Viernes, 08 Mayo 2020 00:00

Carta a los cristianos de Alepo

Escrito por

La Fundación EUK Mamie, a través de su Proyecto «Despierta», lleva años trabajando por difundir la verdad de la persecución a la fe cristiana en el mundo. Ante los últimos acontecimientos, la Hna. Isabel Jordán, responsable del Proyecto «Despierta», ha escrito una larga y conmovedora carta a los cristianos de Siria, que hemos hecho llegar a Alepo a través del P. Hugo Alaniz. Les dejo en esta postdata la carta:

          Queridos hermanos nuestros de Alepo:

          Nos presentamos: somos las Siervas del Hogar de la Madre, una comunidad de hermanas perteneciente a un movimiento de la Iglesia que se llama Hogar de la Madre, en el cual hay laicos, jóvenes, niños, hermanos sacerdotes (Siervos) y hermanas (nosotras, las Siervas).

          Es un sueño poderos dirigir estas palabras, puesto que hemos rezado tanto, ¡tanto! por vosotros... Os hemos tenido tan presentes durante todos estos años de persecución, de guerra -y aún os seguimos acompañando e intentando sostener con nuestra oración y entrega-, que cuando el P. Hugo Alaniz nos dio la oportunidad de poderos dedicar unas palabras, para nosotras fue un gran regalo. ¡Gracias P. Hugo y sacerdotes del Verbo Encarnado y hermanas que están allí!

          Pero esta carta va sobre todo para Ustedes, queridos ancianos, familias, jóvenes, que habéis soportado con Cristo la tribulación, y que todavía, con peligros e incertidumbres, y pendientes de la Providencia -sabiendo que ni uno solo de vuestros cabellos se escapa a la mirada del Señor- permanecéis en Siria haciendo que, con ello, permanezca la fe católica, la fe en Cristo, el amor a María Santísima, las raíces del cristianismo que nosotros recibimos por vosotros en los primeros pasos de la Iglesia naciente.

          Podríais pensar cada uno de vosotros que habéis vivido tanto y tan duro, que sois como un granito de arroz al cual el mundo no mira, no tiene en cuenta, en el cual nadie piensa, o que vuestro sí o vuestro renegar sería insignificante para alguien que está en la otra punta del mundo; que quizá vuestra decisión de permanecer allí ha sido un error... ¡Qué equivocados estáis si dejáis pasar un solo segundo ese pensamiento -o más bien, esa tentación- dentro de vosotros!

          Si vosotros os hubieseis ido de allí, si vuestros amigos, mujeres, esposos, hijos, hermanos, familiares, no hubieran derramado la Sangre por Jesús allí... ¿Qué sería de Siria? ¿Qué sería de Alepo? ¿Qué sería del Corazón de Cristo mirando aquella querida tierra?

          Las raíces de la fe, de nuestra fe, son sembradas con sangre. El primero que sembró fue Cristo en medio del mundo. Hermanos: ¡No dejéis a Siria sin fe! ¡No dejéis la tierra de nuestros padres sin el signo de la cruz! ¡Vosotros sois ese signo! Si os vais, si preferís un futuro más cómodo, sin problemas -al cual ciertamente podríais decir que tenéis derecho como cualquier otra persona, ¡y con toda razón! pero...- ¿a dónde miraría el pulmón occidental de la Iglesia si la sal en su totalidad (occidente y oriente) se ha vuelto sosa, si ya nadie quiere sufrir por y con Cristo?

          Nosotros estamos orgullosos de vosotros, estamos mirándoos como hermanos pequeños que quieren aprender de sus hermanos mayores sabiendo que recibirán de ellos solo buen ejemplo. ¿Y sabéis qué ejemplo queremos aprender? el de morir por Cristo; aprender que pueden arrebatarnos nuestro cuerpo, pero no nuestra alma. El ser fieles a que Cristo que se dio por nosotros, y así nosotros darnos a Él.

          En Occidente sufrimos una pérdida de la fe muy fuerte, y esa pérdida de la fe tan fuerte solo puede ser despertada con sacudidas más grandes... Las que vosotros habéis sufrido y seguís sufriendo por nuestra negligencia, por nuestro haber olvidado a Dios.

          Nosotros, los españoles, también somos hijos de mártires. Hace menos de 100 años nuestras familias, nuestros sacerdotes y obispos derramaron su sangre por ser fieles a Cristo en España, por defender nuestra fe aquí. Y para muchos parece que eso nunca hubiese pasado. En España, quizá en toda Europa, según las situaciones que vivimos política y moralmente, estamos siendo llamados a vivir también esa prueba -incluso martirial- de sufrir por nuestra fe, y ¿sabéis qué? habéis sido un empuje para ofrecernos y decir “Sí, Señor, como nuestros hermanos de Siria, estamos dispuestos”, porque junto a vosotros, queremos poder gritar al mundo: “somos los hijos de la resurrección”.

          Cuando hemos conocido por testimonios vuestros (a través de vuestros valientes obispos, de tantos sacerdotes, misioneros, misioneras, familias que nos han acercado vuestra realidad), cuando hemos visto imágenes de todo lo vivido allí; cuando nos llegaban noticias de los cristianos secuestrados, torturados, asesinados brutalmente... ¡cuánto hemos sufrido por y con vosotros! ¡y cuánto hemos orado! ¡cuánto hemos relatado vuestro martirio diario por ser fieles a la fe y permanecer allí!

          “Vosotros habéis persistido conmigo en mis pruebas” decía el Señor a los apóstoles. Y os lo dice también a vosotros.

         Hermanos, os lo suplicamos: ¡no os canséis! Os lo rogamos, ¡no os canséis!, ¡no estáis solos!, ¡no estáis solos! ¡Estáis siendo los testigos de nuestros tiempos! Estáis siendo ejemplos vivos de lo que un cristiano debe ser. No dejéis que nada ni nadie os diga lo contrario, puesto que vivir lo contrario, sería apartaros de Cristo, de vuestra gran misión en la actualidad: ser los testigos vivos de Cristo en el mundo.

          A Nuestra Madre, María, que permanece siempre al pie de nuestra cruz, que nos abraza cuando solo el dolor llega a nuestras almas, cuando los que más queremos han sido arrebatados de nuestro lado, cuando parece que solo reina el infierno en nuestro alrededor... A Ella, que pisó la serpiente y la pisa cada día en nosotros, y que es y será vuestro refugio y amparo, le pedimos que os alcance el abrazo de hermanos que desde cada una de nuestras almas os damos, y le pedimos que nos reúna a todos en el Cielo como aquellos que, a pesar de las distancias, estuvieron unidos fuertemente de corazón en esta tierra.

          Que el Señor os bendiga grandemente, y por favor, tenednos en vuestras oraciones para que nosotros también seamos luz de mundo y sal de la tierra.

         Con todo nuestro cariño, vuestras hermanas en la fe, en nombre de toda nuestra gran familia espiritual:

Siervas del Hogar de la Madre

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