Miércoles, 11 Marzo 2020 12:00

La vida pasa en un suspiro

Escrito por

Construimos nuestra vida juntos sin contar con Dios.
Construimos nuestra linda familia sin invitar a Dios.

Eso nos costó una dura separación de casi 5 años. Todo quedó en cenizas, ya no había ni siquiera una palabra amable entre los dos.

Yo recuerdo que soñaba con alguien que me "amara" de verdad. Con el único con quién me negaba a soñar una vida era con él. Ya teníamos demasiadas heridas y ya no quedaba nada entre nosotros. Nos divorciamos legalmente y como nunca nos casamos por la Iglesia, quedamos completamente separados. Solo compartíamos el amor por nuestros tres hijos y las responsabilidades.

Cuando me separé, tomé una decisión, la más importante: puse a Dios en el centro de mi vida y todo comenzó a cambiar. Empecé a ir a Misa diaria, a confesarme  frecuentemente y a rezar el Rosario todos los días. Llegó la Luz radiante a una vida que por muchos años fue oscuridad. Sin embargo, seguía viviendo esa soledad de la separación. Pude soportarlo todo porque Dios comenzó a llenar mi vida de paz y de alegría. Con la visita frecuente al Santísimo, no volví a sentir ese vacío que por muchos años tuve en mi alma. Fue el comienzo del milagro de mi proceso de conversión; luego vendría el de Carlos y el milagro de la restauración de nuestra familia. 

Tuve la tentación, que hoy es tan frecuente en el mundo, de rearmar una familia con otra persona. Al fin y al cabo, nunca me había casado por la Iglesia, estaba libre. Pero yo no soltaba los sacramentos, ni la oración, ni la dirección espiritual. Gracias a eso, Dios me mostraba que no era otra familia lo que quería para mí. A veces nos falta paciencia y terminamos armando una familia sobre otra por no orar, esperar y discernir.

Carlos me decía, en las pocas palabras que cruzábamos en esos años, alguna que otra frase que me hacía reflexionar: "cambiar de marido es cambiar de problema". Esta frase rondó mi cabeza por mucho tiempo... Y otra que me hacía llorar: "¿Por qué no aprendemos juntos?".

Un día, me encontré en el ascensor de una clínica con una señora que lloraba con mucho dolor y otras personas, que estaban con ellas, trataban de animarla. Le decían: "tranquila, mire que usted le crió a sus hijos...". Me impactó que nada de lo que le dijeron la pudo consolar. Sentí su soledad profunda en esa mirada que no quitaba del suelo.

Estaba separada seguramente desde hacía varios años y él estaba muriendo en esa clínica... ¡Me hizo pensar tanto en mi propia situación! Pensaba en el momento en que llegara el fin de la vida de Carlos y que no estuviéramos juntos. Me dolió tanto el alma... Pero me hizo reflexionar profundamente en el valor de nuestra vida y en el valor de estar unidos. Fue algo que quedó grabado en mí. Era un nuevo gran motivo para centrarme en lo esencial e ir entendiendo lo que Dios quería. Se iba construyendo en mí la voluntad de Dios y, sin darme cuenta, ya podía ir viendo la imagen del rompecabezas de la vida que Él había pintado para mí. 

Por esa época, Carlos tuvo un accidente casi fatal. Por gracia de Dios, no le pasó nada. Ahí entendí que un día tendré que responderle a Dios por el alma de las personas que me dio. Eso incluía a Carlos. Me propuse reforzar mi oración por él y por mis hijos. Cuando miramos hacia la eternidad y vemos lo frágiles que somos, nos cambia esa visión banal que solemos tener de la vida cuando apartamos a Dios. Él hizo todos los milagros por  intercesión de la Virgen María, y la Consagración a su corazón Inmaculado fue el remedio para nuestras almas y el camino para la restauración de nuestra familia. Nos guardamos allí en Su corazón y Dios puso todo en orden. 

Carlos puso a Dios en el centro de su vida también, y al decidir los dos permanecer en Su Gracia, pudimos comenzar a vivir lo que Dios nos reservaba: la felicidad de nuestra familia unida. Yo quería ser amada y Dios, que hace nuevas todas las cosas, hizo nacer flores entre las cenizas. Celebramos el sacramento del matrimonio en nuestra Parroquia en el 2013. Sabemos que sin Dios no podemos sostener nuestra familia. Sin los sacramentos y la oración, se nos cae la casa. Dios sigue tejiendo cada día nuestro amor, porque somos incapaces de amar con perfección.

Hace poco, estábamos a punto de dormir y mientras él leía, vi una cicatriz en su brazo que me hizo llorar. Con esto tan simple, sentí de nuevo la fragilidad de nuestro ser... Pensé: “quiero cuidarlo mientras Dios me lo preste en esta vida”. ¡No sabemos cuánto tiempo nos durará la persona que tenemos a nuestro lado! Ojalá podamos apreciarlo hoy y no cuando ya sea demasiado tarde, como le pasó a la señora del ascensor.

La vida pasa en un suspiro...

tata

tata

Esposa y madre feliz. 

Artista, cantante y compositora católica.