Viernes, 04 Septiembre 2020 00:00

Nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre

Escrito por

Querido Dios:

Otra vez he vuelto a abortar la vida que Tú quieres hacer crecer en mí, a través del seno de María, que es la Iglesia, engendrándome con su Palabra para que pueda nacer una criatura nueva que tiene que nacer de lo alto, y que no es ni la carne ni la sangre lo que va a alimentarla para que crezca, sino tu Espíritu.

¡Qué difícil es para mí abandonarme y rendirme ante la razón que creo tener y dársela al otro! Si esta razón no está iluminada, no sirve para nada. Por eso Tú tienes una corona de espinas sobre tu cabeza, crucificando tu razón y dejándote matar por mí. ¡Qué infierno cuando le dejo ganar al adversario, que lo que quiere es devorarme! No a mí, sino a mi alma.

Me invitas al silencio, a guardar dentro de mí tus palabras como hizo María, y yo muchas veces las desparramo, las desperdicio, las echo afuera. ¡No se puede echar margaritas a los cerdos porque las pisotean! Me las aplico a mí misma cuando, dejando de vigilar, me resbalo y dejo de mirarte a Ti. Cuando estás crucificado y abandonado. Cuando no te reconozco. Cuando me escandalizo de mí misma. Cuando vuelvo a caer en lo mismo. Tantas cosas. En vez de ver tus sufrimientos, tus llagas, tus clavos, tu costado, etc. Sabe todo el desprecio y la burla; tu amor incondicional y gratuito hacia mí, sin utilizar la justicia que merezco por mis pecados. Me presentas tu fidelidad, tu paciencia, tu ternura, no te escandalizas de mí y me animas a seguir adelante.

Hoy me he sentido fuera de este espíritu y ha salido de mí, de nuevo, el soldado que llevamos dentro, que es capaz de cortar una oreja o de matar ante la injusticia -mi propia injusticia-. No he tenido en cuenta tus palabras que dicen: “Nuestra lucha no es contra la carne ni la sangre, sino contra los espíritus del mal que viven en este mundo tenebroso”. No he vivido con la justicia de la Cruz, que no se resiste al mal, sino que toma sobre sí los pecados de los demás, etc., etc., que es preciosa, y que me invita a ponerme toda la armadura para poder combatir; porque es un gran combate contra la mujer de la que habla el Apocalipsis. Contra quien quiere hacer la voluntad de Dios y sabe que solo no puede. Esto me pasa a mí. También me pasa como a más de una figura de la Biblia que, ante el cansancio del camino, quisiera desparecer. 

Jeremías decía: “Ojalá el vientre de mi madre hubiera sido mi sepulcro”, pero también decía: “Tengo dentro de mí un fuego ardiente”, y otros muchos. El mismo Jesucristo, ante la Cruz, dijo: “Aparta de mí este Cáliz, pero no se haga mi voluntad sino la Tuya”. 

Me invitas al silencio, a callar, a no abrir la boca como cordero llevado al matadero, pero no soy muchas veces cordero, sino cabra o cerdo que pisotea las margaritas y se defiende si no estoy vigilante y con las puertas cerradas a este Adversario que está "como león rugiente esperando a quién devorar”. Cuando me ofrece la matanza, -igual que Eva- la como y me quedo fuera del Paraíso, pierdo la comunión y me quedo desnuda buscando una hoja de parra que me cubra. ¡Qué dolor experimentar esto! Pero también Tú, Señor, sabes que no estoy a gusto en esta realidad y me quieres retornar a Ti. Me levantas de nuevo y me pones un traje de gala y de triunfo porque sabes muy bien –mejor que nadie- que, fuera de Ti, mi vida no tiene sentido. ¡Que preferiría no haber nacido!

Sin embargo, me digo: “Si para esto he nacido, para ser testigo de la Verdad”, que llamas a lo que no es, para que sea; que llamas a los débiles para confundir a los fuertes, entonces, ¡esto es para mí!

He desahogado mi angustia con esta oración pidiendo la fortaleza que necesito para hacer tu voluntad. ¡Ayúdame, Padre!

PD:

Fieras y ganados: bendecid al Señor
Fríos y nevadas: bendecid al Señor
Luz y tinieblas: bendecid al Señor…

- Que no se me olvide que, por encima de mis pecados y sufrimientos, Tú, Señor, eres mi Padre y me amas porque me has creado. Gracias

reyesReyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.