Viernes, 19 Marzo 2021 00:00

El hombre a quien llamo papá

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Cuando pienso en San José, suelo recordar los cientos de títulos que le atribuyen los cristianos de todo el mundo: Protector de la Iglesia Universal, Jefe de la Sagrada Familia, Custodio del Redentor, Casto Esposo de María, Terror de los Demonios, Patrono de los moribundos, Padre adoptivo del Verbo Encarnado, etc. Podría dedicar libros enteros a explicar cada uno de estos nombres, sin embargo, no quisiera detenerme en ninguno de ellos, pues cuando pienso en este gran santo, hay un título con el que lo identifico en cada lugar donde voy, en todas las conversaciones que entablo: papá.

Que de Patrono de la Iglesia Universal pase a ser mi papá, no es tan lejano como podríamos imaginar, pues para custodiar de todo un rebaño, antes es necesario ser papá. Es por ello que hoy en su fiesta y en la celebración de todos los padres, quisiera compartir con ustedes las grandes obras que Dios ha hecho en mi vida a través de este santo que nunca falla.

Debo decir que nunca imaginé prestarle una atención especial a San José. Claro está, lo primero que suelen inculcarnos en casa es el amor a Jesús y María, mas no al patriarca. No sabía lo increíble de esta devoción hasta que en alguna ocasión en un retiro de mujeres nos recomendaron acudir a San José como auxilio de nuestras necesidades. La misionera que predicó en aquella ocasión nos dijo que si no sabíamos cómo ser devotas de San José, le pidamos a la Virgen que nos ayude, y así lo hice. Fue mi hermosa Madre, la Virgen María, quien me regaló este amor tan grande por su casto esposo.

Comencé por practicar la devoción de los Siete Domingos a San José. La Iglesia promueve estas oraciones especialmente las semanas previas a la fiesta del carpintero. Consisten básicamente en meditar los siete dolores y gozos de la vida San José, y profundizar en ciertas oraciones. La verdad es que cada vez que pienso en los siete domingos, pienso en que los carpinteros muchas veces demoran en concluir su trabajo, no por negligencia, mas sí por la excelencia con que al final entregan la obra. Cada vez que escribo las intenciones por las que rezaré los siete domingos -que ya no solo los realizo previo a la solemnidad, sino todo el año- recuerdo que probablemente lo que estoy pidiendo, Dios no me lo concederá siete semanas después, pero sí en algún momento y en las mejores condiciones, pues la intercesión de su tierno padre no permitirá que lo reciba de otra manera. La frase de “alegría largamente esperada, alegría mucho mejor gozada”, está grabada en mi corazón respecto a la intercesión de San José.

Tengo tres historias con mi papá que en esta ocasión compartiré, aunque nunca terminaría de mencionar todos los prodigios que he recibido de él. Primero, recuerdo que una vez estábamos en un retiro y no habíamos conseguido un sacerdote que pudiera confesar a los ejercitantes. Entonces vino a mi mente la famosa historia de aquellas monjitas que necesitaban un burro para movilizar ciertas cosas en su convento, y decidieron pedirle a San José ese regalo, dibujando al animal en un papel, como diciendo “así lo queremos, San José”. Resultó que al siguiente día en la puerta del convento había un burro sin cola, pues así lo dibujaron. Yo decidí hacer exactamente lo mismo. Sugerí a mis hermanas misioneras que cada una dibujara un sacerdote y así ocurrió: cinco dibujos diferentes y una misma devoción. Unas horas después, llegó a la casa de retiros un sacerdote franciscano capuchino idéntico a uno de los bosquejos que hicimos. Una locura, ¿no?

La segunda anécdota tuvo lugar en una época de mi vida donde no tenía empleo. Pasé casi seis meses enviando mi hoja de vida a muchas empresas y nada me salía. Llegó mayo, mes de San José Obrero, y unos amigos me recomendaron realizar la treintena a San José. La verdad, yo no había prestado atención a esta devoción, porque me cuesta ser constante en prácticas que toman mucho tiempo. Adicional a que cada día de la treintena toma aproximadamente veinte minutos, las oraciones deben realizarse por treinta días seguidos, lo que consideraba realmente imposible de cumplir. Una vez más, le pedí a mi Madre celestial que me ayudara a ser fiel a esta práctica y así fue. Cada día de ese mes de mayo, realicé las oraciones correspondientes a la devoción y milagrosamente no fallé en ninguna ocasión.

En los últimos días del mes, fui de paseo a la capital de mi país y visité las instalaciones del Congreso de Ecuador. Recuerdo que les dije a las amigas que me acompañaban: “sería un sueño trabajar aquí”. La verdad es que nunca imaginé que esas palabras se harían realidad unas semanas después. Ese mismo día me llegó un correo de la tutora de mi tesis de grado diciéndome que tenía una oportunidad de trabajo para mí con un senador. Envié mi hoja de vida, me entrevistaron y dos semanas después de esa visita a la capital, estaba regresando a ella para trabajar en el Congreso. No conseguí mayores resultados intentando por mi cuenta obtener un empleo, pero sí obtuve el trabajo de mis sueños en el momento en que dejé que mi papá me ayudara. Desde ese año decidí realizar la treintena a San José cada mayo y diciembre (y este mes por otras razones que ya no alcanzo a mencionar).

Por último, y de las anécdotas más recientes, está lo que me ocurrió en la segunda mitad de 2020. Aún trabajaba como asesora en el Congreso y Dios empezó a pedirme más en mi formación académica, por lo que apliqué a un programa de máster en España. Debido a la pandemia, era extremadamente difícil conseguir todo: información, papeles, permisos, etc. Sin embargo, con el paso de los meses muchos obstáculos fueron eliminados y, finalmente, fui aceptada en la universidad que quería. Lo único que faltaba en mi lista era la visa para poder viajar. Entregué los papeles en la embajada y esperé un par de días por la respuesta, pero ésta no fue favorable y me la negaron. No obstante, me permitieron volver a intentarlo entregando más documentación. Era diciembre y yo estaba haciendo la treintena, por lo que con más fuerza rogué a mi papá que me ayudara a que esta vez sí me concedieran la visa. Y, ¿adivinen qué?, me la otorgaron un día después de que el Papa Francisco declaró el año Jubilar de San José.

En fin, hoy en su fiesta, en este su año, los invito a pedirle al más santo de todos -porque después de Dios y nuestra Madre, no hay nadie como él- que los ayude en su vida, que los acoja como sus hijos. Una de las meditaciones que más me encantan en torno a San José es aquella que se refiere a él como reflejo del Padre Celestial. Para que Dios lo haya elegido papá del Verbo, tuvo que ser un hombre semejante a Él. O acaso cuando un padre deja el cuidado de sus hijos en manos de otra persona, no se interesa por que el cuidador tenga al menos ciertas características similares a las suyas. El Padre Celestial vio en San José un reflejo suyo. Entonces, ¿qué esperamos para confiarnos plenamente de él?

Enséñanos, José,
cómo se es “no protagonista”,
cómo se avanza sin pisotear,
cómo se colabora sin imponerse,
cómo se ama sin reclamar,
cómo se obedece sin rechistar,
cómo ser eslabón entre el presente y el futuro,
cómo luchar frente a tanta desesperanza,
cómo sentirse eternamente joven.

Dinos, José,
cómo se vive siendo “número dos”,
cómo se hacen cosas fenomenales
desde un segundo puesto.
Cómo se sirve sin mirar a quién,
cómo se sueña sin más tarde dudar,
cómo morir a nosotros mismos,
cómo cerrar los ojos, al igual que tú,
en los brazos de la buena Madre.

Explícanos
cómo se es grande sin exhibirse,
cómo se lucha sin aplauso,
cómo se avanza sin publicidad,
cómo se persevera y se muere uno
sin esperanza de un póstumo homenaje,
cómo se alcanza la gloria desde el silencio,
cómo se es fiel sin enfadarse con el cielo.
Dínoslo, en este, tu día, buen padre José.

Ivonne Mieles

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