Viernes, 08 Enero 2021 00:00

Carta a mi hijo Juan

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Mi querido hijo Juan:

Este año hace 11 años que te marchaste. Ningún día has estado fuera de mi pensamiento y en la esperanza de que, por encima de no tenerte, de los recuerdos y los pensamientos, muchas veces dolorosos que me hacen llorar, también tengo el convencimiento de que cumpliste la misión que aquí te correspondía y que ahora la continúas con más plenitud en el Cielo.

Ha sido corta tu vida, pero fecunda; has dejado una huella imborrable en el corazón de muchas personas y nos has dejado a nosotros con más fuerza la misión de anunciar a Jesucristo y la Vida Eterna en la que tú te encuentras para interceder por los que aquí estamos. Tú nos has bajado el Cielo. Ahora está más cerca que cuando empezamos a creer.

Este va a ser el primer año que no lo vamos a poder celebrar por el confinamiento que estamos viviendo por el Coronavirus. Litúrgicamente no podemos celebrar Eucaristía con los hermanos, haciéndote presente entre nosotros y creyendo en tu nuevo nacimiento a la verdadera Vida.

Recordamos el año anterior  -los diez años-  que sí celebramos con mucha alegría, ya que quisimos que fuera la celebración de tu “Boda con el Esposo” para toda la Eternidad. Como sabes, fue preciosa y emotiva. Llenó de emoción a todos, sintiendo la ausencia de tus hermanos, que estoy segura que a ti te hubiera gustado que estuviesen. ¡Ellos se la perdieron!

Ayer me encontré a la madre de Fran (Macarra) y estuvimos hablando de ti. Me decía que su hijo te tenía muy presente en su vida, ya que te consideraba su hermano y experimentaba tu presencia muchas veces, sobre todo cuando estaba más agobiado. ¡Bendito sea Dios! Como sabes, rezo por tus amigos para que encuentren el sentido de sus vidas y no se desvíen, buscando la felicidad donde no está.

Tengo relación con Marta, la cual ha cambiado mucho y cuando hay algo negativo me lo comunica, sabiendo ella mi preocupación por algunos de tus amigos. Lo último que me comunicó fue la situación de droga en la que estaban metidos. Escribí una carta dirigiéndome a ellos y con fotocopias ella las entregó. Principalmente me dio mucha pena que entre ellas estaba Cristina, la cual era amiga tuya. Quiero ir a verla cuando pueda.

Creo firmemente que Dios te ha liberado de este mundo, que te podía esclavizar a ti, reservándote para Él y para ser un interrogante para muchos jóvenes que se creen que tienen la vida asegurada, cuando nadie sabe ni el día ni la hora en el que llegará su momento. La hora de pasar de este mundo al Padre, el cual nos pone acontecimientos para que lo busquemos, pero que, en nuestra libertad, lo podemos rechazar. En este sentido les escribí a ellos, ofreciéndoles mi ayuda si la necesitan. 

También estamos viviendo el milagro de la conversión del que te quitó la vida, que ha pedido públicamente pedir perdón a los familiares a los que ha hecho daño, sin ningún beneficio en su condena. Nosotros lo vamos a acoger, aunque no sea entendido por algunos (principalmente, por tus hermanos), ya que el Señor nos llama a obedecerlo a Él antes que a los hombres. La marcha de Juan no ha sido inútil: él ha regado la vida de este chico que se ha sentido perdonado y esto le está transformando. Dentro de nuestro dolor, es un consuelo. Creo que en esto tú estarás de acuerdo. Cuando en una ocasión me dijiste: “Mamá, tú, si a mí me pegaran una “puñalá”, seguro que perdonabas al que me la dio”. ¿Cómo pudiste decirme eso? Parece que lo estabas anticipando. Entonces te contesté: “¡No sé, hijo, no sé!” Pero se ha dado. Tú siempre pedías perdón, eras muy consciente de tus debilidades y no querías hacernos sufrir, hasta el extremo de haber dicho a Rosa Mary en esa última Pascua: “A mí me debería pasar algo, para no hacer sufrir a mis padres”. El Señor te cogió la palabra para llevarte junto a Él. Tú decías: “Cuando tenga un lugar, me marcharé de casa”. No sabías entonces que te estaba esperando un Lugar junto a Él, una morada eterna, y que nos estás esperando a nosotros. Jesucristo me ha abierto el Cielo y, como te decía antes, tú me lo has bajado, en la esperanza de que eres feliz.

Unos padres lo que quieren es que sus hijos sean felices. No en la felicidad que el mundo ofrece, que es la efímera y engañosa, que no cubre nuestros vacíos, sino en la felicidad que es según el corazón Suyo; no el nuestro que vive en la insatisfacción siempre, buscando lo que no tiene y no valorando lo que tiene. Tú, Juan, sí tenías un corazón agradecido, por eso tengo grabadas dentro de mí estas palabras, aunque reconociendo también que no eras perfecto, pero en el amor tenías un corazón muy grande. Como dijo tu prima Sofía a las periodistas cuando le preguntaron: “Le han dado en el corazón porque era todo corazón”.

Pues aquí estamos, Juan… sintiéndonos orgullosos de ser tus padres, aunque muchas cosas no las hemos sabido hasta que te has ido. Te queremos y esperamos verte.

reyesReyes Sánchez vivió una de las experiencias más dolorosas que una madre puede sufrir. Su hijo Juan, a los 19 años, murió defendiendo a un amigo durante la Feria de Sevilla. A la luz de lo que vivió en esos momentos, escribe hoy.