diez años, fue expulsado de la carrera judicial por defender los derechos y el futuro de una menor que iba a ser adoptada por una pareja de lesbianas. Esto hizo que dejáramos de tener una cantidad considerable de ingresos para la alimentación y el cuidado de la casa y que, por el contrario, empezáramos a carecer de los mismos, puesto que mi madre es ama de casa. 

Y ustedes se preguntarán cómo nos hemos mantenido a lo largo de estos años, a lo que yo tan sólo puedo responder que fue gracias a la misericordia de Dios, que quiso que todas aquellas personas que admiraban a mi padre por sus actos nos dieran una cantidad de dinero que resultaba lo suficiente para sobrevivir. Inocente de mí cuando, al ser pequeña, le dije a mi madre que entonces tendríamos que vivir en la calle, a lo que ella muy sabiamente me respondió: “Dios aprieta pero no ahoga”. Y lo comprendí con el tiempo. Lo que quería decir mi madre era que Dios te regala esos momentos de dificultad para poner a prueba tu amor hacia Él, para ver si aceptas llevar la cruz amándola, y si cumples Su Voluntad pondrá los medios y las gracias suficientes para saber llevarla con una sonrisa. 

Ciertamente, los padres son el núcleo fundamental de una familia, porque a través de su ejemplo educan a sus hijos. Si yo no hubiera tenido unos padres creyentes, que me han formado en la religión católica y, por tanto, me han educado sabiendo que la felicidad se encuentra en amar los momentos de dificultad, residiendo la felicidad única y exclusivamente en Dios, yo probablemente no viviría feliz, ni con la paz y la alegría que Dios me dio a mis diez años para agradecerle lo que pasó, pues mi padre vivía haciendo de su trabajo su vida, cuando es en la familia donde reside la misma. Dios hizo que se diera cuenta quitándole ese “mal”, y dándonos a nosotros, sus hijos, el ejemplo de un padre y de una madre llenos de fortaleza, de amor y confianza en Dios.

Por otro lado, ¿cómo es vivir en una familia numerosa? Como todo, tiene sus aspectos positivos y negativos, aunque abundan más los primeros. Compartes todo lo que tienes, todo lo tuyo es de todos, tanto es así que a nuestros respectivos armarios lo llamamos “el armario común”. Se aprende a compartir sin darle importancia a lo material, porque te desprendes de todo lo tuyo. En segundo lugar, siempre piensas en el otro, es algo inevitable. Aunque tú estés decaída, muchas veces, por no decir todas, tienes a una hermana o hermano a tu lado que te consuela o te hace reír. 

Quieras o no, te ríes mucho. Recuerdo cuando éramos más pequeñas y después de cenar hacíamos “circuitos”. Esto consistía en desordenar toda la habitación poniendo obstáculos y quien lograra superarlos con mayor rapidez ganaba. Cuando mi madre oía nuestras carcajadas cogía a la que creía era la culpable y la encerraba en el baño a oscuras. Pero nosotras, no contentas con eso, cogíamos la pelota y nos la pasábamos desde el baño hasta la habitación. 

Otra anécdota graciosa ocurrió hace tres o cuatro años, cuando mis padres se habían ido a cenar con unos amigos, y nosotros, aprovechando su ausencia, compramos menú del “Burguer” y nos pusimos la película que queríamos. Pero como mis padres no nos permitían ver la televisión a esas horas, yo quedé encargada de vigilar por la ventana a ver cuándo venían papá y mamá. Al ver que ya entraban en casa, empecé a gritar, riéndome, que ya venían, y mis hermanas recogiendo todo,  histéricas pero muertas de risa. Mi hermano, no contento con armar jaleo, se puso a imitarnos chillando como una chica y eso fue el colmo de todo, porque cuando mis padres llegaron todas nos hacíamos las dormidas, pero fue imposible no reírse al recordar el chillido de mi hermano, así que nuestros padres nos descubrieron pero, eso sí, se rieron con nosotros. 

Me podría extender cien páginas más y me encantaría hacerlo, pero como todo, tengo un espacio limitado, así que tan sólo añadir que Dios dejó en último lugar al alma más pequeña para que aprendiera de los mayores y así, a través de su ejemplo, patentara sus virtudes. 

Porque en verdad me conoce y sabe que necesito a mis hermanos y a mis padres, porque son lo mejor que me ha pasado en la vida después de conocer a Dios. Si no hubiera vivido con ellos y fuera hija única, no habría cursado Bachillerato, porque fue gracias al apoyo de mi familia como vencí mi inseguridad e hice la Voluntad de Dios. Tampoco estaría donde estoy, escribiendo este artículo en un convento de las Siervas del Hogar de la Madre, porque fue Dios, a través de mi familia y de alguna de las siervas del hogar, como me convenció para venirme a disfrutar de su compañía y a saber cuál es la voluntad de Dios en mi vida. Gracias a ellos soy quien debo ser, porque Dios ha derramado con su presencia en mi vida una serie de gracias y virtudes que forman parte de mi persona. 

¡Qué habría hecho yo sin esos abrazos de mis hermanas cuando lo pasaba mal, cuando suspendía en el colegio, cuando me sentía indefensa e insegura porque tenía una leve dislexia! ¡Qué habría sido de mí sin la confianza que tienen hacia mi persona todos y cada uno de mis hermanos, haciendo que no me sintiera jamás sola, yendo al cine juntos para que saliera de casa e incluso hablando con mis amigas para solucionar los problemas en nuestra amistad! No sé qué habría pasado, sólo Dios lo sabe. Pero Dios tiene sus razones, y por algo me regaló estos escalones hacia el cielo.
He aprendido a valorar el amor, los consejos, los abrazos y hasta las sonrisas del día a día, ahora que son mayores y empiezan a emigrar del nido. 

Tan sólo concluir diciendo que es un regalo que nuestra Madre y Dios me han querido conceder para aprender a amar y volar alto.

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