Domingo, 04 Enero 2015 01:00

Santa María Madre de Dios

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La Iglesia Católica nos propone la celebración litúrgica de Santa María Madre de Dios, para que así pidamos la protección de la Santísima Virgen al comenzar el año. Es la fiesta mariana más antigua que se conoce en Occidente. Tanto es así que en las catacumbas romanas se encuentran pinturas con este nombre: “María, Madre de Dios”.

María, nuestra madre, posee las mejores cualidades que puede tener criatura alguna. Todo ello, en orden a que, esta digna criatura, fuera la Madre de Dios. Y así es, es Madre de Dios. Pero hay más, también es nuestra Madre, como decía San Estanislao, y como expresan los Evangelios, cuando Jesús le dice a Juan “he ahí a tu Madre”.

¡Qué alegría comenzar el año con esta solemnidad que nos ayuda a ponernos bajo la protección de María, nuestra Madre!

Volviendo nuestros ojos al pasado, en el año 431, Nestorio, que era “hereje”, afirmó que María no era Madre de Dios. En el Concilio de Éfeso se declaró que: “La Virgen María sí es Madre de Dios porque su hijo, Cristo, es Dios”. A raíz de esta afirmación, los fieles de esta ciudad, formando una procesión y portando antorchas encendidas, cantaron: “Santa María Madre de Dios, ruega por nosotros pecadores, ahora y en la hora de nuestra muerte. Amén”.

Finalmente, el título “Madre de Dios” es el  principal y más importante de la Virgen María, y de él dependen todos los demás títulos, cualidades y privilegios que ella tiene.

Aquí os dejamos un extracto de la Audiencia General, del miércoles 2 de enero de 2008, del Papa Benedicto XVI aludiendo al título de María como Madre de Dios:

El título de Madre de Dios, tan profundamente vinculado a las festividades navideñas, es, por consiguiente, el apelativo fundamental con que la comunidad de los creyentes honra, podríamos decir, desde siempre a la Virgen santísima. Expresa muy bien la misión de María en la historia de la salvación. Todos los demás títulos atribuidos a la Virgen se fundamentan en su vocación de Madre del Redentor, la criatura humana elegida por Dios para realizar el plan de la salvación, centrado en el gran misterio de la encarnación del Verbo divino.

Y todos sabemos que estos privilegios no fueron concedidos a María para alejarla de nosotros, sino, al contrario, para que estuviera más cerca. En efecto, al estar totalmente con Dios, esta Mujer se encuentra muy cerca de nosotros y nos ayuda como madre y como hermana. También el puesto único e irrepetible que María ocupa en la comunidad de los creyentes deriva de esta vocación suya fundamental a ser la Madre del Redentor. Precisamente en cuanto tal, María es también la Madre del Cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia. Así pues, justamente, durante el concilio Vaticano II, el 21 de noviembre de 1964, Pablo VI atribuyó solemnemente a María el título de "Madre de la Iglesia".

Precisamente por ser Madre de la Iglesia, la Virgen es también Madre de cada uno de nosotros, que somos miembros del Cuerpo místico de Cristo. Desde la cruz Jesús encomendó a su Madre a cada uno de sus discípulos y, al mismo tiempo, encomendó a cada uno de sus discípulos al amor de su Madre. El evangelista san Juan concluye el breve y sugestivo relato con las palabras: "Y desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa" (Jn 19, 27). Así es la traducción española del texto griego: εiς tά íδια; la acogió en su propia realidad, en su propio ser. Así forma parte de su vida y las dos vidas se compenetran. Este aceptarla en la propia vida (εiς tά íδια) es el testamento del Señor. Por tanto, en el momento supremo del cumplimiento de la misión mesiánica, Jesús deja a cada uno de sus discípulos, como herencia preciosa, a su misma Madre, la Virgen María.

Enlace al texto íntegro de la Audiencia de Benedicto XVI.

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