Sábado, 16 Abril 2022 00:00

Envidia del mundo

Escrito por

«Mira qué sonriente parece aquel grupo de ruidosos turistas, sentados en la terraza durante varias horas, esperando a que llegue la noche para salir de fiesta».
«¿Qué hago yo aquí yendo a misa y a la oración sin tiempo siquiera para quedarme en casa viendo series en el sofá?» 
«¿Cuándo fue la última vez que vi un partido o que fui a una fiesta?» 

¿No son estos pensamientos los que nos perturban y quitan la paz en el camino del desasimiento de los bienes de este mundo y nos mueven a la envidia de un pasado más despreocupado o una vida más ligera a la que renunciamos? 

En contra de este pensamiento irrumpe con fuerza la voz del Señor diciendo: Yo he vencido al mundo.
El Señor que había venido a salvar al «mundo» está hablando, no del conjunto de bienes creados y que son, en sí, inocuos -como es necesario tener en cuenta para no caer en maniqueísmos- sino a aquella fuerza que nace de la sociedad, de la comodidad y de los hombres que no buscan a Dios, sino de los cuales San Pablo dice que su dios es el vientre y su gloria sus vergüenzas. 

Pues esta fuerza, que es como una corriente de agua tibia y agradable, es la que muchas veces envidiamos.  Envidiamos, sí, las vergüenzas de los enemigos de la Cruz. 

Cuando oí predicar acerca de esto, me llevó inmediatamente a pensar en estos dos momentos. 
Primero, aquella bofetada que sentí cuando vi a un recién converso lamentar haber visto o vivido aquellas cosas que interior y silenciosamente ansiaba yo. 
Y aquella otra vez que leí a Santa Teresita, que escribía que temía los días sin Cruz pues le era como si el Señor la hubiera rechazado. ¡Qué maneras tan distintas de ver la vida! 
¡Qué desagradecidos podemos llegar a ser con el tesoro que hemos recibido! 

Pero este pensamiento no se quedó aquí. Me preguntaba: «¿Por qué sufrir? ¿No sería posible conciliar una vida despreocupada con mi amor a Cristo? ¿Qué necesidad ven los santos en sufrir por el Señor?» 

La respuesta estaba en la intimidad con el Corazón de Jesús.  

Porque en efecto, ¿a qué amigo quieres más? ¿A aquel que le cuentas lo bien que te encuentras o a aquel a quien le puedes confiar lo mal que estás?
¿No será así con Jesús también? 

El Señor nos dice que busca amigos que le consuelen –es decir, estar con el solo. Y al igual que nosotros no implicamos en nuestros sufrimientos a quien no tenemos confianza, de la misma manera sí demostramos un mayor amor hacia aquellos a los que en un día malo podemos responder: «Me encuentro triste». Es más, seguramente nos sintamos rechazados por quien, pensando que era nuestro amigo o nuestro hermano, no quiere compartir con nosotros sus penas.  

Desde esta luz, que el Señor nos dé la oportunidad de sufrir por Él, debería ser la mayor fuente de alegría, al igual que lo era para Santa Teresita. Sin duda, el Señor nos podrá compartir también aquellas alegrías de las que desborda Su Corazón y así comprendemos cómo los consuelos espirituales que reciben los amigos de Dios, exceden con creces las experiencias místicas del común de los cristianos.  

Y después de darle vueltas a estos pensamientos en nuestro corazón, ¿cómo será que podamos envidiar a los que el Señor no ha llamado a esa intimidad o que quizás la hayan rechazado?

Günter Rauer

En este autor se agrupa a todos los colaboradores que escriben y colaboran con su experiencia y conocimiento para enriquecer la web.

Más en esta categoría: « Mi fe, mi vida