Miércoles, 20 Noviembre 2019 12:00

Mi historia con Anita

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Hace algunos años, en un momento difícil de mi vida, el padre Fabián Amaya, quien era mi director espiritual en ese momento, me invitó a conocer a Ana Leonor Peña Lozano, otra hija espiritual suya. Ana Leonor padecía una enfermedad crónica y llevaba años postrada en una cama sin poderse mover. Para mí fue muy impactante conocerla y después de un tiempo de visitas esporádicas, comenzó una bella amistad entre las dos.

Su enfermedad comenzó a los 7 años y le diagnosticaron Fibrodisplasia Osificante Progresiva (FOP), una enfermedad rara que provoca la osificación progresiva de los músculos, tendones y ligamentos. Es decir, se convierten en hueso. La inmovilidad aparece paulatinamente y provoca fuertes dolores. Anita padeció esta enfermedad por 38 años, y desde hacía 22 no podía sentarse, ni caminar, ni comer nada sólido, pues los músculos de su cara se calcificaron parcialmente.

Paulatinamente su cuerpo fue quedando completamente rígido. Solo podía mover las manos y hablar. Anita no podía ni rascarse la nariz porque no podía doblar los brazos. Anita no podía sentarse, no podía pararse, ni sostenerse, no podía doblar su cuerpo… y así pasó muchos años en su camita sin moverse...; alguien tenía que moverla, o mejor, rotarla de un lado para el otro, porque ella no podía sola. Milagrosamente, no tenía ni una sola llaga en su cuerpo.

Anita, en esta situación que parecería una locura para el mundo, disfrutaba de una profunda vida interior. Estaba llena de sabiduría y con el don de consejo que Dios le regaló ayudó a muchas personas que acudían a ella buscando una luz. Su sonrisa iluminaba su habitación y los corazones de los que la visitaban. Su alegría y la dulzura de su mirada llenaban de paz y despertaban admiración. Cuando alguien se metía en su corazón, allí permanecía para siempre. Dios estaba tan fuertemente presente en ella, que todos los que la conocimos fuimos tocados y transformados por Él.

Anita fue aceptando poco a poco su enfermedad. No fue fácil ir entregando cada parte de su cuerpo a Dios. Pero no había nada que ella le negara. Amaba tanto a la Virgen que a través de ella fue entregándose por completo a Dios. Anita era tan generosa, no pensaba en ella. No podía comer de forma normal, pero gozaba viendo comer a los demás, se llenaba de alegría cuando había alguna torta o pastel para compartir. Sus padres eran sus manos y sus pies, gastaron su vida cuidando de su pequeña Anita. Desde su cama ayudaba a varias fundaciones y conseguía reunir ropa, pañales y juguetes para los niños necesitados. En su situación, hacía obras de caridad… Ella sabía perfectamente dónde quedaba cada cosa en su ciudad, aunque casi nunca podía salir, pues sus traslados debían hacerse en una ambulancia. Cuando había que ir a buscar algo, ella nos decía detalladamente dónde lo podíamos comprar. Estaba pendiente de cada detalle de la vida de sus amigos, hasta nos celebraba los cumpleaños. Con ayuda de sus padres, nos consentía con un pastel, comida deliciosa y algún regalo especial.

Las dos amamos al padre Pío, su amor nos unía profundamente. Nos regalábamos "palabritas", rezábamos para que Dios nos diera alguna palabrita, algún texto que nos iluminara el camino y entonces abríamos juntas algún libro santo. Leímos juntas el libro “Nacemos para no morir nunca”, que narra la historia de Chiara Corbella y fue un bálsamo para nuestras almas; se iluminaba su cara y me pedía que guardara algunas frases que nos impactaban.

Anita siempre estaba llena de amor y alegría, siempre tenía paz. Con su testimonio y sus palabras me enseñó cada día el verdadero camino a la felicidad. El camino de la confianza en la Divina Voluntad y el abandono en las manos de Jesús, el camino de la fortaleza interior y fe absoluta en sus designios. Era el ejemplo vivo de las palabras de María: “Hágase en mí según tu palabra”.

Anita era sostenida por Jesús en los sacramentos y la oración. Nunca le faltó el Rosario, su amor a la Virgen era inmenso. Cuando le llevaban la Comunión ella misma leía el Evangelio y lo explicaba. Jesús fue configurándola con Él, ataviándola con sus virtudes.  Como una princesa, recibió de Dios una corona, pero de espinas. Sus joyas fueron los dolores de Jesús. Su camino el de la Pasión, el del ofrecimiento de sus dolores por la salvación de los demás. Un camino de santidad. Mientras su cuerpo se endurecía, se ablandaban nuestros corazones y los de todos los que la conocimos.

Un día llegó a nuestra vida la historia de la hermana Clare Crockett, religiosa irlandesa perteneciente a la comunidad española de los Siervos/as del Hogar de la Madre, y quedamos fuertemente impresionadas las dos. Al poco tiempo, y gracias a la Providencia Divina, Anita fue entrevistada para el programa "Firmes en la verdad", producido y realizado por esta comunidad. ¡Ella estaba tan feliz de poder viajar por el mundo con su testimonio!

A partir de ahí se sintió unida a las siervas, especialmente con la hermana Beatriz y la hermana Emma y nació una bonita amistad en la distancia...  La hermana Beatriz le propuso pertenecer a los enfermos del HM, quienes ofrecen sus sufrimientos por las obras de esta comunidad. Anita pidió permiso a su director espiritual y dijo ¡sí! Estaba inmensamente feliz.

A finales de septiembre de 2019 nos dio la noticia de que la enfermedad se había activado, estaba ya inflamando laringe y garganta… comenzaba la cuenta regresiva… Los últimos meses ella tenía una luz especial en su rostro y en su mirada siempre serena.

anita y tata

El 1 de octubre fui a visitarla con el padre William Cárdenas que fue también su guía y amigo. Mientras el padre hablaba con ella, le pedí al Señor una de esas “palabritas” que tantas veces buscamos las dos. Fue la última y más bella que recibimos: «¡Dios mío, qué bueno eres con la pequeña víctima de tu amor misericordioso! Ni siquiera ahora que añades el sufrimiento exterior a las pruebas de mi alma, puedo decir: “Me cercaban olas mortales”, sino que exclamo agradecida: “Aunque camine por las cañadas oscuras de la muerte, nada temo, porque Tú, Señor, vas conmigo” (Sal 22, 4)» (Santa Teresa del Niño Jesús).

Ahí con ella nos sentamos los dos, el padre y yo. Tomé su mano y estallé en llanto mientras el padre hacia una oración. Sabíamos en el corazón que quedaba poco tiempo… La hospitalizaron esa misma semana, y se agravó en cuestión de pocos días. Anita me pidió que le tomara una foto al Sagrario de la capilla de la clínica. Le llevé la foto y la guardó en su corazón.  Así, siempre unida a su Amor eterno, se fue apagando como una pequeña vela. El día 23 de cada mes recordábamos al padre Pío. El 23 de octubre, Anita partió a la casa del Padre a la edad de 46 años.

Ana escogió una palabra para ponerla sobre su féretro. Me pidieron que cumpliera con su deseo haciendo un cartel que dijera: ¡GRACIAS! Dio gracias porque fue verdaderamente feliz. Cuando lo puse en su lugar, muchos rompimos en llanto. Así, Anita quiso escribir la última palabra de su último capítulo.

Agradezco a Dios por la vida de Anita, por su amistad, su testimonio y por dejarse ver a través de su mirada y su sonrisa, que estarán para siempre en mi corazón.
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Les invitamos a ver la entrevista a Anita en Youtube: Firmes en la Verdad Ana Leonor Peña

tata

Esposa y madre feliz. 

Artista, cantante y compositora católica. 

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