Martes, 11 Mayo 2021 08:35

La realeza de María en la piedad popular

Escrito por

Cuando nos asomamos a alguna de las muchas iglesias, santuarios, conventos y capillas que jalonan el suelo patrio, no es infrecuente encontrarse con alguna imagen de la Virgen, entronizada en su camarín, vestida, engalanada y coronada como si fuera una Reina, y ya no digamos si tenemos la dicha de poder contemplarla bajo palio, en alguno de los majestuosos tronos y pasos que recorren las calles de nuestras ciudades en los días santos de nuestra Semana Mayor.

Desde antiguo, casi al tiempo en que el concilio de Éfeso proclamaba a María «Madre de Dios», el pueblo empezó a atribuir también a la Virgen el título de Reina. El pueblo, en su sabiduría, sabe ver, desde el principio, la necesidad de poner a María, como Madre del Salvador, por encima de todas las criaturas, exaltando su función y su importancia en la vida de cada persona y de todo el mundo, reconociendo de manera singular su excelsa dignidad. No hay lugar, por pequeño que sea, que no dote a su Virgen del ajuar preciso para poder presentarse ante sus fieles y devotos tocada con corona real y en ocasiones empuñando el cetro, ataviada de dicha guisa por sus camareras, que a lo largo de todo el año cuidan de Ella, tal como si se tratara de una verdadera Corte Real.

Y así, de igual forma que una Reina recibe en el Salón del Trono a sus súbditos, se dispone, con ocasión de las principales festividades marianas, la imagen de la Virgen en solemne y devoto besamanos, en el cual es habitual que se la vista con sus mejores ropas y mantos, dispuesta a recibir el merecido homenaje de sus cortesanos, para lo cual no es raro, en algunos lugares, recrear una escena con Trono Real, tapicería bordada, y profuso exorno floral incluido, que permita, en la imaginación de quien la contempla, entender, o al menos visualizar, que verdaderamente se ha accedido al Salón Real para rendir pleitesía y homenaje a una Reina.

Estas formas antiguas y propias de la piedad popular, tan arraigadas en las tradiciones españolas, este convencimiento íntimo del pueblo de encontrarse en presencia de la Reina, por ser Madre del Rey, Nuestro Señor, cristalizaron en el año 1954, cuando el papa Pío XII, con ocasión de la coronación de la imagen de la Virgen en la Basílica romana de Santa María la Mayor, instituyó la fiesta litúrgica del Reinado de María, también conocida como fiesta de Santa María, Reina, que tiene lugar desde entonces, cada 22 de agosto, y es solemnemente celebrada en muchas hermandades y cofradías marianas de toda España. Con la institución de la fiesta, se promulgó también el documento principal del magisterio de la Iglesia, acerca de la dignidad y realeza de María, que es la encíclica “Ad coeli Reginam”.

Las razones por la que la Santísima Virgen María es Reina se fundamentan teológicamente en su divina Maternidad y en su función de ser Corredentora del género humano.

- Por su divina Maternidad: Es el fundamento principal, pues la eleva a un grado altísimo de intimidad con el Padre celestial y la une a su divino Hijo, que es Rey universal por derecho propio. Según se lee en Lc. 1, 32-33, "la Virgen concebirá un niño que será llamado Hijo del Altísimo, al que Dios le dará el trono de David, su padre, reinará eternamente en la casa de Jacob y su reinado no tendrá fin". María es la “Madre del Señor”, de donde se deduce que Ella es también Reina, pues engendró un Hijo que era Rey y Señor de todas las cosas. Con razón pudo escribir San Juan Damasceno: "Verdaderamente fue Señora de todas las criaturas cuando fue Madre del Creador".

-
Por ser Corredentora del género humano: La Virgen María, por voluntad expresa de Dios, tomo parte en la obra de nuestra Redención. Por ello, puede afirmarse que el género humano, sujeto a la destrucción y la muerte por el pecado a causa de una virgen (Eva), se salva también por medio de una Virgen (María). En consecuencia, así como Cristo es Rey por título de conquista, al precio de su Sangre, también María es Reina al precio de su Compasión dolorosa junto a la Cruz.

"La Beatísima María debe ser llamada Reina, no sólo por razón de su Maternidad divina, sino también porque cooperó íntimamente a nuestra salvación. Así como Cristo, nuevo Adán, es Rey nuestro no sólo por ser Hijo de Dios sino también nuestro Redentor, con cierta analogía, se puede afirmar que María es Reina, no sólo por ser Madre de Dios sino también, como nueva Eva, porque fue asociada al nuevo Adán" (cfr. Pío XII, Encíclica, “Ad coeli Reginam”).

Ella es la Reina del Cielo, un reino que, a semejanza y en perfecta coincidencia con el reino de Jesucristo, no es un reino temporal y terreno, sino más bien un reino eterno y universal: "Reino de verdad y de vida, de santidad, de gracia, de amor y de paz" (cfr. Prefacio de la Misa de Cristo Rey).

El Concilio Vaticano II, en su constitución Lumen Gentium (núm. 59), después de recordar la asunción de la Virgen en cuerpo y alma a la gloria del cielo, explica que fue elevada por el Señor como Reina del Universo, para ser conformada más plenamente a su Hijo, Señor de los señores y vencedor del pecado y de la muerte.

El título de Reina no sustituye, ciertamente, el de Madre: su realeza es un corolario de su peculiar misión materna, y expresa simplemente el poder que le fue conferido para cumplir dicha misión. El papa Pío XII pone de relieve esta dimensión materna de la realeza de la Virgen, cuando explica que «Teniendo hacia nosotros un afecto materno e interesándose por nuestra salvación, Ella extiende a todo el género humano su solicitud. Establecida por el Señor como Reina del cielo y de la tierra, elevada por encima de todos los coros de los ángeles y de toda la jerarquía celestial de los santos, sentada a la diestra de su Hijo único, nuestro Señor Jesucristo, obtiene con gran certeza lo que pide con sus súplicas maternal; lo que busca, lo encuentra, y no le puede faltar».

Los cristianos miramos con confianza solícita a María, como Madre y como Reina, como alguien cercano, que conoce todo lo que sucede en nuestra existencia, que intercede por nosotros y nos sostiene en las tribulaciones diarias, y nos alienta en nuestra misión. Es una Reina que da todo lo que posee compartiendo, sobre todo, la vida y el amor de Cristo.

Jose A. Jiménez Maquedano

En este autor se agrupa a todos los colaboradores que escriben y colaboran con su experiencia y conocimiento para enriquecer la web.