Miércoles, 01 Julio 2015 00:00

Sufriendo. Parte 2

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Es cierto que, por mucho que aprendamos a sufrir de manera meritoria, el sufrimiento no cesa de ser un misterio. Esto quiere decir que en esta vida no podremos abarcar por completo su significado, aunque sí podremos desenmascarar algunas ideas equivocadas como que Dios no es bueno si permite el mal, o sencillamente que no existe, si no lo podemos concebir como un Dios malo.

Primero, tenemos que aclarar que el sufrimiento no está impuesto por Dios, sino que es consecuencia del pecado del hombre. El cristianismo afirma que por el pecado original entró el sufrimiento en el mundo. Así, si Dios permite el mal, es porque nos ha hecho libres para que le elijamos por puro amor y no por obligación. 

Esto quiere decir que por el mal uso de nuestra libertad, nos condenamos a sufrir en esta tierra. Sin embargo, Dios no es indiferente al sufrimiento del hombre. De hecho, ha enviado a su Hijo para asumir todo el sufrimiento del hombre en la Cruz y para darle un sentido redentor. Cristo sufrió en su carne dolores atroces y murió en la Cruz por expiación de los pecados de la humanidad. 

Dijo un poeta francés: “Dios no ha venido a suprimir el sufrimiento. Ni siquiera ha venido a explicarlo. Ha venido a llenarlo con su presencia. Quedan muchas cosas oscuras, pero hay una cosa al menos que no podemos decirle a Dios: Tú no sabes lo que es sufrir”.

Cristo se ha comprometido por entero en la lucha contra el sufrimiento y la muerte. También el Señor nos invita a colaborar en la redención de los hombres uniendo nuestros dolores a los suyos. Medita la Pasión de Cristo en tus ratos de oración, para darte cuenta de este valor de salvación que tiene el sufrimiento.

¿Quién es tu modelo? Para parecerse más a Cristo, no vale con resignarse, sino que hay que aceptar el sufrimiento: “no se haga mi voluntad, sino la tuya”. De este modo, se logra sufrir con Nuestro Señor en la Cruz, consolarle y decirle que le amamos.

Así, nuestro sufrimiento ofrecido al Padre con amor y unido al sacrificio eucarístico, tiene un extraordinario poder salvífico. ¡El sacrificio es redentor! Ofrece tus pesares por los cristianos perseguidos, por los niños abandonados, por las almas del purgatorio... Y además, ten siempre presente que después de la humillación de la Pasión y Muerte de Nuestro Señor, llegó el triunfo de la Resurrección.

Por otro lado, no todo se queda en un plano abstracto de salvación “del mundo”, “de los hombres”, “de todas las almas”. ¿Y qué pasa con los que viven bajo mi techo? Por supuesto que puedes ofrecer tus angustias por la salvación de tus familiares. ¿Y si de ello depende que goces con ellos eternamente de la presencia de Dios? ¿Te parece poca motivación para aceptar y ofrecer el peso de tus sufrimientos? Además, la oración traspasa las limitaciones de tiempo y de espacio, por lo que los frutos espirituales pueden ayudar incluso a tus antepasados.

El sacrificio es capaz de reblandecer cualquier corazón de piedra. Contempla a Santa Mónica ofreciendo el dolor que le causaba tener un hijo completamente entregado a los placeres sensibles. Ese hijo con vida libertina es uno de los doctores de la Iglesia más destacado: San Agustín de Hipona. ¿Tiene o no tiene poder ofrecer el sufrimiento? 

Los males que nos acaecen no son queridos por Dios, sino permitidos para nuestro beneficio espiritual. Un ejemplo claro de que el sufrimiento engendra bienes, es el nacimiento de un bebé. Este gran acontecimiento siempre va ligado al dolor de quien da a luz. Así será nuestro nacer a la nueva vida si hemos sabido cómo sufrir lo que el Señor nos pedía.

Pero es que amar es sufrir. La capacidad de amar va unida a la capacidad de sacrificio. ¿Quién ama más? Quien es capaz de un mayor sacrificio en provecho del bien espiritual del prójimo. El sufrimiento adquiere su sentido en el amor que se ofrece: "no hay mayor testimonio de amor que dar la vida por los amigos".

Por último, advirtamos un gran peligro en el que todos podemos caer: el egoísmo. Pasar a ver nuestro mal como el más importante del mundo. Corremos el riesgo de sentirnos indispensables: “Señor, ¡por qué a mí, si yo tengo que cuidar a mis hijos!”  Hay gente que se rebela contra Dios como si tener buena salud, gozar de un buen puesto de trabajo o poder tener hijos, fuera un derecho adquirido. No se dan cuenta de que la vida es un regalo gratuito y que cada uno tiene que ganarse el cielo con los talentos –o limitaciones, que también son talentos- que Dios le ha dado.

¡Buenas! Mi nombre es Esperanza y nací en Alcalá de Guadaíra, Sevilla. Soy ingeniera biomédica y trabajo como consultora de innovación en Madrid.

 

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