Miércoles, 25 Marzo 2020 12:00

Los porqués de Dios

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El ser humano quiere tenerlo todo bajo control, sentir seguridad ante cualquier situación que se le pueda presentar.

Nuestra rica sociedad actual, con los avances conseguidos por la ciencia y la medicina, nos hace vivir en la convicción de que la Humanidad está preparada para hacer frente a cualquier hecatombe que pueda presentarse, individual o colectiva. 

Hemos alejado de nuestra vista y de nuestras conciencias el desamparo, la enfermedad, la muerte. Pero eso no significa que hayan desaparecido.

Y cuando nos llega un momento complicado, especialmente duro, nos invade la sorpresa, la angustia, la desesperación. Y  es en ese momento cuando, mucha gente que se declara incluso abiertamente atea, se vuelve hacia el cielo, pidiendo cuentas al Ser Supremo, preguntándole: “¿Por qué a mí?”

Mi trabajo me permite estar en contacto (desde hace veintiocho años) con personas que se encuentran en situación de desempleo, con lo que esto supone para ellos y sus familias, desde un punto de vista económico, pero que afecta también a sus relaciones familiares, e incluso a la forma en que se perciben a sí mismos, con una sensación de fracaso, de ser inútiles por el hecho de no ser productivos.

Pero ese tiempo sin trabajo puede ser el momento para dar un giro a sus vidas, especialmente cuando otras circunstancias desgraciadas aparecen para complicarlo todo. Y en multitud de ocasiones, ese cambio es para bien, por increíble que parezca.

Os comparto dos casos reales que he tenido ocasión de escuchar de boca de los propios interesados.

El primero de ellos es el de un señor al que, a su mujer, le habían detectado un cáncer bastante agresivo. Cuando estaban asimilando esta noticia, a él lo despiden imprevistamente de la empresa donde llevaba trabajando toda la vida. Sobre un palo, este otro. Para complicar aún más las cosas, su hija de dieciséis años les revela que está encinta, y que su novio y ella han decidido seguir adelante con el embarazo. Cuando este hombre me contaba todo esto, estaba “hundido en la miseria”, como se dice vulgarmente. ¡Era demasiado! Su esposa, con cáncer agresivo; él, sin trabajo; y con una niña embarazada y una nueva boca en camino. “¿Por qué, Señor, por qué?”

Intenté consolarle y animarle como pude. Le dejé información sobre la Fundación Madrina y Red Madre, por si podían ayudarles con la situación de su hija… Y se marchó, con su dolor a cuestas. Meses más tarde, volví a verle. Se acercó a mi mesa con una sonrisa de oreja a oreja. Le acompañaba una chica muy jovencita, que llevaba un carrito de bebé.

- He venido a hacer una gestión y quería saludarla.

- Me alegra volver a verlo. Y espero que su situación haya mejorado desde la última vez que charlamos.

- Pues sí. Ha cambiado y mucho, ¡aunque no lo parezca! Mire, mire, esta es mi nieta.

Al hombre se le ilumina el rostro con una sonrisa enorme, viendo la carita de la niña.

- ¿Sabe usted? Esta niña iba a ser el remate de una situación desesperada, lo que faltaba para acabar de hundirnos totalmente. Porque lo último que necesitábamos era una criatura más que alimentar, estando mi mujer enferma y yo en paro. Bueno, pues resulta que mi mujer, con la alegría de la pequeña, ha comenzado a mejorar de su cáncer de modo tan evidente que los médicos están asombrados. Mi hija ha madurado un montón y se ha convertido en una mamá responsable y en una joven increíblemente atenta a todo. Y yo, viendo la sonrisa de mi nieta, tengo cada mañana la fuerza necesaria para levantarme y seguir luchando por encontrar un trabajo que mejore nuestra situación. Justamente quien iba a ser la causa de nuestra desesperación total se ha convertido en la mejor medicina para todos.

El segundo caso es el de una mujer joven, que apareció en la oficina con un cochecito de niño pequeño, y un chavalito de ocho o nueve años. También ella tenía una historia de su vida para mí. Su marido y ella eran profesionales bien situados, con buenos sueldos, disfrutando de una buena posición económica, que les permitía  viajar, salir de cenas y copas, ropa de marca. Incluso se habían comprado un piso acorde con sus ingresos, pidiendo una hipoteca que, aunque un poco elevada, podían afrontar con holgura con ambos sueldos.

Tuvieron un hijo al que,  cuando tenía seis años, le detectaron una leucemia. Como a cualquier padre, aquello les supuso un mazazo en su tranquila existencia. Se inició un ir y venir a los hospitales, de semanas de ingreso en ellos, de sucesivas pruebas médicas que parecían no acabar nunca. Al poco tiempo, se inicia una gran crisis económica que llevó al cierre de muchas empresas, y al despido de millones de trabajadores. Con un intervalo de pocas semanas, esta mujer y su marido pierden su trabajo. Y, aunque cobran las prestaciones por desempleo, la cuantía de éstas es muy inferior a la de sus respectivos sueldos. El pago de la hipoteca les ahoga, y se ven obligados a olvidarse de multitud de pequeñas cosas que antes les parecían imprescindibles, empezando por los viajes y la ropa de marca, y terminando por alimentos y pequeños caprichos caros.

Como colofón, un buen día descubre que está embarazada de nuevo. Un niño está en camino, con su hijo muy enfermo, con el que están volcados todo el tiempo, y con escasez de dinero. Noches sin dormir y días con un nudo en el estómago, preguntándose cómo van a afrontar esta nueva situación. “¿Por qué, Señor, por qué?”

Y llegamos al momento en el que me contaba su historia, con sus dos hijos allí delante.

- ¿Sabe usted? –me dice-. Este niño ha sido en verdad lo que ha venido a tirar de nosotros, a sacarnos del desánimo y la angustia. Nuestro hijo mayor avanza en su curación por momentos, de modo inexplicable para los médicos. Nosotros pensamos que la alegría que le da cuidar de su hermanito (¡él es el mayor, y puede protegerlo!) ha cambiado tanto su ánimo que eso influye también en la mejoría de su enfermedad. Y nosotros, viendo a nuestros hijos, afrontamos con esperanza el reto de sacarlos adelante. Hemos aprendido a valorar cada minuto que disfrutamos de la vida, con ellos y por ellos, en lugar de amargarnos por no viajar tanto, o por no tener tanta ropa en los armarios. Seguimos buscando trabajo, con la ilusión del que lucha por aquellos a los que más quiere. La personita que venía a fastidiar aún más nuestra –en ese momento- complicada vida, se ha revelado como la medicina para curarlo todo.

Podría contar más retazos de vida, de esos que –en confianza- otras personas me han revelado. Pero creo que es suficiente para dejar claro que, mientras nosotros hacemos planes a largo plazo, y nos las prometemos felices según nuestro criterio, viene Dios en ocasiones a torcer nuestros caminos, o a sacarnos de la vía por la que transitamos. 

Porque Él siempre, siempre, quiere llevarnos a la felicidad plena, a la paz del corazón, aunque no le comprendamos, aunque nos ahoguemos, aunque parezca que el esfuerzo que nos pide va a ser insoportable.

Porque Él es nuestro Padre. Y sólo Él conoce sus “porqués”.

Mª Luisa Sánchez.

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