Viernes, 22 Enero 2021 00:00

Las tres tumbas del cementerio de Derry

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El 10 de enero de 1972, un grupo de soldados ingleses disparó contra veintiséis civiles católicos desarmados en el barrio de Bogside, en la llamada «Masacre del Domingo Sangriento». Catorce de ellos murieron. Yo tenía seis años y cuatro meses y estaba en primero de Primaria.

Al día siguiente, después de pasar lista en el patio de la escuela, los casi setecientos alumnos del Colegio Spioraid Naoimh, en Bishoptown (Cork), nos dirigimos como siempre en dirección a nuestras aulas. Un niño empezó a gritar: «IRA, IRA, IRA». Rápidamente, todos nos unimos a su voz, marcando el ritmo al unísono con los pies mientras subíamos la escalera. La mayor parte de nosotros no sabíamos lo que era el Ejército Republicano Irlandés (IRA). Simplemente nos gustaba el ruido militar y el sentido de unidad. Fue un momento impactante que quedó marcado en mi memoria hasta el día de hoy. De la misma manera está marcada en mi memoria la reacción de nuestro profesor, el señor O’Donoghue, cuando entró en el aula. En ese tiempo, era normal tener en clase cuarenta alumnos o más, pero el señor O’Donoghue no tenía ningún problema en imponer el orden. Nos dio una temprana e inolvidable lección acerca de los males de apoyar el IRA. 

Lo que pasó ese domingo y ese lunes, se repitió tediosamente durante los veinticinco años siguientes: bombas, disparos y masacres sangrientas, seguidas de reacciones viscerales a favor y en contra. Las masacres tuvieron lugar sobre todo en el norte de Irlanda, frecuentemente en Inglaterra, raramente en el sur. Las reacciones viscerales a favor y en contra se dieron tanto en conversaciones públicas como privadas, en el norte, en el sur y en Inglaterra. Fue una parte importante de nuestras vidas, un tema frecuente de apasionada conversación en el pub, en el parlamento, en la televisión, en cualquier sitio. De ahí la famosa canción de Cranberries que repetía en el estribillo: «En tu cabeza, en tu cabeza, en tu cabeza están luchando. Con sus bombas y sus pistolas, en tu cabeza».

No era fácil en ese momento ser irlandés, ni al norte ni al sur de la frontera, y mucho menos en Inglaterra, donde no hace falta ni explicarlo. Durante ese tiempo, trabajé tres años en Londres. Una mañana me presenté a trabajar después de que el IRA volara la Bolsa de Valores de Londres, causando graves daños materiales aunque, en esta ocasión, sin víctimas. Un compañero inglés me preguntó si me sentía orgulloso de mis compatriotas irlandeses. Yo le respondí que los culpables tenían pasaporte inglés, no irlandés y que, por lo tanto, eran compatriotas suyos, no míos. Le di esa respuesta para desmarcarme del asunto, pero el hecho era que, de diferentes maneras, eran compatriotas de ambos, lo que da una idea de la complejidad de la situación. Todo comenzó en el siglo XVII, cuando la clase dirigente británica confiscó sus terrenos a los católicos para entregárselos a agricultores protestantes. La partición artificial de la isla en 1922 perpetuó la insostenible situación de una frágil mayoría protestante, tratando de convivir junto a una minoría de católicos desplazados.

La receta contenía todos los ingredientes para el desastre, pero «nada es imposible para Dios». La complicada situación de Irlanda del Norte se ha ido resolviendo de alguna manera, no totalmente, pero sí en una medida inimaginable durante gran parte de mis cincuenta y cinco años de vida. Un artículo publicado recientemente en un periódico de Irlanda del Norte (The Irish News, 24/09/2020) comenta cuáles son las tres tumbas más visitadas en el cementerio de Derry: la de Martin McGuinness, fallecido en 2017; la de John Hume, fallecido en agosto de 2020; y la de la Hna. Clare Crockett, fallecida en 2016. Este triple fenómeno nos ofrece material abundante para una sugestiva reflexión a nivel personal, político y religioso.

Hay un vídeo en YouTube que celebra el nuevo espíritu de paz y reconciliación de la atormentada esquina superior derecha de la isla. Consiste en un resumen de siete minutos acerca del odio y la violencia que dominaron Irlanda del Norte durante un cuarto de siglo, con imágenes de la comunicación gradual entre las partes, que culminó con el «Acuerdo del Viernes Santo», el 10 de abril de 1998. Mientras tanto, una y otra vez se repite una frase pronunciada por el reverendo Ian Paisley, un pastor protestante del que podría decirse que es una de las figuras más odiadas y llenas de odio del lado «unionista» del conflicto (también llamados «lealistas», por el deseo de mantenerse leales a la unión con Gran Bretaña). En 1988, Paisley llamó la atención pública, más allá del círculo de los políticos irlandeses, cuando fue expulsado del Parlamento Europeo de Estrasburgo por llamar al Papa Juan Pablo II el «Anticristo». En el video de YouTube se le pregunta a Paisley cómo podía justificar la traición a sus principios y a sus seguidores hablando, riendo e incluso rezando con Martin McGuinness, líder del IRA y, por lo tanto, enemigo de todo lo que Paisley y su partido representaban. La respuesta de Paisley, con esa voz tan particular que tenía y su acento altamente distintivo, repetida como un estribillo a lo largo del video, fue: «Bueno, ya sabes… ¡también existe una cosa que se llama el perdón!». 

Debo admitir que el vídeo me conmovió, sobre todo después de haber pasado gran parte de mi juventud «perturbado» —por decirlo suavemente— por eso que llamábamos «Los Disturbios». Envié el link a mi hermano, en Irlanda, pidiéndole que se lo hiciera ver a mi padre. Durante veinticinco años, mi padre ayunó de todo tipo de dulce, chocolates, tartas, galletas, helados… cualquier cosa que tuviera azúcar, mientras rezaba por la paz en Irlanda del Norte. Pensé que se conmovería al ver el fruto de sus esfuerzos. Después le pregunté a mi hermano sobre la reacción de mi padre al ver el vídeo. Me dijo que, después de verlo, mi madre le llamó desde otra habitación: «¿Qué es, Joe?». Y mi padre respondió: «Ah, nada. Solamente Paisley y McGuinness haciendo de amiguetes». No le había conmovido para nada. No estaba impresionado.

Durante el conflicto, la posición de mi padre era de desconfianza hacia los políticos en general, con un firme rechazo hacia los extremistas de ambos lados. Había un único político en toda la isla de Irlanda al que él admiraba: era John Hume. La posición de Hume en el conflicto era tan inteligente como sencilla. Entendió que el catolicismo en el norte de Irlanda se había reducido a una forma de tribalismo, y el protestantismo a otra forma de tribalismo. Así que teníamos a dos tribus que se odiaban mutuamente y se definían en oposición a los otros. Católico significa universal, todo lo contrario al tribalismo. Hume tenía una mente católica y un corazón católico. Era por eso lo suficientemente grande como para renunciar al tribalismo católico como una «contradicción en términos». Sugirió una doble solución: respetar el derecho de cada tribu a querer ser británica o irlandesa y trabajar juntos para mejorar las condiciones económicas y sociales locales.

Jesús no dijo: «¡Ay de los británicos!» o «¡Ay de los protestantes!». No dijo tampoco «¡Ay de los irlandeses!». Jesús dijo: «¡Ay de los ricos!». El Partido Socialdemócrata y Laborista de Hume se dedicó a la rectificación empresarial de los males sociales y económicos locales sufridos por los trabajadores injustamente tratados. En 1960, observando que la clase trabajadora estaba condenada a una crisis económica, Hume fundó la primera «Unión de Crédito» en Derry con un total de 5.19 libras. Hoy tiene más de 31.000 miembros y activos por valor de más de 97 millones de libras. Era el logro del que más orgulloso estaba, porque dio prioridad a las personas por encima del dinero, haciéndoles capaces de salir de la miseria económica. Tenía veintitrés años en ese momento. Cuatro años más tarde, fue elegido presidente de la «Liga Irlandesa de las Uniones de Crédito». Hume estaba convencido de que los derechos civiles debían ser la prioridad de los políticos. «No puedes comer una bandera», era una de sus frases favoritas. Otra era: «Derrama sudor, no sangre». Si los problemas más inmediatos se abordaran de forma creativa, todo lo demás iría encajando, no a la fuerza e inmediatamente, sino de forma ordenada, con el paso de un poco de tiempo. 

Esta posición le costó a Hume una furiosa oposición dentro de las filas de los nacionalistas católicos, porque significaba relativizar el ideal político de una Irlanda unida. Más tarde, provocó otra furiosa oposición entre las filas de los unionistas y los autodenominados moderados, precisamente por dialogar con los mismos nacionalistas católicos que antes habían luchado contra él. Cuando hablo de «furiosa oposición» me refiero a que arriesgaba su vida. No solo su «vida política»: su vida en sentido literal. Fue acusado de doblegarse ante los terroristas, pero Hume —creyendo en el persuasivo poder de la verdad— persistió con heroica paciencia: «Es importante no reaccionar ante la reacción, porque pierdes el juicio y la perspectiva».

La solución de Hume parece obvia, pero era enormemente original en su contexto y requería un radical y generoso cambio de paradigma por parte de todos. Mi padre, por ejemplo, soñaba con una Irlanda unida. Tuvo que renunciar a ese ideal. Cuando yo era más joven, me costó comprenderlo. Solo algunos años después, entendí la sabiduría que había en ello. Cuando él rezaba y ayunaba, lo hacía por la paz en el norte de Irlanda, no por la unión política nacionalista. Eso nos lo dejaba claro a sus nueve hijos en las intenciones del rosario diario. Hume pidió a los unionistas protestantes dar el mismo paso y pidió a las otras dos principales entidades del conflicto —el parlamento británico y el irlandés— relativizar también sus aspiraciones territoriales. Fue una visión muy audaz. Su cumplimiento parcial es un milagro político. 

Finalmente, Martin McGuinness cedió al argumento de Hume. Renunció a usar las armas y se unió a las negociaciones de paz. Su enemigo del otro bando, Ian Paisley, también se unió a la negociación, aceptando que McGuinness fuese parte de ella. McGuinness tenía la reputación de ser un católico practicante, una persona de «comunión diaria» a lo largo de toda su vida, incluso mientras dirigía un movimiento violento responsable de la muerte y las mutilaciones de muchas personas. Yo estaba presente cuando él llegó a la casa de la Hna. Clare, donde se encontraba su capilla ardiente, el día antes del entierro. Dio el pésame a su familia, que le recibió con afecto y familiaridad. Su cambio de rumbo fue mérito de Hume, pero hay que decir que, aunque él tuvo también su mérito, fracasó en la última prueba de su catolicidad: en 2015 cambió de posición con respecto al aborto, apoyándolo «en ciertos casos». Se ha dicho que la ternura humana lleva a la cámara de gas: «El pobre niño es deforme y su madre va a sufrir, matémoslo compasivamente». McGuinness afirmó que su nueva posición era compatible con «su» catolicismo. Martin, por favor: el aborto no es católico.

En los cinco años escasos que han pasado desde que McGuinness cambiara de posición, y en los tres años transcurridos desde su muerte, a la edad de sesenta y seis, el Sinn Fein (partido nacionalista irlandés liderado por McGuinness, históricamente ligado al IRA y su lucha armada por una Irlanda unida) se ha convertido en un promotor del aborto a demanda, feminista, un partido político marxista. Y ahora te encuentras con la desconcertante situación de que los votantes sinceramente católicos y nacionalistas de Derry, se sienten obligados en conciencia a votar por el partido Unionista Protestante fundado por Ian Paisley debido a su más sólida postura antiabortista. Hume tenía mucha razón: el catolicismo, para muchos, se había reducido a tribalismo. Hay que decir con tristeza, no con satisfacción, que si McGuinness merece algún mérito por su cambio de postura con respecto a la violencia contra la persona nacida, merece también la crítica por su cambio de postura con respecto a la violencia contra el niño no nacido.

John Hume pasó tres años de su juventud estudiando para ser sacerdote, hasta que se dio cuenta de que esa no era su vocación. Se graduó en la universidad con una licenciatura en Historia y Francés. Era historiador y católico. Conocía la historia de Irlanda y conocía su fe. Lamentó un estado de «inmadurez política entre los católicos». Urgió a los católicos a «desempeñar un papel más activo en la vida pública». Además de la ignorancia católica de la política, lamentó también la realidad de la ignorancia católica del catolicismo. Gracias a la ignorancia católica de la política, del catolicismo y de la historia católica irlandesa, la visión católica de los líderes católicos de 1916 que dieron origen a la República Irlandesa en el Sur ha sido completamente traicionada, al igual que está en proceso de serlo en el Norte.

El 3 de agosto apareció un artículo en The Atlantic diciendo que Hume «no era un santo» por «los compromisos que defendió y las complejidades que reconoció». El autor del artículo afirma que la visión de Hume era imperfecta e incompleta, concluyendo: «Cuando los gigantes mueren, son canonizados, pero no suelen convertirse en gigantes por ser santos. Como Hume habría reconocido, la vida es más complicada». La suposición subyacente es que el ingenio político en situaciones complicadas no es compatible con la santidad. Tristemente, incluso ahora, muchos católicos andan con esa misma suposición. Nada más lejos de la verdad. Hume no habría querido tener nada que ver con esa posición. Incansablemente condenó la ignorancia sobre política y catolicismo tanto entre los católicos como entre los no católicos. De hecho, en Hume, la Iglesia católica fácilmente tiene un modelo canonizable de Doctrina Social y política católica.

La Hna. Clare Crockett, en contra de algunas impresiones erróneas, fue una buena estudiante que completó la secundaria con muy buenas notas. El afán de aprender era parte de su personalidad. Su dominio del español era impresionante, al igual que su dominio de la música. Se convirtió en una maestra culta y talentosa. Como Hume, aborreció la reducción del catolicismo al tribalismo y lo afirmó públicamente en varias ocasiones. Mostró un profundo interés cuando, en 2010, el Primer Ministro británico David Cameron se disculpó públicamente por las intervenciones del Ejército británico durante el Domingo Sangriento, en la Masacre de Bogside, justo al lado de donde ella creció. En su profética novela de 1984, George Orwell retrata la manipulación del lenguaje y la ignorancia de la historia como estrategias que facilitan la manipulación de las masas en los regímenes totalitarios. La Hna. Clare no era ignorante de la política, de la historia o de la doctrina católica. Era intelectual y políticamente consciente. Eso era importante para ella. Siglos de presión histórica forjaron su familia y su personalidad, formándola para bien y para mal en lo que era. Cuanto mejor conocemos nuestra historia, mejor nos conocemos a nosotros mismos y mejor situados estamos para crecer, con la gracia de Dios, en la dirección correcta. Como mi padre, ella ayunó y rezó por la paz en Irlanda del Norte y siguió su evolución política. El catolicismo, como se ha dicho a menudo, no es una religión de «o» sino de «y». No se trata de ser o santo o político: un católico puede ser político y santo.

En los últimos años de su vida, John Hume sufrió de demencia. Como la Madre Angélica, la fundadora de la cadena de televisión católica EWTN, otra comunicadora que ha cambiado el mundo, fue purificado en sus últimos días por el silencio. Su esposa Pat declaró que nunca tuvo que preocuparse de que saliera de casa y se perdiese en las calles de Derry, porque nunca faltó gente que lo cogiera del brazo y lo guiara a casa. Ella llamaba a Derry «ciudad amiga de la demencia». Su esposo se había ganado realmente los corazones de su gente, como la Hna. Clare.

Un nativo de Derry, historiador local y amigo del Hogar de la Madre, Thomas Gallagher, me escribió diciendo: «Sí, hay una creciente atracción por la Hna. Clare, especialmente durante el confinamiento. Cada dos o tres casas encuentras una foto suya en la ventana. Además, es tan evidente que ella lleva a las puertas de la Iglesia a aquellos que no van a Misa ni rezan. Ella es una inspiración que los lleva de regreso a la fe. Es increíble la conexión que tiene con su gente. Cuando van a visitar su tumba, es por necesidad real y para pedir por sus preocupaciones y asuntos, mientras que otros visitan las tumbas de políticos como una señal de respeto».

Fue Thomas, junto con su hermano Seán, quien organizó la peregrinación a España en la que la Hna. Clare descubrió su vocación. Sus reflexiones sobre John Hume son también relevantes: «Un hombre notable y humilde, un hombre de fe, un hombre bendecido por Dios para cumplir una misión. Es una nueva historia de David y Goliat en la que John Hume era David. La piedra de su honda era el sentido común en medio del caos. Hume era un católico practicante y creo que fue elegido por Dios en respuesta a siglos de oraciones. Su reconocimiento mundial es significativo: la única persona que ganó los premios Nobel, Ghandi y Martin Luther King. Todo el dinero que recibió en los premios lo entregó para obras de caridad. La mala salud, poco después de firmar el Acuerdo del Viernes Santo, le quitó toda la gloria personal. En mi opinión, creo que Dios escuchó y respondió a las oraciones de generaciones de sufrientes cristianos irlandeses, derramando luz en medio de una gran oscuridad a través de la visión de Hume, la conversión de McGuinness con respecto al uso de las armas y la vocación inspiradora de la Hna. Clare».

Que las visitas a las tres tumbas de Derry continúen por mucho tiempo. Si se acompañan de una seria reflexión histórica, moral, política y religiosa, junto con la oración, los frutos pueden ser abundantes para Irlanda del Norte, para toda la isla, para Gran Bretaña y para el mundo. Es mucho que esperar, pero si sacamos algo de esta historia, es que los milagros suceden. Hna. Clare, reza por nosotros.

P. Colum Power, nacido en Cork, Irlanda, en 1965, es Siervo del Hogar de la Madre. Obtuvo un Máster en literatura en 1991 y un doctorado en Historia de la Iglesia en 2013. Es autor de Un Toque de la Mano del Jardinero, Miel del Cadáver del León, y Las Categorías Católicas de James Joyce. Dedica su tiempo a las actividades apostólicas para la juventud organizadas por los Siervos del Hogar de la Madre.