Miércoles, 22 Enero 2020 12:00

Las virtudes de la pobreza y la castidad

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La pobreza es un mal para el hombre y para la sociedad. En el sentido más agustiniano del término, la pobreza es la carencia de bienes materiales y también espirituales, no sólo los primeros, que precipita al hombre en la indigencia.

Y, ¿qué es la indigencia? Es, nos dice la RAE, ‘la falta de medios para alimentarse, para vivir, …’  Yo la defino como ‘carencia de los medios más elementales imprescindibles para vivir con dignidad, carencia que puede ser relativa, es decir, parcial, o absoluta, es decir abocada a la muerte, sea ésta biológica o civil’. Así pues, la pobreza no puede ser un bien, porque es carencia de bienes hasta el entero vacío. La pobreza, como tal, es miserable. Por ello hay que erradicarla, o al menos intentarlo.

La virtud de la pobreza es otra cosa. Lo primero que hay que decir es que es una virtud moral, es decir, y según el Diccionario de la RAE, ‘un hábito de obrar bien, independientemente de los preceptos de la ley, por la sola bondad de la operación y conformidad con la razón natural’. Cuando esa virtud hace referencia a la actitud ante la posesión y disfrute de bienes materiales y espirituales, nos encontramos con la Virtud de la Pobreza. Recurriendo de nuevo a la autoridad de la RAE, nos encontramos con que, en su tercera acepción, ésta define a esa virtud como ‘dejación voluntaria de todo lo que se posee, y de todo lo que el amor propio puede juzgar necesario…’

La virtud de la pobreza no es sino el ´hábito de desprendimiento, de desapego o desasimiento de las cosas, no sólo de las materiales’. La virtud de la pobreza entraña el vencimiento de cualquier tentación de idolatría que pueda el hombre sentir por la posesión o disfrute de las cosas creadas. Entraña creer y vivir que el fin del hombre no es poseer cada vez más, en más número y más intensidad los bienes creados, tanto materiales como espirituales. Ser pobre, en el sentido de cultivar esa virtud, es creer y vivir que la posesión y disfrute de los bienes materiales, como alimentos, tierras, dinero, posesiones de todo tipo, y de lo espirituales, como la belleza, la cultura, el poder, etc., no son un objetivo en sí mismos sino, en todo caso, medios para, administrando bien lo que son bienes creados y confiados por Dios al hombre, colaborar en hacer entre todos un mundo mejor para todos los hombres, donde el amor sea el único principio impulsor de los corazones. Ese desapego implica también –no puede ser de otra manera–, el desprendimiento respecto a la posesión de otras personas y a disponer de ellos sin más para los propios objetivos de vida.

Desde la perspectiva que nos marca Cristo, el desapego a lo propio, y el amor a Dios y, por Dios, a los demás hombres, es el único camino del bien. Por eso Francisco de Asís fue proclamado santo por la Iglesia Católica. Por eso la generosidad es una preciosa virtud, directamente derivada de la virtud de la pobreza. Y por eso hay tantas personas en el mundo, y muy señaladamente entre las personas que viven de la fe, en la fe y para la fe, que hacen del desprendimiento uno de los objetivos principales de sus vidas, con la mirada puesta en Dios, único ser por el cual ser poseído merece la pena, pues de forma inmediata y complementaria, el hombre que se le entrega lo posee a Él, que es la riqueza universal absoluta. Como consecuencia, quien vive esa pobreza, la virtuosa, lucha y trabaja por no verse a sí mismo, a los suyos y a otros, en situación de pobreza miserable, pero lo hace con la confianza puesta en Dios, y ello le permite catar la felicidad, incluso dentro de sus carencias.

Y, ¿qué tiene que ver la pobreza con la castidad? Yo afirmo que la Castidad es la pobreza del cuerpo. La castidad consiste en el desprendimiento y desapego del hombre respecto a todos los bienes creados que tienen que ver con su vivencia de la sexualidad, tanto otras personas y sus cuerpos y potencias, como la propia persona con su propio cuerpo y potencias. Ese desprendimiento llevará a respetar la naturaleza de las personas, incluso las más allegadas, y no tratarlas como un objeto para uso y disfrute, y a respetar la propia naturaleza de uno mismo, y no tratar uno a su propio cuerpo como objeto para uso y disfrute sin límites. La vivencia de esa pobreza, de ese desprendimiento de las pasiones, lleva al hombre a poder amar al otro y a sí mismo como lo que realmente es, como un sujeto inteligente, y jamás degradarlo al nivel de objeto. La castidad es, pues, un desafío a la coherencia en el hombre que pretende vivir el bien, hacer el bien. Lo contrario de la castidad, como de la pobreza, es el egoísmo, que en la pobreza se suele centrar en la posesión y poder sobre bienes materiales, pero en cuanto a afectar a la castidad, el egoísmo se centra en la posesión y poder ilimitado sobre las personas, es más, principalmente sobre el cuerpo propio y el de las otras personas.

Quiero terminar, en este sentido, refiriéndome a la crucificada afirmación de la Iglesia Católica, y muy especialmente de San Juan Pablo II, de que el matrimonio está llamado a la ‘subordinación mutua en el amor’. Se trata de una afirmación que, como se dice habitualmente, pone de los nervios a los defensores de la ideología de género y del radicalfeminismo. La ira se apodera de ellos que, imposibilitados de razonar, se empeñan en analizar la frase limitándose al primer concepto, sin percatarse de que nadie está hablando de subordinación sin más, sino que ésta debe ser mutua, es decir, del hombre respecto a la mujer y de la mujer respecto al hombre, lo que equilibra la relación. Pero además se olvidan del final de la frase: en el amor. Porque una subordinación mutua podría ser por mero interés, lo que transformaría la relación matrimonial en algo parecido a una mercantil. No. En nuestro caso, esa subordinación mutua es por amor, es decir, por la voluntad esforzada y permanente de hacer feliz al cónyuge, de ser para él un cauce para su felicidad, por encima de la mía. Lo que exige, además, fuertes dosis de humildad. La castidad conyugal es esencial para ello.

Para finalizar, y en relación con esta forma de expresar lo que es la castidad, me viene a la cabeza algo que me sucedió una vez en clase, en la Universidad de Valencia. Uno de mis alumnos, rompiendo la armonía con el tema que estábamos tratando aquel día, me planteó:
 – Profesor, respóndame, por favor: ¿qué es lo que hay que hacer para ser feliz?
Ante esa pregunta, cuando aún faltaba una media hora para acabar la clase de una hora y media, muy pausadamente cerré la carpeta con el tema que yo estaba explicando, y respondí.
– Queridos alumnos. Esta pregunta que me plantea uno de vosotros es tan importante que, si os parece, vamos a interrumpir el tema de hoy y dedicaremos a ello el resto de la clase.
 Y así lo hicimos. Comencé por decir:
– De entrada, no acierto a dar a una respuesta global a qué es lo que hay que hacer para ser feliz, pero sí tengo clara, de entrada, una respuesta parcial. Es decir, lo que no hay que hacer para ser feliz. 
El silencio era total.
 – Para ser feliz, lo que hay que hacer no es buscar la propia felicidad. Quien busca su propia felicidad no la alcanza, es imposible, porque se está buscando a sí mismo.

Eso que dije contrariaba la tesis generalizada, que yo he oído proferida incluso desde detrás de ambones por quienes recomendaban esas actitudes que sólo conducen a la frustración. El diálogo fue muy rico y acabó con un consenso humanístico, a mi entender, ciertamente profético. La única manera de encontrar la propia felicidad es buscar la felicidad de los demás. Hoy añado, era una afirmación cierta pero insuficiente. La verdad que, si uno se esfuerza, logra descubrir, es que la única manera de encontrar la felicidad es buscar a Dios y, para ello, buscar la felicidad de los demás. Para ello, las virtudes de pobreza y castidad.

Soy doctor en Sociología, licenciado en Economía, estudioso de Antropología y aprendiz en Teología. Jubilado desde 2012, hoy sigo trabajando, aunque no por dinero, sino por intereses superiores, entre ellos, Red Madre.

 

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