Miércoles, 08 Enero 2020 12:00

El católico debe pensar y estudiar

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El cristianismo no es filosofía y tampoco es teología. Ser cristiano es –como decía mi catecismo infantil– ser discípulo de Cristo. Por ser alumno de Nuestro Señor escucho su doctrina y le sigo. No me limito a tomar nota de sus pensamientos, sino que asocio mi vida a la Suya.

Quede dicho, con esto, que el cristianismo es posible sin filosofía ni teología: lo es en el sencillo católico de misa y rosario cuya vida estriba en trabajar para mantener a su familia. Siendo posible esa manera de vivir la fe, también es verdad que la filosofía y la teología son necesarias. Lo son en el orden de la vida de la Iglesia y, en ciertos casos, en la vida de algunos católicos.

Yo me dedico a la filosofía y lo hago queriendo con ello salvar mi alma sirviendo a la Iglesia. Lo confieso: soy parte interesada. Hay gente para todo, como decía el torero. Los que nos dedicamos a tareas de esta clase, especialmente filósofos y teólogos, lo hacemos por gusto, desde luego. Como por gusto juega al fútbol quien a ello se dedica o a tocar el trombón el que con ese trasto se entretiene. Nos atrae a filósofos y teólogos saber más. Y al aplicarnos a nuestras disciplinas no hacemos sino emplear unas capacidades que Dios nos ha dado, de modo que no solamente no hay en ello nada malo, sino que incluso es ello un homenaje al Creador.

La cosa quedaría en algo que solamente interesa a unos pocos si consideramos este asunto únicamente desde el ángulo de las ocupaciones individuales. Es que, además, filosofía y teología tienen una función social y no es posible una sociedad sana y equilibrada sin que en ella se cultiven esos saberes.

¿Para qué está la vida en común con los demás hombres si no es para compartir bienes, y más aún los bienes mayores? Bueno es que, por vivir en sociedad, podamos encontrar más fácilmente refugio, alimento, medicina y seguridad, pero más interesante es que podamos encontrarnos con los demás hombres participando todos , en lo posible, más que en los bienes materiales, en los del espíritu. Porque no vivimos en sociedad para sobrevivir, sino para vivir bien, es decir, como personas.

En toda sociedad es necesaria la diversidad de funciones. Cosa que, por cierto, el marxismo rechaza cuando condena la división social del trabajo. ¡Valiente estupidez! Si en cualquier sociedad todos hacemos lo mismo, por ejemplo, calcetines, ¿quién guisará paellas? Porque lo que no puede ser es que todos hagamos calcetines y paellas a la vez: no hay tiempo para tanto. Una sociedad sana es una sociedad con diversidad de funciones. Es lo que se llama una sociedad «organizada», orgánica. Si en el cuerpo todo fuera brazo, ¿qué sería de la circulación de la sangre, imprescindible para vivir? Y si todo fuera hacer circular la sangre, ¿qué sería de la función de agarrar y elevar pesos?- Que no se trata de que todos seamos filósofos y teólogos, sino de que, en medio de la diversidad de funciones, haya también, para beneficio de todos, filósofos y teólogos.

En la Iglesia son necesarios los filósofos y los teólogos. En la Iglesia es necesaria la filosofía y la teología. Porque, siendo verdad que nos salvamos por la fe, ello no es sin el empleo de la razón, pues la fe es un acto de la razón (auxiliada por la gracia).

A muchos cristianos que no son ni filósofos ni teólogos les es necesario tener conocimientos de filosofía y de teología. Hay quienes, teniendo estudios superiores y dedicándose a profesiones de alto nivel tienen, sin embargo, un conocimiento infantil de la filosofía y la teología. Estas personas están en peligro, porque la superioridad de sus saberes mundanos con facilidad asedia y asfixia a la fe. En otros dedicados a actividades menos elevadas conocimientos de filosofía y teología facilitan que la fe se haga sólida y fuerte. Porque en todos, la fe no puede quedar en un don mantenido, sino que ella misma pide madurar y, en lo posible, hacerse reflexiva.

No os escondáis con excusas de espiritualidad. Por sinceridad debo reconocer que dejé de leer el Kempis cuando, al comenzar, me encontré con esto: «No tengas deseo demasiado de saber: porque en ello se halla grande estorbo y engaño» (libro I, capítulo II); «bienaventurado aquel a quien la verdad por sí misma enseña, no por figuras y voces que se pasan, mas así como es» (libro I, capítulo III); «¿qué se nos da de los géneros y especies que platican los lógicos? Aquel a quien habla el Verbo eterno, de muchas opiniones es libre» (ibidem).  Finalmente: «Enójame muchas veces leer y oír muchas cosas: en ti está todo lo que quiero y deseo. Callen todos los doctores, no me hablen las criaturas en tu presencia; tú solo me habla» (ibidem).

Hay que tener precaución con las hipérboles, de la que puede verse sobrecargada en ocasiones la retórica espiritual, y quiero pensar que no son sino hipérboles y exageraciones lo que se ofrecen en las citas que he reproducido. «Solo Dios basta», faltaría más. Y es cierto que parecería muy recomendable que muchos reparen en ello y vivan en consecuencia con renuncia a placeres, riquezas y honores. Y también que muchos intelectuales bajen de sus peanas e inclinen la cabeza ante Dios en la oración y el sacrificio. El mundo intelectual es un criadero de soberbia.

Lo que pasa es que la verdad no es exactamente así.

Si no sirve San Pablo para convencer de que las criaturas son –han de ser– camino hacia el Creador y Redentor (Rom. I, 20), vayamos a San Francisco cuando canta a Dios agradecido por el hermano sol. Coincide San Francisco con T. Kempis en el arranque del Cántico (que la encíclica Laudato sì pasa por alto): «Altísimo, omnipotente, buen señor, / tuyos son los loores, la gloria, el honor y toda bendición. / A ti solo, Altísimo, convienen / y ningún hombre es digno de hacer de Ti mención». Pero enseguida añade: «Loado seas, mi Señor, con todas tus criaturas, / especialmente el hermano sol, / el cual hace el día y nos da la luz. / Y es bello y radiante con grande esplendor; / de Ti, Altísimo, lleva significación». Y sigue.

No se trata de una opción entre Dios y las criaturas, ni tampoco, por el contrario, de una simple suma (Dios+criaturas), sino de tener a las criaturas como el cauce y la escalera para llegar a Dios Altísimo y Omnipotente. Vivimos en este mundo traidor, en el que Dios se hace ver por una revelación que es también un ocultamiento. A Dios le vemos solamente con la fe y la fe es de lo que no se ve. En este peregrinaje hacia la Patria Celestial, a la que nos mueve el amor de Dios, el medio y la tarea es el mundo. No se trata de una alternativa (o Dios o mundo), sino de una unificación (Dios y el mundo), porque el mundo creado es amado –y además redimido en el hombre– por Dios.

No se trata de optar entre la fe o la razón (de la filosofía y de la teología), sino de hacer de la razón una sirvienta de la fe. Si la razón es el más elevado don que Dios ha hecho al hombre al crearlo, empleémoslo a fondo.

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Cito Imitación de Cristo, de Tomás de Kempis, por la edición española, que comienza por los Ejercicios espirituales de San Ignacio, de la BAC, Madrid, 2010.

Cito el Cántico del hermano sol por la edición bilingüe (págs. 62 y 63) de los Escritos completos de San Francisco de Asís, preparada por los padres J. R. de Legísima y L. Gómez Canedo, en la BAC, Madrid, 1971.

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.