Viernes, 19 Junio 2015 00:00

Sufriendo. Parte 1

Escrito por

Podrás encontrar propagandas con un eslogan que diga: “pare de sufrir”; e incluso sectas con un nombre similar. Verás cómo se presentan diversos “maestros de meditación” anunciando técnicas de control de la mente para que hagas desaparecer tus dolencias.

Sin embargo, la verdad es que el sufrimiento es inseparable de la vida humana, es inherente a ella. Nos basta la experiencia personal. Pero, ¿hemos venido a sufrir? ¿Qué dirías a alguien que acaba de sufrir una desgracia? ¿Existe un consuelo verdadero?

Una vivencia dolorosa nos vuelve más sensibles al padecer ajeno. “La dureza de las condiciones de la vida es función indispensable de la ascensión de la persona humana”. El hombre que no ha sufrido, no tendrá la madurez suficiente para amar de verdad y será más duro e insensible ante el dolor de los demás. Por tanto, deducimos que el sufrimiento es parte necesaria de nuestro proceso de maduración y aprendizaje.

Es, en consecuencia, totalmente necesario tener espíritu de sacrificio incluso cuando la mar está en calma. De este modo, estaremos preparados para cuando llegue la tempestad, ya que “ningún marinero se hizo experto en aguas tranquilas”. Y veamos con optimismo que las adversidades nos curten y nos hacen madurar en la fe y en el amor.

El sufrimiento propio despierta en el alma el deseo de ayudar a quien también está padeciendo el mismo u otros males. Del mismo modo, cuando sientes el apoyo de alguien que ha pasado por lo mismo que tú o por otro bache similar, te sientes más protegido y acompañado en el dolor. Sabemos que el sufrimiento une más intensamente a las personas y que reaviva en nosotros un espíritu de caridad y de compasión.

El Señor nos pide que paliemos los pesares del prójimo, pero primero hay que analizar el origen de esos sufrimientos. Cuando uno tiene experiencia en el trato con personas especialmente vulnerables como los indigentes, se da cuenta de que sufren más en el plano espiritual y personal, que en el físico. Están más necesitados de amor que de un trozo de pan. Por ello la Iglesia, que es Madre, nos enseña a saciar las necesidades corporales y espirituales con las obras de misericordia.

Despertar nuestra generosidad y capacidad de entrega a los demás es visiblemente positivo. Pero, ¿por qué tengo yo que sufrir? ¿Me lo he ganado con mis obras? Como preguntaron los apóstoles: “¿quién pecó, éste o sus padres?” Pero el Señor respondió: “ni éste pecó ni sus padres, sino (que es ciego) para que se manifiesten en él las obras de Dios”. ¿Permitiremos a Dios que manifieste su gloria en nosotros?

Todos tendemos a evitar el dolor, pero no nos importa sacrificar horas de trabajo si de ello depende obtener un bien ulterior. Citamos, por ejemplo, el caso de querer aprobar una oposición o querer superar una marca deportiva. Para ello, hace falta someterse a una dura disciplina, no querida en sí misma, pero necesaria al fin y al cabo. Por tanto, sabemos por experiencia que la superación de uno mismo se consigue a través de la abnegación y el sacrificio. De la misma manera, del sufrimiento humano se deriva un enorme crecimiento humano y espiritual

Si somos capaces de privarnos voluntariamente de ciertas comidas apetitosas solo por perder algunos kilos ante la llegada del verano, ¿no tendremos la suficiente generosidad de soportar con paciencia los tormentos sobrevenidos para merecernos el cielo? Nuestra alma debe ser purificada para que pueda alcanzar el premio eterno. ¿O tú te sentías ya preparado y completamente limpio para unirte al Padre?

El camino al cielo no es una autopista llena de rosas, sino que está cubierto de espinas. Jesús nos dijo: “toma tu cruz de cada día y sígueme”. Nadie dijo que la vida del cristiano fuera fácil, pero la esperanza del encuentro con el Padre le da plenitud y lo hace feliz, a pesar de sus sufrimientos.

¡No lo olvides! Sin sacrificio no hay victoria, y además, nuestra corona no se marchitará. Ten muy presente que el dolor de esta tierra no es nada comparado con la gloria que se nos va a dar. Porque el cielo no es otra cosa que “la satisfacción de los más profundos anhelos del corazón humano”.

¡Buenas! Mi nombre es Esperanza y nací en Alcalá de Guadaíra, Sevilla. Soy ingeniera biomédica y trabajo como consultora de innovación en Madrid.