Viernes, 06 Noviembre 2020 00:00

Alabanza

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La alabanza es contar las maravillas de Dios, para su gloria, unida a la bendición; es hablar bien de Él, porque todo es para un bien mayor.

¿Cómo podemos hablar bien y alabarlo, si no tenemos la experiencia de que es bueno y que todo lo hace bien aunque no lo entendamos muchas veces y no encaje en nuestros pensamientos y deseos?

¿Cómo bendecirlo cuando estamos en el sufrimiento o en la impotencia y no le damos sentido a lo que estamos viviendo? ¿Qué nos pasa para no ser agradecidos con tantas cosas que nos da y exigimos lo que no nos conviene?

Él lo sabe todo, todo está bien hecho. Él nos quiere arrancar de la mentira y llevarnos a la verdad; de la oscuridad  a la luz, de la muerte a la Vida; no una vida mediocre, sino una vida plena en la esperanza de que existe el Cielo y que esta vida es toda una prueba de acceso a Él, ya que nuestra vida es un soplo aquí en la tierra, con una meta que es el encuentro personal con el Señor.

A mí me sobrecoge y me maravilla la herencia que como hijos suyos quiere darnos, no porque la merezcamos, sino porque nos ama, pero está en nuestra libertad acogerla o rechazarla y quedarnos con lo que nos interesa, aunque no sea lo mejor.

La alabanza al Señor nace de la gratitud por todo lo que ha hecho conmigo: no desde la arrogancia de sentirme superior al otro ni de vivir las gracias en el esfuerzo como una ley que tengo que cumplir… No. Desde ahí no se puede alabar a Dios, porque te estás mirando a ti mismo. Dice un santo, del que ahora no recuerdo el nombre, que "la gracia es hacer la virtud sin esfuerzo". De ahí brota la alabanza y la bendición. De ver que Él te mira, te sana, te levanta del polvo, te renueva por dentro con espíritu firme, te da su Santo Espíritu para que sigas caminando. Es reconocer nuestra pobreza para abrirnos a sus riquezas y a sus dones.

Todo lo demás es exigencia, religiosidad, moralismo, legalismo, perfeccionismo, fariseísmo. Con todo esto no se puede alabar al  Señor porque no nace del agradecimiento. Como la palabra de los leprosos del Evangelio de San Lucas 11,18 que sólo uno volvió a darle gracias y a glorificar a Dios en alta voz, postrándose en tierra a los pies de Jesús. Este era un samaritano, que no era judío, porque el judío se creía merecedor y no se hablaba con ellos. El Señor le dice: "Levántate y vete, tu fe te ha salvado."

Dice el profeta Baruc: "Abre Señor tus ojos y mira, que no son los muertos los que dan gloria al Señor, sino el alma colmada de aflicción, el que camina encorvado y extenuado, los ojos lánguidos y el alma hambrienta, esos son los que te dan gloria y justicia, Señor".

Son los pobres los que esperan todo del Señor. Esto no es pasotismo o no hacer nada, todo lo contrario, es la confianza en que el encorvado, mirándolo a Él y dejándose sanar y amar es el que le puede dar gloria, porque ha mirado su humillación y lo puede proclamar, como la Virgen María en el Magníficat.

¡Concédeme Señor la pobreza en el espíritu, porque de ellos es el Reino de los Cielos!

Que el Señor os bendiga.

reyesReyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.