Martes, 23 Marzo 2021 00:00

Vocación: Carmelita descalza

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Antes de daros mi testimonio sobre la vocación, os voy a contar unas pinceladas de mi vida. Una vida de 40 años no se resume ni en unas cuantas líneas ni en un par de folios. Es por ello que os voy a contar lo primordial de mi vida cristiana, que es la decisión, en su día, de mi "no" a mi vida cristiana y por qué sí, finalmente, me decanté por Dios.

Mi nombre es Eva, tengo 42 años de edad, soy de Mallorca y vivo en Madrid desde hace unos 4 años y medio. Soy la segunda de tres hermanas y vengo de una familia un tanto híbrida porque tengo una parte que cree (a su manera) y otra que no cree rotundamente en nada.

Dado a esta circunstancia, a pesar de que he ido a un colegio católico desde los 4 años, mis padres siempre me han dado la libertad absoluta de escoger lo que yo quisiera, creer o no creer. Pues bien, tuve la brillante idea de escoger la peor de las dos opciones, no creer.

Esta decisión fue tomada a raíz de una convivencia familiar un tanto complicada basada en la enfermedad degenerativa con la cual nació mi hermana mayor, enfermedad que ha supuesto un brutal sufrimiento por su parte y que ha supuesto también y supone, en su vida, infinitas complicaciones de salud anidadas a las preocupaciones del entorno y a las peleas y conflictos familiares ocasionados por dicho problema.

A mí, desde pequeñita, en el colegio me dijeron infinitas cosas de Dios, pero lo que no se cansaban de repetirnos eran dos cosas: una, que Dios es muy bueno, y otra, que Dios todo lo puede (y razón no les faltaba). Yo, no es que no creyera en lo que se me decía; es más, cuando en el colegio rezábamos el rosario diario, lo único que ponía en mi corazón era que mi hermana mayor se curase y que los problemas de mi familia se solucionasen.

Creer, creía, pero también tenía mis dudas porque yo veía que a días todo iba igual, y a días todo iba peor y ya cansada de confiar y esperar en lo que nunca llegaba, pues poco a poco me fui desprendiendo de Él, mis rezos eran pensando en mis cosas, sólo iba a misa por mero cumplimiento y, de vez en cuando, muy de vez en cuando, cuando nos hacían estar en la capilla en oración personal con Él, pues solamente le echaba en cara lo mal que lo estaba haciendo con mi hermana y lo poco que nos quería. Este sentimiento, llevado en la soledad conmigo misma, día a día iba creciendo y llevó a mi ruptura total con Él.

A raíz de este sentimiento infundado por mi desconfianza, por mi desesperación al ver día tras día que la enfermedad de mi hermana mayor, lo máximo que hacía era estabilizarse en lo mal que ya estaba, y, también, por mi desconocimiento del sentido de la cruz y del sufrimiento, a medida que yo me iba haciendo mayor, mi ateísmo iba creciendo, al compás, junto a mí, hasta llegarme a convertir en la atea más atea que ha pisado planeta. Es más, cada día hacía más puntos para que nadie ocupase mi puesto número uno en el ateísmo, así que ya se puede uno imaginar... Que el cristianismo decía "hay que ir por la derecha", yo iba por la izquierda; que el cristianismo pensaba en blanco, yo en negro...

Yo creo que, en el fondo, no siempre era porque lo pensase así, ya que muchas veces ni me paraba a pensar, pero lo que sí sé es que todas mis contrariedades tomadas referente a Dios era por el enfado que tenía con Él.

Todo fue así hasta que, un día, una de mis grandes amigas, me invitó a ir a un "Cursillo de Cristiandad" y yo, después de mi negación número mil decidí aceptar. En el Cursillo me encontré con un Dios totalmente distinto al que mi imaginación dibujaba en mi dolor, en mi desesperación y en mi tan mísera paciencia. Me encontré con un Dios que, para nada, me pidió explicaciones del porqué de mi huida ni del porqué ahora de mi vuelta. Todo lo contrario, fue un Dios que me sonrió, un Dios que me abrió sus brazos y un Dios que, con su majestuoso silencio, me dijo: "No pasa nada, no necesito tus explicaciones, he estado contigo en todo momento".

Desde entonces empecé a caminar con Él y, a pesar de mis baches, no me he desprendido de su mano ni un solo segundo, así como se lo prometí en nuestro reencuentro. 

Desde mi Cursillo, mi vida empezó a cambiar por completo, mi forma de ver las cosas eran totalmente opuestas a la forma en que las veía antes y, sin saber por qué, aunque sí por quién (por Dios), desde que salí de mi Cursillo, siempre me ha inquietado el hacer su voluntad, el saber si lo que hacía era lo que a Él le complacía. Y así se lo pedía día y noche: "dime qué quieres que haga, cómo debo seguir, dónde voy, cuál es el camino que tienes preparado para mí".

Y, así como se dice en el Evangelio "pedid y se os dará", pues llegó un día en el que mis peticiones se hallaron con el deseo de hacer su voluntad y me hizo el mayor regalo (bueno, el segundo mayor regalo, porque el primero es mi hermana mayor) que me podría haber hecho, la vocación.

A decir verdad, mencionar esta palabra, aún a día de hoy me causa bastante respeto. Aunque también es verdad que el tener la oportunidad de preparar este testimonio para todos vosotros ha sido un regalazo del Señor (uno más) dado que me ha venido de fábula para poder hacer un parón en el tiempo, mirar hacia atrás y hacer memoria de cómo empezó todo y ver cómo el Señor, muy sutilmente me ha ido engarzando el camino para darme a conocer cuál es su voluntad.

Antes de dar una definición exacta al término vocación, me gustaría hacer dos distinciones de vocación, la que escribo en minúsculas, la cual es la llamada que nos hace el Señor constantemente todos los días a realizar su voluntad en las cosas cotidianas de cada día, las cuales son todas igual de importantes, ya que, si es lo que el Señor pide, sea lo que sea, la importancia la pongo yo en el "TOP ONE".

Y la VOCACIÓN que escribo en mayúsculas, lo que yo diría la VOCACIÓN en mayúsculas. La definición más exacta que he encontrado a este término es, una llamada o inspiración que una persona siente procedente de Dios para llevar una forma de vida, especialmente de carácter religioso. Bien, esta definición está muy bien, aunque yo, a ello, le añadiría unos cuantos detalles más sobre todo lo que conlleva este término, pero creo que para ello es mejor que os cuente sobre cómo fue mi caso desde el principio.

Recapitulando en el tiempo, creo, y cuanto más pasan los días más estoy en lo cierto de esto, que todo empezó en la Navidad del 2019. Navidad que pasé en el Monasterio de La Encarnación, en Ávila.

Así que, primero de todo, os voy a contar como fue. Yo llegué un 23 de diciembre a última hora de la tarde y llegué tan normal, es decir con mis historias de trabajo, con mi vida "supuestamente" organizada, con mis proyectos planeadísimos para cuando acabase el Master que estaba realizando y como aquel que dice, con todo montado... (hasta que llegó El con su habitual sonrisa y me lo desmontó todo).

Ya, una vez llegada y habiendo dejado las cosas en la habitación, me senté en la cama a descansar un rato (¿estaba cansada?, no, pero fue lo que me dio por hacer) y en cuanto me senté en la cama noté como si alguien me decía "Bienvenida de vuelta" (yo, ya había pasado unas Navidades allí, las del 2017) pero en cuanto sentí eso pensé "buah!, esto son ellas que están rezando demasiado por mí..." y no hice ni caso.

Pero lo cierto era que el recogimiento en esa habitación me hacía sentir bien, pero no un bien, de carácter normal; sino un bien de una forma un tanto especial. Lo que pasa es que en ese momento tampoco le presté mucha atención porque estaba muy cómoda, me cuidaron muy bien y todas mis buenas sensaciones las relacionaba con el ambiente y con el trato recibido por parte de las carmelitas de Ávila.

A la mañana siguiente, la mañana del 24, en el torno, me vino a saludar la Priora y en su saludo me dijo: "Eva, oye, una cosa, que me han dicho que te quedas tres días, ¿es así?" A lo que respondí: "Sí, porque ya luego tengo que volver al trabajo" y en esto que me soltó: "Ay, qué pena, yo que me pensaba que te quedarías con nosotras para siempre". Yo no sé por qué, pero a mí el oír eso hizo que el corazón me diese un vuelco, aunque rápidamente reaccioné como si nada me estuviese ocurriendo y respondí: "Bueno, si el Señor me llama, pues claro que me quedo, pero es que a mí no me ha llamado en absoluto". Y nada, a esto, la única respuesta que recibí fue un silencio sepulcral.

A la tarde noche, que estaba esperando a cenar, para pasar el tiempo, me puse a hacer manualidades para ellas. Y creo que ahí fue cuando empecé a percibir algo, porque por un momento me veía en esa vida, como la de ellas, es más, por un largo instante sentí que eso tan simple como el estar recogida del mundo, el estar yo sola con Él solo, era algo inmenso para mí...

Después de estos días, pues nada, me volví a Madrid para continuar con mi vida (con un pequeño come-come en cuanto a lo sucedido, no lo voy a negar). Entonces empecé a hablarlo con alguien que me ha ayudado inmensamente en este proceso de discernimiento vocacional, con Pili. Aquí menciono a Pili porque ha sido la pieza clave en todo momento y la persona que no me ha dejado ni a sol ni a sombra, pero debería de mencionar a muchas más personas que han estado super pendientes del proceso y apoyándome constantemente.

Después de estas Navidades, los dos próximos episodios, que digamos relevantes en cuanto a mi vocación, más bien podría decir, significantes, fueron en marzo, justo dos fines de semana antes de que empezásemos con el confinamiento de la pandemia.

El primero de estos dos fue una estancia en La Encarnación, de voluntaria, en el cual la Madre Priora me pidió locutorio para charlar un rato y en el cual, sin yo quererlo salió el tema explicándole las sensaciones vividas en esa Navidad y a partir de esas fechas. A lo que me dijo (tan tranquila ella): "Ah! esto es lo que se llama inquietud" Bueno... a mi me entraron los siete males, y como me vió tan taquicárdica me dijo, con toda su paz, “no te preocupes, lo ponemos en oración y que el Señor actúe. Eso sí, cuando vayas al retiro que organiza el Padre Arturo el próximo fin de semana, aprovéchalo mucho”.

Entonces así quedamos, ella con santa paz en que lo iba a rezar y yo atacada por no querer creer que podría estar sintiendo la llamada del Señor al Carmelo, la llamada a un mundo totalmente desconocido para mí y tan duro a la vez (por lo que se puede saber) pero por lo que se ahora más de cerca, a un mundo tan inmenso y tan bonito, aunque sigo viéndolo igual de duro, no lo voy a negar.

En el retiro, para abreviar, os contaré el momento que fue determinante para mí, para saber que el Señor me llamaba a esta vida. Y fue el sábado por la tarde, después de rezar el rosario todos juntos en los jardines, al llegar a la habitación, a la típica habitación de retiro, donde es una cama individual, una mesita y poco más. Al entrar en la habitación fue cuando dije: "Esto, esto es, esto es lo que quiero, una celda, un rosario y poco más. ¿Y para qué quiero esta vida? Pues para lo que el Señor me pida".

Dicho así parece que tomé la decisión con una imparable determinación, pero para nada fue así...

Después de esto, de saber lo que el Señor quería para mí, que es una vida en el Carmelo, ha habido un largo proceso de discernimiento, proceso que ha sido tomado, mayormente, en el confinamiento de la Pandemia.

Aquí no acaba todo porque por lo que se me dijo siempre y por lo que he podido comprobar, la vocación es una llamada a una orden y a un sitio en concreto.

La orden, tras haberlo rezado y haberlo discernido día sí, día también, con Pili y con un sacerdote carmelitano, parecía estar clara. Ahora me faltaba el convento.

El tema del convento vino en verano, que era ya cuando había libertad de desplazamiento entre comunidades y demás... 

Entonces volví a Ávila unos días para hablar de nuevo con la Priora, pero al no poder estar ella disponible hablé con el sacerdote de ellas, quien movió los hilos con la Priora para que pudiese realizar una experiencia vocacional más a fondo en Salamanca, en el convento de La Cabrera.

Creo que para contaros lo de Cabrera necesitaría dar un testimonio más, pero procurare ser super breve y no irme por las ramas. Ahora, para mí La Cabrera es mi sitio, es con las carmelitas de ahí con las que quiero estar y es ahí donde quiero morir. Antes de llegar a todo esto he pasado por muchas negaciones por mi parte, por muchos nervios, por muchas dudas y por muchos miedos. Porque en cuanto llegué allí, llegué, así como llegué al Cursillo, que no me parecía bien nada de lo que veía, hasta incluso me llegue a mosquear de una tal manera con el Señor queriéndome volver al día siguiente a Madrid porque yo le decía al Señor: "Pero vamos a ver, Tú te has equivocado de lo lindo conmigo en este sitio, bueno, primero con lo de Carmelita, y por si fuera poco lo de Carmelita, me traes a un sitio en donde todo es campo sabiendo que yo soy rata de ciudad, en donde estamos en agosto y voy con chaqueta y pretendes que pase aquí los inviernos, en donde esto está en medio de la nada y no va a venir a verme nadie”… y un sinfín de quejas...

Pero a la mañana siguiente, en los laudes, creo que el Espíritu Santo me llenó de serenidad y cuando estaba de rodillas frente a Él, frente al Cristo de Cabrera, le dije: "bueno, si es que me has traído y he venido a eso, a que me digas el sitio que tienes pensado para mí, así que, de ser este sitio, te pido por favor que me lo digas pronto" (yo, como siempre, exigiéndole, en lugar de agradecerle todo lo fácil que me lo estaba poniendo).

A partir de ahí, poco a poco, día a día empecé a estar mejor día a día, fui aceptando todo y me fui calmando más hasta que llegó el momento en el que ví que el Señor me quería en ese lugar. Fue rezando vísperas con ellas (que como siempre me despisto en la oración) y fue cuando mirándole a Él, en la cruz, me vino a la mente lo que me dijeron un día de Santa Teresa de Calcuta, que ella decía algo así como "donde tu corazón radia de felicidad es ahí donde te quiere el Señor" (es que la frase exacta no se cual es... pero viene a decir eso). En ese momento, me desprendí de todos los miedos, las dudas y peros que me rodeaban y me centré única y exclusivamente en la felicidad que tenía el Señor preparada para mí. Ahí vi que yo, en ese lugar era y soy más feliz que en ningún otro sitio, que la felicidad, allí, en Cabrera, para mí empieza por "D" de Dios y no por "F" de felicidad y que si mi alma quiere algo es hacer la voluntad de Dios y es la tan inmensa como indescriptible felicidad que el Señor me regala cuando estoy en las puertas de realizar su voluntad. Por tanto, mi SI no se lo podía ni se lo puedo negar nunca jamás.

Después de esto, que fue en el mes de agosto hasta a día de hoy, que os voy a contar... de cada día más feliz por la vocación que el Señor me ha regalado, pero a la vez con millones de miedos e infinitas dudas y no porque no me fie de Dios o de la comunidad con quien voy a pasar el resto de mis días (cómo no me voy a fiar de ellas, si son mis doce ángeles) sino porque no me fio ni un pelo de mi perseverancia por lo endeble que soy ni de mí por lo profundamente desastre que puedo llegar a ser.

Y así fue, así es la historia de mi vocación, historia que empezó con una desconocida inquietud un tal 24 de diciembre, historia que empezó a tener síntoma de vocación un tal 13 de agosto e historia que espero, y así a Dios se lo pido con mi tan acostumbrada insistencia, en que termine con el fin de mis días en el Carmelo de Cabrera, junto a ellas.

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