Viernes, 19 Junio 2020 00:00

"Dad gratis lo que habéis recibido gratis"

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Hoy todavía he podido dormir menos que ayer, y aunque después de hacer Laudes he querido dormir, no he podido. No sé por qué me pasa. Creo que tengo acumulados dentro mí tantos acontecimientos de sufrimientos que me han quitado el sueño… que no logro recuperarlo.

Necesito dormir más para poder tener más fortaleza en mi trabajo de cada día, ya que, si no, es más fácil que entonces aflore más mi hombre viejo: mi juicio, murmuración, mi ira… que están ahí siempre queriendo quitarme la paz, y que el demonio quiere anular para que no crezca Jesús, para que no haga su Voluntad. ¡Qué malo es el demonio! y ¡qué bueno es el Señor! En esto conozco que me amas: “en que el demonio no triunfa en mí”. ¡Bendito sea Él!

Este tiempo de confinamiento por el coronavirus está siendo muy especial en muchas cosas. Sobre todo porque el tiempo pascual y la Pascua de Resurrección la he vivido con la experiencia de Jesús abandonado. Abandonado en la soledad y en la incomprensión.

A raíz del artículo que salió en el ABC de que el chico que mató a Juan ha sido escogido por un programa de reconciliación para pedir perdón a sus familiares, renunciando a cualquier beneficio en su favor y que está ya en su última fase, ha salido a flote lo escondido en el corazón haciendo muy difícil la convivencia. Para mí es un consuelo su actitud, y una alegría el que se esté dando su conversión. Pero tiene Dios que abrir los ojos del alma para verlo. Mientras tanto, lo que se da es la palabra del Evangelio: “No he venido a traer paz, sino división: a poner a la hija contra su madre…”. Eso es lo que vivimos: división; no poder comunicarnos en un sentido profundo.

Hoy la oración me ha iluminado en varias cosas: por una parte, el juicio que sale de mí ante la ceguera y la incomprensión del que no entiende nada. ¡Pobre de mí! Como si yo fuera mejor. Sin el Señor hago las mismas cosas que cualquiera. Por otra parte, San Pedro Chanel decía que, en esta misión tan difícil, es preciso que seamos santos. El evangelio dice: “Uno siembra y otro recoge”. A mí, con la gracia de Dios, me corresponde sembrar para que otro pueda recoger. Por esto, necesito su gracia en mi vida, porque “sin Él no puedo nada”, todo es esterilidad y vacío. 

San Agustín me interrogaba de nuevo diciéndome: “Todo hombre ama. Nadie hay que no ame, pero hay que preguntar qué es lo que ama. Se nos invita a elegir lo que hemos de amar. Si amamos a Dios es porque Él nos amó primero. Amadme y me poseeréis. No os será posible amarme si antes no me poseéis”.

Toda esta oración me hablaba al corazón y me hacía ver de nuevo la necesidad de amar que hay en mi vida, porque Él me ha amado primero. Estoy lejos de este amor tan sublime del Esposo que quiere poseerme, pero que me pide que sea yo la que lo posea a Él para poder amarle. Dejarme amar, dejarme poseer. ¿Desde dónde? Veo en mi vida que me lo pide desde la Cruz, que es el tálamo nupcial donde me ha desposado, donde me ha acogido, donde me ha entregado a su madre, donde me ha dicho que tiene sed. Sed de mí, de mi amor, como le pidió a la samaritana y le dijo: “Si conocieras el don de Dios, tú le pedirías a Él y te daría agua que salte hasta la Vida Eterna”. Yo tengo sed de este amor y de esta agua y quiero ser saciada para no beber en otras aguas, que no solo no me sacian, sino que me ahogan.

Por último, me hacía una llamada a la alabanza, a hacer un cántico nuevo. Porque todo es nuevo. Es la Pascua del Señor. Me llama a que el cántico nuevo sea yo misma en su alabanza, si vivo santamente.

Como decía, esta Pascua ha sido diferente: ha pasado el Señor por encima de la muerte. No la he vivido en comunidad, sino sola con mi marido, aunque en comunión con la Iglesia y con el Papa. He vivido antes el Vía Crucis que celebró desde el Vaticano, el cual me confirmó lo que estaba viviendo y la persecución que estaba sufriendo por el perdón otorgado, animándome a no desfallecer en este empeño Suyo de dar gratis lo que gratis he recibido.

reyesReyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.

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