Viernes, 11 Septiembre 2020 00:00

Señor, sostenme en la persecución

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 Mi buen Jesús:

“Ven, Espíritu Santo, devuélveme la alegría de tu salvación, no me quites tu santo espíritu. Afiánzame con espíritu generoso. Los pecadores volverán a Ti”. Renuévame por dentro.

Estas palabras del Salmo las hago mías ante el temor de perder la comunión y la unidad con la Santísima Trinidad. “Primicia de la Sabiduría es el temor del Señor, tienen buen juicio los que la practican”, me dices también.

Me acuerdo de la celebración de Pentecostés, la venida de tu Espíritu a los apóstoles en el Cenáculo, que también sentían miedo ante tu partida al Cielo. Se sentían solos. Tú tenías un proyecto sobre ellos que afectaba a toda la humanidad para su salvación y que, a pesar de sus debilidades y pecados, querías realizar por amor a los hombres. Ellos recibieron la fuerza para anunciarte con valentía hasta el fin.

A pesar de todo lo que me has dado a experimentar de tu perdón y de tu misericordia, de haber hecho en mi vida cosas que yo jamás me hubiera planteado ni creído, también experimento la inseguridad y el temor de separarme de Ti, de que no termines en mí lo comenzado, no porque no quieras Tú, sino porque yo no sea dócil y obediente a tu voluntad, ya que me recuerdas que das tu espíritu a los que te obedecen. Quiero obedecerte para que puedas realizar tu Proyecto sobre mí, para que puedan correr fuentes de agua viva que saltan hasta la Vida Eterna, para que pueda suplicar a los que están cerca. Necesito amar, necesito sentirte dentro de mí, necesito sentir tu fuerza para llevar mi vida adelante, porque estoy muchas veces cansada y agobiada. Me consuela cuando me dices: "Venid a Mí los que estáis cansados y agobiados, que Yo os aliviaré”. Necesito tu alivio para continuar en la misión que me has encomendado, que a mí me supera y que para ella he nacido.

El tiempo de confinamiento por el virus ha sido muy fuerte para mí en varios sentidos. He vivido experiencias dolorosas de incomprensión y juicios, de abandono de Jesús y soledad. También de gozo y consuelo por ver Tu poder sobre la muerte y el pecado, que hace, como dice el Salmo: “que los pecadores vuelvan a Ti”. Es lo que me hace volver siempre a Ti. Porque solo Tú tienes palabras de vida eterna. ¿A dónde iré yo lejos de tu espíritu? “Si subo hasta el Cielo, allí te encuentro, si bajo al infierno, también bajas Tú".

Me acosas por delante, me atacas por detrás, pero, al mismo tiempo, tienes puesta sobre mí tu mano. Es ciencia misteriosa para mí que no llego a comprender. Pero es la que me tiene atada a Ti. El temor de separarme de Ti es mi mayor miedo.

El chico que mató a nuestro hijo Juan, a través de una mediación en la cárcel de restauración y acercamiento con los familiares para pedir perdón, ha solicitado este acercamiento con nosotros. Tiene mucho interés en pedirnos perdón públicamente. Esto es una gracia enorme en la que vemos el poder de Dios que llama a lo que no es, para que sea: que es lo mismo que quiere hacer conmigo. Este hecho, que, por una parte, es de consuelo ante ver esta luz que ilumina las tinieblas para caminar por senderos de vida, que nos consuela también a nosotros porque se pueda realizar este milagro, no está exento de sufrimiento y de persecución. Ya ha empezado el proceso con nosotros para que se pueda dar este encuentro, que va a traer mucha incomprensión por los más cercanos. Por eso hablaba antes de Jesús abandonado.

En todo esto, el tentador está queriendo meter cizaña y miedo para salir él vencedor. Es un combate a muerte todos los días que solo se puede resistir bajo la fe. Por eso pido: ¡auméntame la fe, Señor! Que tu Espíritu Santo me sostenga en la Cruz de cada día, sin quererme bajar de ella. Rezad por mí.

Que Él os bendiga.

reyesReyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.