Viernes, 15 Enero 2021 00:00

Me encontré con Dios en Hong Kong

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“Tienes que conocer a Catalina Toro”, me decían algunas amigas en común. ¡Era para mí toda una incógnita! ¿Quién será esta mujer de la que tanto me hablan? Un día supe que se había ido a vivir cerca a mi casa, y pronto llegó el día en que nos conocimos.

Descubrí en ella una persona maravillosa; no solo compartíamos el amor por el arte y la pintura, sino, especialmente, nuestro amor inmenso por los Corazones de Jesús y de María.

Conocí su casa, tan especial, llena de detalles, postigos y ventanas arrodilladas de hierro, ese estilo colonial y el azul y blanco que tanto nos fascina a las dos. El contraste con el verde en un hermoso jardín que apenas florecía y los juguetes de los niños regados por ahí. Conocí no solo un lugar hermoso, una casa de ensueño, sino un alma singular y una amiga entrañable.

Un día le pedí que me contara su historia para compartirla con ustedes y ella, con su alegría de siempre, accedió. Esta es su historia de amor.

Me encontré con Dios en Hong Kong.

Iba en el avión a Hong Kong por segunda vez; yo estaba haciendo un collar con medallitas, y le dije al Señor: sé que voy a acompañar a mi esposo en este viaje, pero… en realidad ¿a qué voy? Sentí la voz de Dios que me dijo: “vienes a acercarte a Mí”.

Catalina nació en una familia católica, le inculcaron el amor a la Virgen María desde pequeña, pero ella solo buscaba a Dios cuando lo necesitaba.

cata 2 A los 16 años se fue a vivir a Estados Unidos, en un momento de su vida en el que sentía la necesidad de aprobación, con una autoestima baja y el deseo de ser delgada. Comenzó a tener desórdenes alimenticios. 

Años más tarde, aunque tenía una vida de pecado, de fiestas, alcohol, ella trataba de ir a Misa. Tenía un vacío muy grande y buscaba afuera el amor que solo podía encontrar en su interior. Ella entraba a las iglesias, pues siempre terminaba buscando a Dios y sentía como si entrara a la casa de su abuela, sentía el calor del hogar. Desde lejos, su madre siempre rezaba por ella a la Virgen María. 

Estando en New York, se fue con un amigo coreano a ver una película en el Museo de Arte Moderno, y allí le presentaron a Sergio, su actual esposo. Se conocieron y comenzaron a salir. Ella iba a Misa los domingos y empezó a ir con él; Catalina sentía que Sergio iba a ser su esposo. Él le hablaba de la Virgen María, y ella se sorprendía con esto. Sergio tenía cáncer, había sido una prueba de fe muy grande. Tenía un pronóstico difícil, lo habían operado y estuvo en estado crítico. Cuando ella regresó a Colombia, Sergio ya había sanado de su enfermedad y le propuso matrimonio. Se casaron y le entregaron su matrimonio a la Virgen María.

Catalina siguió luchando contra sus desórdenes alimenticios y haciendo frente a la constante necesidad de aprobación. Seguía sintiendo ese extraño vacío, así que comenzó a ir al psicólogo, pero ningún tratamiento le sirvió realmente; además, comenzaron algunos problemas en la pareja.

Practicaba yoga, supuestamente por ejercicio, pero se fue dando cuenta de los efectos perniciosos de esta práctica. Cuando iba en un autobús o donde había mucha gente, comenzaba a sentir angustia y presión en el pecho. Ella le preguntó a su “maestra” de yoga qué podría ser eso que le estaba pasando, y ella le contestó: “lo que pasa es que en el yoga se abren espacios espirituales”. Sentía un ambiente que la atraía, pero después de practicarlo experimentaba esa falta de paz, ansiedad, angustia, una lucha interior fuerte.

Sergio, como periodista, decidió ir a hacer una maestría durante un año en Hong Kong, adonde ya habían ido de luna de miel. En medio de esta gran ciudad, con mucho tiempo libre, Catalina comenzó a encontrarse consigo misma; sentía estallar en su interior esa presión de una vida falsa, preocupación por el qué dirán, materialismo, consumismo…

Cuando iba a la iglesia le decía a Dios: ¿qué me pasa?, ayúdame…

Un día conoció a un hongkonés llamado Joseph, quien vivía en la calle. Ella se acercó mucho a él, y Dios comenzó ahí a sensibilizar su alma, sentía la ternura de Dios en él. Joseph era católico, tenía su Biblia y le decía que de ahí sacaba la fuerza y el ánimo para vivir. Uno de esos días en que compartían un rato juntos, a Joseph le dolían los pies, ella le quitó las medias y le untó una crema que él tenía; sentía las costras y las llagas de sus pies… Ella vio a Jesús en Joseph. Sintió a Jesús en este hombre, como si sus pies fueran los pies de Jesús, como si estuviera sirviendo a Jesús. Durante cuatro meses, Catalina disfrutó de su amistad con Joseph, pero luego ya no lo volvió a ver más. Con la voz quebrada, dice que fue algo que marcó fuertemente su vida.

Su madre, desde Colombia, la protegía con su oración y decidió enviarle con su hermano un libro sobre las apariciones de la Virgen en Medjugorje. A él le robaron la maleta en la que llevaba el libro, pero su mamá rezó por esto y la maleta apareció, así que por fin el texto llegó a sus manos. Ella empezó a rezar el rosario, y con esto llegan los pequeños milagros a su vida.

Leer el libro de los mensajes de las apariciones de la Virgen de Medjugorje tocó su corazón profundamente. Lloraba y pensaba “¿qué estoy haciendo con mi vida?”; se sentía yendo hacia el abismo. Dios comenzó a iluminar su conciencia, así que va a confesarse, pues empieza a sentir la necesidad de entender qué era pecado y qué no, de conocer la verdad y la fe.

Una vez escribió en su diario: “tan básico como volver a los mandamientos, y tratar de profundizar en ellos”. Sintió cómo el Espíritu Santo la empezó a impulsar, comenzó a estudiar el catecismo, pues quería agradar a Dios. Se dio cuenta de que Dios la amaba por encima de todo, que no la dejaba de abrazar, que la estaba sosteniendo y sentía que era importante y valiosa para Jesús, que Él no quería apartarse de ella, pero que ella tampoco quería apartarse de Él. 

“Te quiero a mi lado, no quiero perderte”.

Al sentirse amada, comenzó a ceder el desorden alimenticio. En una confesión le contó a un sacerdote que hacía yoga, y el padre le dijo: “eso es contrario a la fe católica”, así que Catalina dejó esta práctica y centró su vida en Dios, con lo cual fue consiguiendo la verdadera paz.

Las personas católicas que conoció en Hong Kong eran coherentes y muy convencidas de su fe. Gracias a este testimonio, ella pudo vivir todo esto profundamente. Catalina fue descubriendo el tesoro de las verdades de la fe, la vivencia de los sacramentos y, con radicalidad, decidió entregarse a Dios, en quien encontró la vida de su alma.

Luego llegó la consagración a la Virgen, que trae tantos frutos maravillosos para la vida familiar y personal. Esto se dio en un viaje a Medjugorje, que los unió más a la Santísima Virgen, y del cual se desprendieron muchas experiencias que fortalecieron su vida espiritual. 

Consecuentes con su fe católica, Catalina y su esposo decidieron estar abiertos a la vida, y tratar de obedecer a Dios en todo. Tuvieron tres hermosos hijos.

Vivieron algunos años en Barcelona, donde Catalina aprendió la oración contemplativa en medio de la vida cotidiana. Luego regresaron a Colombia para quedarse.

“Tengo la certeza de que a mi lado está mi Madre y de que siempre puedo contar con Ella”.

Catalina y Sergio han puesto a Jesús y a María en el centro de su hogar, lo que se puede ver en la manera como sus tres pequeños hijos se relacionan con el mundo; se ven llenos del amor de Dios que sus padres les transmiten cada día. Se puede sentir en sus conversaciones, en su manera de actuar y de tratar a los demás. Por ejemplo, en las fiestas de la Virgen, se sientan al lado de ella a comer galletas para celebrar, manifestando el amor que ha sido sembrado en sus corazones. Esta pareja de esposos quiere que su casa sea siempre un lugar de oración y de acogida, como el Corazón de María, para que los demás se encuentren con ella.

Esa bonita casa azul y blanca es una pequeña luz que ilumina a los que pasamos por allí, porque donde María Santísima es invitada como Reina, se ve y se siente la belleza del Cielo en la tierra.

Catalina comprendió que su miseria no es un obstáculo para acercarse a Dios, sino que camina con Él en confianza, como una niña, a la luz de Su infinita Misericordia. Hoy trabaja como restauradora de imágenes religiosas, pone todo su amor en recomponer cada imagen rota que llega a su taller. Dios le ha regalado este don de reparar imágenes, mientras en su alma va reparando el dolor de su Jesús llagado y crucificado por medio de la oración en su vida cotidiana y el ofrecimiento de sus cruces diarias.

Así como ese día que con amor tocaba los pies de Joseph, Catalina quiere ser un consuelo para el Corazón de Aquel que la llevó a Hong Kong para enamorarla, y a Quien ella le dice:

“Quiero ser una sonrisa para Ti”.

tata

Esposa y madre feliz. 

Artista, cantante y compositora católica.