Viernes, 24 Julio 2020 00:00

Sanación y salvación en tiempos de pandemia

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Sirva este humilde testimonio como acción de gracias y a mayor gloria de nuestro Señor Jesucristo.

Desde hace tres años, tenemos a nuestro padre enfermo de Alzheimer, y aunque no es demasiado mayor, el debut de la enfermedad y el transcurso de la misma desde el primer momento fue muy acelerado. Al principio, nuestra madre era capaz de ocuparse de él físicamente, proporcionándole los cuidados precisos que requería, pero, en poco tiempo, la evolución de esta enfermedad degenerativa precisó de una ayuda y unos medios más especializados, que en su hogar eran material y humanamente imposible brindárselos.

Empezamos a plantearle a nuestra madre la conveniencia de ingresar a nuestro padre en una residencia, pero la idea de quedarse sola en casa y tener que separarse de él hizo que se fuera postergando y aplazando la decisión. Entre tanto, mi hermana y yo tomamos el relevo haciéndonos cargo de los cuidados de ambos.

Durante este tiempo, no parábamos de encomendarlos a nuestra Madre y a nuestro Señor para que permitieran que mi madre atendiera a razones y pudiéramos brindarle a nuestro padre los cuidados que merecía y necesitaba. El sufrimiento se mezclaba con la impotencia ante el progresivo empeoramiento y las cada vez más escasas fuerzas nuestras. Cada vez que acudíamos a su casa era un auténtico reto, implorábamos al Señor que nos fortaleciera y nos otorgara la paciencia necesaria para afrontarlo, y al regresar a nuestros hogares en el camino de vuelta, la tristeza y el llanto hacían presa en nuestros corazones.

Esta situación angustiosa se prolongó más de año y medio, y a finales de febrero, empezamos a buscarle una residencia pues la situación ya era límite. El 9 de marzo milagrosamente conseguimos que ingresara. Viendo todo con perspectiva, el Señor quiso que mi padre estuviera con nosotros en casa hasta el último momento, pues cuando ese lunes lo llevamos, justo acababan de sacar una circular en la que se cerraban las residencias y nadie más podía ni ingresar ni recibir visitas.

Recuerdo que, gestionando el alta con la directora, le recalqué que quería que mi padre asistiera a misa cuando fuera posible y que le dijera al sacerdote que le diera la unción de enfermos. Esto es algo que el Señor, sin yo ser consciente de cómo se iban a desarrollar los acontecimientos, puso en mi corazón: la necesidad del sacramento de la unción de enfermos. Desde ese momento pasó de estar en nuestras manos a estar en las manos de Jesús.

El jueves de esa semana, yendo a misa, me encontré con un sacerdote al que le conté el ingreso de mi padre y le pregunté si podría darle la unción si enfermara, a lo que me respondió riéndose que no pensara eso, que no se pondría enfermo, y yo le volví a decir que esperaba que no ocurriera pero que si se daba el hipotético caso, si accedería; finalmente me dijo que sí.

A las dos horas después de haber mantenido esta conversación, recibo una llamada de la residencia diciéndome que mi padre había empezado a tener febrícula. Me quedé en estado de shock, no daba crédito a lo que estaba oyendo, ¿cómo era esto posible si mi padre entró sano, sin tener otras patologías previas excepto el Alzheimer y no había estado en contacto con nadie porque no salía de casa? Y entonces se me ocurrió preguntar si había alguien con Covid en la residencia y la respuesta fue que había una persona positiva y que lo supieron el martes, al día siguiente de ingresar mi padre, luego había estado en contacto con ella ese mismo día, ¡el colmo de la mala suerte! Cuando todo esto ocurre, todavía no se sabía el problema que había en las residencias, pero ahora la posibilidad de la enfermedad era demasiado real.

“Señor mío ¿cómo has permitido que le hayamos ingresado en este preciso momento?", pero al mismo tiempo era algo que él necesitaba... El desconcierto nos invadió por completo, aunque conservábamos la esperanza hasta que nos dieran los resultados del análisis que le iban a realizar. Desde ese instante, con mayor intensidad, nos refugiamos bajo el amparo de nuestra Madre implorando su protección e intercesión. Comenzamos nuestro viaje al desierto de la mano de María Virgen Dolorosa en esta Cuaresma tan inolvidable: no faltaron las tentaciones, desasosiegos, incertidumbres...

Pero una palabra iba a precipitarlo todo: POSITIVO. En ese momento el suelo desapareció bajo mis pies y experimenté el vértigo de la caída al vacío. Muchas preguntas se agolpaban en nuestra cabeza, pero más que nunca había que confiar en el Señor, poner a mi padre a sus pies y ofrecerlo todo por él. Y es que en esta prueba que comenzaba para todos, iba a ser el momento que Dios había elegido para el encuentro con él: la enfermedad.

Pasaban los días y la fiebre no desaparecía, aumentaba, y la neumonía le impedía respirar bien, necesitando ya oxígeno. El Señor nos sostenía con la oración y, milagrosamente, también con la eucaristía, pues ya se había dejado de dispensar en mi diócesis; nos estaba dando su fortaleza para transitar en este desierto de la mano de María. Recuerdo haberle dicho a mi hermana que la lógica de Dios no es la lógica humana, y que muchas veces el Señor es contradictorio porque quiere probar nuestra fe antes de hacer un milagro, que no teníamos que desfallecer y que nada mejor que abandonarnos a su misericordia.

Ahora comprendimos que su única medicina sería el sacramento de la Unción. La Unción es el encuentro sacramental con Cristo Médico, que sigue estando cercano a los cristianos enfermos para curar, aliviar y liberar del mal. Con la Unción, la Iglesia encomienda los enfermos al Señor, que experimentó personalmente el dolor y la muerte y ahora está como Señor Resucitado presente en nuestras vidas e invita a los cristianos a que se asocien en su momento de dolor a la pasión y la muerte de Cristo, contribuyendo así a la salvación del mundo. En mi oración pedía al Señor que le sanara el alma, que si era su voluntad, aceptaba que se lo llevara porque el cuerpo no es tan importante, pero que, por favor, partiera reconciliado con Él. Pedía su salvación a Dios misericordioso.

Este sacramento da, a quien lo recibe, una gracia sobrenatural para que pueda superar el sufrimiento y enfrentar el dolor con fortaleza, sintiéndose sostenido por el amor de Dios. Suplicaba a Jesús que acompañara a mi padre en su pasión, ya que nosotros no podíamos estar con él físicamente. El apóstol Santiago dijo en su carta: "¿Sufre alguno de vosotros? Que rece. ¿Hay alguno enfermo? Llame a los responsables, los presbíteros de la comunidad, que recen por él y lo unjan con aceite invocando al Señor. La oración hecha con fe dará la salud al enfermo y el Señor hará que se levante. Si, además, tiene pecados, se le perdonarán". (Santiago, 5,13-15).

Conseguimos que, aunque nadie podía entrar en la residencia, pudiera acceder un sacerdote al que le pondrían todas las protecciones como si estuviera en una UCI equipada con todos los medios. Ahora, como decía el apóstol Santiago, era el momento de llamar al sacerdote. Nos pusimos manos a la obra, pero dada la situación de gran confusión que se estaba viviendo, se estaba convirtiendo poco menos que en misión imposible. Las respuestas que escuchaba eran de duda, silencio, o la más positiva de esperar un poco más. Podría resumirlo todo en una palabra: MIEDO, o lo que es lo mismo, FALTA DE FE. Las imágenes que me venían al corazón eran la del buen Pastor que, voluntariamente, da la vida por sus ovejas, o que abandona al resto por ir a buscar a la que está perdida; la del buen samaritano o la Madre Teresa de Calcuta cuidando a tantos pobres enfermos habiendo renunciado a la comodidad de su colegio por atenderles. Y es que mi padre estaba perdido y desfallecía e implorábamos su salvación.

Hablando por teléfono con mi hermana, le dije que lo máximo que había conseguido era que esperáramos. Así las cosas, le dije en mi oración al Señor: “He hecho todo lo que estaba en mi mano, ahora está en las tuyas, depende de Ti su salvación”. Dos horas después me llama mi hermana contándome que ha recibido un audio de un sacerdote, que haciendo el vía crucis en su parroquia, ha dirigido la mirada al sitio donde se solía sentar ella y que ha sentido que el Espíritu Santo le movía a que la llamara y le preguntara qué tal estaba. Quiero aclarar que este sacerdote era desconocedor de la situación de mi padre, ni siquiera sabía que tenía Alzheimer ni que estaba en una residencia, y mucho menos que tenía Covid. Impresionada mi hermana, me pone el audio y le digo que el Señor nos ha escuchado y que le llame y le cuente la situación que tenemos. Esto era una señal, bueno, más que eso, el Espíritu Santo moviendo el corazón de un obrero de su mies. ¡Bendito y alabado sea el Señor!

Este sacerdote, al saber todo y ser preguntado, pidió tiempo para rezarlo, pero una frase lo cambió todo: ”Si fuera tu padre… ¿tú qué harías?”. A lo que respondió que le había convencido y que al día siguiente iría. El padre dijo FIAT como María, el Señor solo quiere nuestro sí y sin demoras, pues Él hace el resto. En las preces de los laudes del día de la unción, rezábamos: ”Que sepamos ayudar a los necesitados y consolar a los que sufren, para imitarte a ti, el buen Samaritano". Y quiso Dios que se cumplieran nuestras peticiones recibiendo la única medicina que verdaderamente necesitaba mi padre en este sacramento de sanación. La Unción de Enfermos da, a quien la recibe, una gracia sobrenatural para que pueda superar el sufrimiento y enfrentar el dolor con fortaleza, sintiéndose sostenido por el amor de Dios. Milagrosamente, el sacerdote pudo confesarle, pues el Alzheimer le afectó al habla, recibió el viático y le consagró a María.

Uno de los rasgos más característicos de Jesús en el evangelio es que curaba a los enfermos, les dedicaba su tiempo, les animaba. Él vino a salvar a la persona humana con una salvación total: a perdonar sus pecados, a liberarla de toda esclavitud y también a darle ánimos y fuerza en sus dificultades. Así, cuando curó al paralítico, también le perdonó sus pecados y le animó a vivir una vida nueva. Después de salir de la habitación de nuestro padre, al igual que le ocurría a nuestro Señor, los otros enfermos se acercaban a él, pero no le dejaron impartirles la unción ya que sus familias debían autorizarlo previamente. ¡Qué hambre y sed de Dios! Incluso las enfermeras y los médicos le pedían que rezara por ellos y que no les olvidara. Hablando con él después, lo primero que nos pidió fue perdón, perdón por haber dudado, porque había recibido del Señor una lección muy grande y nos dio las gracias por nuestro testimonio. ¡Qué humildad tan grande, Dios mío!

Las gracias implícitas en el sacramento se hicieron visibles para todos inmediatamente al confirmarnos la enfermera que habían remitido todos los síntomas: ya no tenía fiebre y respiraba con normalidad. ¡Gracias Señor mío y Dios mío!, tu bondad es infinitamente misericordiosa. El Señor le estaba sanando, no solo espiritualmente, sino también físicamente; su generosidad no tiene límites. Los días hasta la confirmación de la remisión de la enfermedad fueron días de tranquilidad, de dar gracias a Dios y a María. Los resultados del nuevo análisis para saber si había superado todo no fue un día cualquiera: como siempre, el Señor nos hacía un guiño y esta vez en Jueves Santo, día de la institución del orden sacerdotal. Señor, todo lo tienes previsto, nada escapa a tu control.

El sacerdote que nos envió el Señor es un sacerdote mariano que tuvo el origen de su vocación al leer un libro sobre las apariciones de la Virgen en Garabandal que le impactó muchísimo. Al escuchar esto, recordé que, justo un año antes, viajamos con la parroquia y con las hermanas del Hogar de la Madre a Garabandal. El sábado que estuvimos en los pinos rezando el rosario junto a la Virgen, se quedó grabado para siempre en mi corazón (Madre, Tú sabes por qué). Quién me iba a decir a mí que justo un año después, el mismo día, nos dirían que nuestro padre estaría enfermo de una pandemia. Aquí caí en la cuenta una vez más de que María siempre nos acompaña y presenta nuestras necesidades a su Divino Hijo, diciendo como en las bodas de Caná: “no tienen vino…”. Ella nos envió a un hijo predilecto suyo, un sacerdote con un gran amor a María.

Jesús aprovechó la enfermedad para que su Amor alcanzara el corazón enfermo de mi padre y se encontrase con Él. Los tiempos del Señor son perfectos y de aparentes grandes males, saca el Señor muchos frutos: purificación, sanación, conversión… Lo que nos toca en medio de todo esto es volvernos a Dios, arrepentirnos profundamente de todos nuestros pecados y hacer el propósito de convertir todo lo que en nuestra vida se ha alejado de Dios: hábitos, actitudes, opciones… Y luego asirnos de la mano de la Virgen y como Ella nos exhorta constantemente, rezar el rosario, pues es un arma contra las asechanzas del Demonio, el cual intenta apartarnos constantemente del plan de Dios.

Gracias Madre mía por guiarme y protegerme siempre, enséñame a ser humilde como Tú y a decir con prontitud y confianza Fiat. Gracias, Jesús, pues si te entregamos nuestro corazón y nuestra vida, te ocupas de todo y de todas las personas que queremos; tu generosidad no tiene límites. Has querido, además, que poco antes de Pentecostés, sepamos que también es inmune al virus. No merecemos tantos regalos de un Dios tan bueno. GRACIAS POR TODO.

Luisa

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