Martes, 09 Marzo 2021 00:00

Querido George

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Jorge es el nombre de un joven que ahora tendría 26 años, si no me equivoco, y vivía en mi pueblo. Cuando nos fuimos a vivir al lugar donde vivimos ahora, íbamos diariamente a misa mis tres hijas y yo, y allí conocimos a Jorge y su familia.

Era una familia que tenía también tres hijos de, aproximadamente, la misma edad que mis niñas. Eran entonces muy pequeñitos todos. No tuvimos una relación muy estrecha, pero sí cordial, y nuestros hijos iban creciendo y yo hablaba con su madre…. en fin, las cosas normales.

Un día que tenía que llevar al ambulatorio a una de mis hijas para una revisión, nos encontramos en las escaleras con Trini y Jorge, que también iban al médico porque Jorge tenía una herida que no le curaba de ninguna manera, lo recuerdo como si fuera ayer. Jorge tenía 14 años, ese fue el principio. Pasado un tiempo, nos enteramos de que le habían diagnosticado leucemia; suena muy fuerte, y el camino fue largo.

Jorge murió sin haber cumplido los 25, luchando sin desanimarse contra una enfermedad de la que entraba y salía y entraba y salía... Creo que hasta 4 o 5 veces parecía que ya estaba superada cuando volvía a recaer.

Nunca vimos en su cara una expresión de derrota, la lucha sin cuartel creo que se podría decir que era su bandera, y lo que le sostenía en esta lucha, sin lugar a dudas, era su gran FE. Siempre optimista, siempre con la sonrisa en la boca. Muchas veces nos lo encontramos en misa, cuando la salud le permitía asistir, y si nadie subía a leer las lecturas, no importaba cómo estuviera, él subía a leer aunque tuviera que llevar su botella de agua para hidratar un poco su boca muy reseca. Si la salud no le permitía asistir, allí estaban sus padres para recoger al sacerdote y llevarle la comunión.

Ese era Jorge, que no dudo lo más mínimo que ahora está disfrutando en el Cielo de los frutos de la lucha sin tregua que sostuvo con la leucemia, y tampoco dudo de que, aunque el ofrecimiento y la entrega generosa que vivió ya dio muchos frutos aquí, como demuestra la carta que acompañamos a continuación, serán muchísimo mayores los frutos que dará ahora desde el Cielo.

(La carta está escrita por unos amigos suyos tras su muerte).

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Querido George:

¿Cómo estás? ¿Cómo va todo por allí arriba? No queremos ni imaginarnos la farra que te montaron cuando llegaste al cielo. Qué envidia nos da... seguro que entraste derrapando con tu moto, esa que tanto soñabas volver a coger, y gritando un fuerte: ‘yuhuuu’.

Nosotros, la verdad es que todavía no somos muy conscientes de lo que estamos viviendo... no acabamos de creernos que ya no estés aquí. Cuánto echamos de menos tu cariño, tu sonrisa, tu alegría, tu locura, tus mensajes preocupándote por cada uno de nosotros siempre. Qué especiales nos has hecho sentir y cuánto hemos crecido contigo en esos ratos de hospital.

Si hay algo que no te has cansado de pedirnos en todo este tiempo es que rezáramos. Qué convencido estabas del poder de la oración, tronco, y por otro lado, es acojonante la tranquilidad con la que nos has hablado siempre cuando las cosas no iban del todo bien: "No os agobiéis, no hay que buscar lo extraordinario, tíos, no nos podemos aferrar a la vida de otros ni a la nuestra, ya que no nos pertenece. Hay que rezar por el milagro, pero no aferrarse a él. Esto es solo un camino a la vida que mola de verdad. Mola ser católico porque tengo la esperanza de que me reuniré con vosotros y, además, disfrutando mientras tanto. Yo voy preparando el farreo de ahí arriba, que espero que, después de 10 años, Dios me deje subir y esperaros. Rezo por vosotros todos los días a muerte, para que cuando nos volvamos a ver en el cielo, sigamos haciendo planes mágicos".

Jorge, qué pasada cómo has abrazado la cruz en el dolor, cómo has sabido transformar el sufrimiento en amor. A la vista está cada vez que tocaba la maldita punción lumbar. La temías, pero siempre le plantabas cara con el crucifijo en una mano y rezando mientras decías cada uno de nuestros nombres.

Has querido sin límites. Ir a verte era una gozada y siempre tenías el detalle de escribirnos para darnos las gracias después de cada visita: "Os quiero hasta los límites que la mayor parte de la gente no puede ni siquiera soñar. Ganazas de volveros a ver porque cuando pasa, todos mis dolores y males se ahogan hasta desaparecer, sois la mejor medicina que la vida me ha puesto por delante".

Enséñanos a querer así.

Tampoco se te escapaba ningún momento para meternos caña con cariño. Me acuerdo que un día, en uno de esos ratitos de hospital, me dijiste que tenías que decirme un par de cosas que habías estado rezando:
• Dirección espiritual, Pupe. Confiésate de forma recurrente. No te quedes en la misa del domingo. Eso no es amor. El amor no aspira a mínimos, sino a máximos.
• Disciplina. No bases la relación con Dios en los sentimientos. Queda con Él 10 minutos al día. Si no lo tratas, no puedes enamorarte. Haz una lista de la gente que quieres y reza el rosario por ellos.
Examen de conciencia. No te quedes en lo que has hecho mal o podrías haber hecho mejor. Busca la raíz. Pregúntate por qué has actuado así. Sé consciente también de las cosas buenas que tienes.

Hace unos días, Don Jorge Molinero, al que tú querías con locura, también nos leía unas palabras preciosas que nos habías dejado por escrito a todos:
• Estad siempre alegres.
• Nunca dejéis de tratar al Señor.
• Nos vemos en el cielo.

En fin, guerrero, gracias por habernos querido sin límites y por habernos dejado disfrutarte durante todo este tiempo. Debes estar liándola muy parda allí arriba porque te sentimos más cerca que nunca. No nos sueltes de la mano ni un segundo. Ayúdanos a descubrir cuál es nuestra cruz aquí y guíanos para llevarla como tú lo has hecho.

¡Ah! y no te vengas muy arriba por habernos ganado la carrera del cielo, eh. Aunque nosotros lleguemos algo más tarde, tampoco pensamos perdernos semejante farreo.

Querido George, terminamos esta carta con una anécdota del día de tu funeral que una amiga de tu madre nos acaba de compartir: "Estaba mi hija Carla de 14 años viendo cómo le cantaban tantos jóvenes a Jorge el día de su funeral y, muy emocionada, me dijo: mamá, ¿cómo hay que vivir para que te quieran así? Y con una sonrisa, me dijo: el día que me muera, yo quiero que me canten así".

¡Cuántos corazones has tocado! Te queremos, George.

Tus amigos de Barcelona.

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