Martes, 09 Junio 2020 00:00

En el centro de mi vida

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Como está siendo habitual en mí desde hace ya mucho tiempo, me despierto y ya no me vuelvo a dormir, sea la hora que sea. Unas veces porque me afecta la situación de impotencia y de estrés en la que vivo; otras, porque siento una fuerza interior de iluminación de la Palabra que no me deja dormir y que tengo que expresar de alguna manera, ya sea rezando, llorando, suplicando, pidiendo perdón por mis pecados, o agradeciendo las gracias que Dios me concede para que las pueda transmitir, aunque no siempre sean acogidas, sobre todo por los más cercanos, ya que nadie es profeta en su tierra.

Siento a Jesús abandonado en mí por la incomprensión, y a Jesús abandonado en el otro por la ceguera. En ningún caso es por maldad, pero es doloroso. Le pregunto al Señor, ¿qué quieres de mí?

Me he levantado a las 5 de la mañana y, después de ponerme de rodillas, he invocado al Señor pidiendo perdón por mis faltas y queriendo escuchar su voz. He abierto la Biblia al azar por los Evangelios a ver qué me decía. La Palabra que he señalado con el dedo me hablaba e iluminaba claramente la misión que me daba, y a la que yo me resisto en mi debilidad; pero Él me da el alimento para que la pueda realizar. Decía:

“Yo soy el Pan bajado del Cielo, el que me come vivirá para siempre”.

Había un pie de nota que decía: "esto se refiere a la Pasión". Me ha hecho ver que el Pan de la Eucaristía que suelo comer tiene la misma misión en mi vida que la que tuvo Jesús, por ser yo su cuerpo, y que, si no se realiza, estoy comiéndola infructuosamente. No da el fruto que tiene que dar. Dice la Palabra: “Lo que le falta a la Pasión de Cristo es que se realice en su cuerpo”, que es la Iglesia. Yo soy parte de ese cuerpo y me quiere hacer partícipe de esa Pasión.

¿Cómo hacerlo? Vivo en las primicias del Cielo, no en la Plenitud.

Salen a flote todas mis heridas de mi historia personal, de mis frustraciones, de mis miedos, de mi inseguridad; de tantas cosas a las que estoy atada y de las que necesito ser liberada. Gracias a Dios soy más libre, pero no tengo la libertad de los hijos de Dios (todavía). En ella espero; esa es la llamada que tengo dentro de mí. 

Aunque todo es gracia, sí hay una parte que quiero tener presente cada día: la garantía de una promesa de que de mí nacerá una persona nueva; una hija de Dios que pueda dar gloria a mi Creador.

Tú, Señor, has dotado al hombre de tus potencias maravillosas para que pueda realizar la misión por Ti encomendada. Las mismas que me das a mí: memoria, entendimiento y voluntad. Son dones que tengo que trabajar para que den su fruto y para que, unidos a tu Voluntad, se cumplan en mí para que lo que falta a tu Pasión se realice en tu cuerpo, que es la Iglesia.

- Memoria: del “memorial” que nos has dejado de tu muerte y de tu resurrección, y de la cual soy testigo porque he podido caminar por encima de la muerte.

- Entendimiento porque me das a entender cosas que solo Tú puedes iluminar poniendo barro en mis ojos para que caigan las escamas que impiden ver la luz.

- Voluntad que, en intimidad y unida a la Tuya, puede realizar tu obra. ¿Qué obra? La de morir a mi yo, para que otros vivan, para que otros te conozcan, para que puedan bendecir y alabar tu Nombre en esta generación.

Tú me conoces mejor que yo misma. ¡Tú lo sabes todo!

Sabes que te quiero, que quiero ponerte en el centro de mi vida. También conoces mis ídolos a los cuales ya les has cortado las cabezas y se tambalean, no se tienen en pie. Termina de derrumbarlos para que solo quedes Tú. Termina en mí lo comenzado para tu gloria.

reyesReyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.