Lunes, 27 Abril 2020 00:00

Coronavirus: muerte que se transforma en vida

Escrito por

Reyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.

Antes de comenzar el juicio contra el asesino de su hijo, Reyes ya le había escrito una carta para ofrecerle su perdón. Diez años después, se mantiene en contacto con él por una única razón: ayudarle a encontrar al Señor. Pueden ver su testimonio en este programa de «Testigos de la esperanza».

Quiero escribir esta carta porque me siento impulsada a exponer lo que siento y creo, ante la pandemia de coronavirus que estamos viviendo de una forma global. La humanidad, en muchos casos, no tiene respuesta ante este hecho, sino que lo está viviendo desde el miedo a la muerte, muerte en todos los aspectos: física, económica, inseguridad con el trabajo, el dinero, los nietos, los hijos, etc., etc. Muerte, que está dentro del hombre separado de la Vida.

No pretendo quitar importancia a todo lo que está ocurriendo, ni estoy por encima de nadie. Me preocupa la situación y estoy de acuerdo con todas las medidas que se toman para paliar este hecho. Pero si este no llega al corazón e ilumina la mente, no tendrá sentido nada de lo que está ocurriendo. Yo rezo para que se dé este «llegar al corazón» y que tenga sentido en los que estén sufriendo la pérdida de sus seres queridos y la inseguridad, inseguridad en la que también estoy envuelta, pero que vino de otra manera gracias a Dios. «Para mí la vida es Cristo, y una ganancia el morir», dice San Pablo. Me uno a esta palabra porque la tengo grabada en mi corazón y creo que nada ocurre por casualidad, sino que responde al proyecto Suyo sobre nosotros.

Él no quiere la muerte del hombre, sino que viva: que sea feliz. Para eso nos ha creado. Pero, ¿dónde buscamos la felicidad? ¿Dónde está tu tesoro? «Donde esté tu tesoro allí estará tu corazón». Este acontecimiento es una Palabra potente del amor de Dios que nos ama y que quiere que no miremos a la Tierra, sino al Cielo, Cielo que se puede vivir ya aquí, en primicias, no en plenitud, reservada esta a la Vida Eterna, unidos a la Verdad y no envueltos en la Mentira. La paciencia de un padre no quita la corrección sobre su hijo en lo que hace mal, porque sabe que se puede destruir. Pero la corrección no le puede quitar la libertad, aunque sepa que esta libertad lo va llevar a la esclavitud y a la destrucción. Él, como Padre, nos está corrigiendo con este virus.

Estamos viviendo en la cultura de la muerte. En ella todo es válido, porque se ha quitado a Dios de en medio, y soy yo el que estoy en el centro caiga quien caiga. Mi felicidad por encima de la infelicidad del otro, de mi marido, de mis hijos, de mis padres, del otro. «Yo soy Dios». Pero no se puede ser feliz así: robando, matando, adulterando. Tampoco con el aborto, ni con la separación de los matrimonios rompiendo la familia y demostrando a los hijos que no existe el amor. Tampoco somos felices en el egoísmo que te causa la muerte y la transmites, etc. Esta cultura de la muerte hace válido todo: la violencia de género, la ideología de género, el aborto, los divorcios, la eutanasia...  Sobre todo, quiere quitar la fe. Pero Dios existe, existe el Amor, existe el Perdón, existe la Vida en mayúsculas y estamos ciegos ante todo esto.

Yo estoy viviendo este acontecimiento del coronavirus no en el miedo, sino en la esperanza, esperanza en que el hombre se dé cuente de que su vida no depende de sus bienes y de que no puede añadir ni un palmo a su vida, porque no la tiene asegurada con nada. Todo se tambalea. Lo único que no se tambalea es el amor que Dios nos tiene. Precisamente por ese amor quiere retornarnos hacia Él como sea.

Toda la historia de salvación que Dios ha hecho con el hombre siempre ha pasado por la purificación para que vuelva a la Verdad. Desde el Diluvio hasta Jesucristo. El pueblo de Israel que Él ha elegido, guiado por Moisés por el desierto, ante la dura cerviz de ellos, aun viendo los milagros que había realizado, se endurece y se rebela. El Señor manda unas serpientes pequeñitas que les picaban y morían, pidiendo auxilio a Moisés. Dios le dijo que hicieran un mástil y que pusiera una serpiente en ella y el que la mirara quedaría con vida. Eran muy pequeñitas, pero causaban la muerte.

El coronavirus es un virus muy pequeñito pero que causa la muerte: ¿qué podemos hacer con esto? Lo mismo que hizo Israel: mirar a Jesucristo en la Cruz. Y, pase lo que pase, no nos matará. Así lo estoy viviendo yo.

Dice San Ambrosio: «Huyamos de aquí». Puedes huir en espíritu, aunque sigas retenido en tu cuerpo, puedes seguir estando aquí y estar, al mismo tiempo, junto al Señor, si tu alma se adhiere a Él, si andas tras sus huellas con tus pensamientos, si sigues sus caminos con la fe y no a base de apariencias, si te refugias en Él, ya que Él es refugio y fortaleza, como dice David: «A ti, Señor me acojo: no quede yo derrotado para siempre».

Con que, si Dios es nuestro refugio y se halla en el Cielo y sobre los cielos, es hacia allí donde hay que huir, donde está la paz, donde nos aguarda el descanso de nuestros afanes. Pues la saciedad, el placer y el sosiego están en descansar en Dios y contemplar su felicidad. Huyamos pues, como los ciervos, hacia las fuentes de las aguas. Que sienta sed nuestra alma. ¿Cuál es aquella fuente? Óyele decir: «En ti está la fuente viva». Y que mi alma diga a esta fuente: «¿Cuándo entraré a ver el rostro de Dios?». Pues Dios es esa fuente. Por tanto: ¡bebamos de esa fuente! ¡Es gratis! Ella calma nuestros deseos de felicidad. Está a nuestro alcance, es nuestra libertad.

Como decía desde el principio, no soy mejor que nadie, pero tengo la experiencia de este Cielo en el que tengo a un hijo que mataron con 19 años en la Feria de Sevilla. Y él me ha bajado el Cielo y el deseo de vivir en la Vida Eterna que es para lo que he sido creada. Sin huir tampoco de la misión que tengo aquí en la tierra y, aunque mi deseo es partir con Cristo, digo como San Pablo: «Si todavía soy precisa aquí; si mi misión no ha terminado; si tengo que ser testigo de la resurrección y anunciarlo: “Hágase tu voluntad”». Tengo que ser purificada todavía antes de llegar a tu presencia: «¡Dame Señor la fortaleza que necesito día a día!».

Todo esto es lo que creo de este acontecimiento de muerte: que se puede convertir en vida si miramos a Jesucristo. Aunque se esté haciendo todo lo conveniente para vencerlo, más fuerza tiene la oración. ¡Con ella venceremos! Dice la Palabra: «¿Quién me separará del amor de Dios? Ni la muerte, ni la vida ni la altura, ni la profundidad, ni ninguna criatura alguna me podrá separar de Dios, manifestado en Cristo Jesús». Esa es la libertad a la que yo aspiro.

reyesReyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.