Martes, 07 Julio 2015 00:00

Sufriendo. Parte 3

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Palabras de San Juan Pablo II: “el sufrimiento en sí mismo puede esconder un valor secreto y convertirse en un camino de purificación, de liberación interior, de enriquecimiento del alma. Invita a vencer la superficialidad, la vanidad, el egoísmo y el pecado, y a ponerse más intensamente en manos de Dios y de su voluntad salvadora”.

Cuando intentamos desengranar los secretos del sufrimiento que pesa sobre la humanidad, tendemos a meter todos los males en un mismo saco. Sin embargo, es preciso establecer una división entre los males inevitables e impuestos por las circunstancias externas (enfermedad, muerte, catástrofe natural) y los males que el mismo hombre se impone por sus caprichos y sus imprudencias. Por ejemplo, la tristeza es un mal que a menudo se puede evitar. ¿Eres tú de esos que se regodea en su apatía y se pone canciones para seguir llorando y llorando? En algunas ocasiones, nos gusta sentirnos víctimas y suscitar compasión en los demás o incluso en nosotros mismos, aunque no haya una causa grave. 

¿No crees que sufrimos en exceso por nimiedades de la vida ordinaria?  Todos tenemos contrariedades diarias (perder la cartera, discutir con la familia, tener un incidente doméstico…) pero hay que aprender a poner buena cara y saber que, todo esto, nos ayuda a formar nuestro carácter y a contraer experiencia. 

Por otro lado,  ¿y si no me quejo por una pequeñez, sino que realmente he sufrido una desgracia enorme? Te consideres responsable o no de ello, lucha por no desesperarte y date cuenta de que lo que importa es la vida del alma, no del cuerpo. La idea de que no estamos hechos para este mundo, sino que estamos de paso, irrumpe con fuerza en el corazón del que sabe leer en sus males los designios de Dios.

Un beneficio espiritual que se adquiere ante una desgracia, puede ser el cambio de perspectiva frente a la vida. Se tiende a tener una visión de ella más espiritual, más trascendente y menos superficial o corpórea. La escala de valores que se tenía, cae de manera forzosa para dar paso a una más orientada a lo eterno. 

Por ejemplo, un enfermo puede conseguir hallar una nueva dimensión de su vida y de su vocación en esta tierra a través de su enfermedad. Además, será dotado de una particular fuerza de acercamiento a Cristo doliente, recibirá una gracia especial. El Señor es capaz de sanar cualquier corazón y de perdonar hasta la ofensa más grave. Por eso, no te preocupes si en la lucha desesperas; antes bien, trata siempre de volver la mirada a Dios con corazón contrito.

Dios es infinitamente justo y misericordioso, logrará sacar bien de todo mal, incluso del pecado. El sufrimiento nos hace crecer en humildad y paciencia, nos hace ver que lo que el Señor me da, también me lo puede pedir.  Por tanto, se ponen a prueba tu amor y tu generosidad cuando Jesús te dice: “aun en la dificultad, ¿me sigues amando?” Porque cuando todo va bien… ¡qué fácil es lanzar una alabanza al Señor!

La humildad del que sufre consiste en verse pequeño, indefenso. La aceptación pasa necesariamente por la humildad: saber que no todo lo podemos, que no todo depende de nosotros por muy autosuficientes, inteligentes o fuertes que nos creamos.

Un alma que sabe sufrir en el Señor, también acrecienta enormemente su confianza en Dios. Se fía de Dios. ¿Y si en ese período de sufrimiento en el cuerpo, el Señor te está librando de terribles males para tu alma? Cuando sufrimos, tenemos que seguir confiando en Dios y sabiendo que no nos ha dejado solos. Aunque no lo entendamos, podemos decirle: “Señor, Tú sí sabes lo que estás haciendo y eso me basta”.

Si el sufrimiento es fuente de tantas virtudes, ¿debemos buscarlo por sí mismo, es bueno? No, el sufrimiento no es bueno en sí mismo. Lo verdaderamente bueno es la aceptación de la voluntad de Dios.

La Providencia es la mano de Dios que actúa sobre nosotros, no para satisfacer nuestros deseos, sino para salvar nuestra alma. Quién sabe si la enfermedad y el dolor han sido los únicos méritos que una persona ha podido presentar ante Dios para salvarse.

Nuestro Dios piensa en nosotros y dispone todo para nuestro bien. ¿Nuestro papel? ¡Fiarnos y luchar! Y si nos sentimos sin fuerzas para seguir la batalla, rendirnos en los brazos de Jesús: "Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y Yo os aliviaré”.

Descansa también en María, Nuestra Madre, modelo en las actitudes del sufrir: humildad,  paciencia y confianza. ¿Quién como Ella como ejemplo de aceptación de la voluntad de Dios? Imítala a los pies de la Cruz acompañando a su Hijo hasta el final.

¡Buenas! Mi nombre es Esperanza y nací en Alcalá de Guadaíra, Sevilla. Soy ingeniera biomédica y trabajo como consultora de innovación en Madrid.