Miércoles, 15 Julio 2015 00:00

Jóvenes católicos. Estamos hartos

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En medios católicos, algunos estamos hartos de oír que la juventud está perdida. Que los jóvenes de hoy rechazan la castidad. Que no la entienden. Que achacan a la moral tradicional estar fuera de época, que es contraria a la libertad. Que van a su autorrealización personal, buscando lo que es mejor para ellos, ¡y vaya si lo consiguen!

Estamos hartos de oír que los jóvenes sólo buscan ganar dinero, situarse en la vida, disfrutar de independencia y autonomía con suficiente dinero en el bolsillo. Que son refractarios a todo lo que sean ideales que impliquen renuncia, que no entienden ni aceptan la palabra sacrificio, y lo que sea que pase por ese trágala no les cabe en el gaznate.
Hay quienes estamos hartos de escuchar que los jóvenes no leen o, mejor expresado, pasan de la lectura y, sobre todo, de una lectura medianamente inteligente. Que a la mayoría no les interesa el estudio – de ahí las altísimas tasas de abandono escolar –, porque con la crisis ven que sus compañeros con estudios tampoco encuentran empleos medianamente decentes.

Muchos estamos hartos de que nos digan que en los movimientos o asociaciones católicas no hay apenas jóvenes, porque no ven que ese camino sea para ellos, porque no aceptan la doctrina de una Iglesia retrógrada, que está fuera de la sociedad y que ha vuelto la espalda a sus deseos y preferencias.

En resumen, estamos hartos de que nos mientan gentes que viven un cristianismo ritual pero, como dice el Espíritu a la Iglesia de Éfeso en el Apocalipsis, ‘tengo contra ti que has dejado tu primer amor’. Ceder ante esta decadencia nos lleva a nosotros a dejar nuestro primer amor, a unirnos al coro de quienes quieren un cristianismo comprometido sólo hasta cierto punto y, en consecuencia, a mentir nosotros en la misma dirección, en el mismo sentido. A que busquemos la salvación en ver el programa ‘Sálvame’. Sobre todo, a evitar que hagamos lo que los biempensantes llaman cosas raras, evitar que, como pide el Papa Francisco, ‘busquemos lío’.

Pienso que tenemos razón al estar hartos. Estas actitudes ejercen entre nosotros el papel de modernos anovulatorios sociológicos: impiden la fecundación de nuestra inteligencia y voluntad por el Espíritu de Cristo y, por ende, impiden la concepción de pensamiento nuevo, de acciones novedosas, de obras de santidad que el Espíritu Santo pueda querer suscitar entre nosotros.

Sucede que el Espíritu de Dios desea siempre penetrar entre las personas, a través de otras dispuestas a echar la semilla entre los hombres in persona Christi, o sea, no porque sea su semilla sino porque es de Dios: la semilla es la palabra de Dios; la semilla es la Palabra, el Logos, el Hijo, la Expresión de Dios, el mismo Cristo y su propio Espíritu, que habita en nosotros y fecunda a los hombres que se dejan penetrar por Ella, por Él.

Si así se les comunica, los jóvenes entienden la castidad como un don, un regalo  que pueden  poner a los pies del Señor y entregárselo, bien directamente, bien en la persona amada que Él ha cruzado en nuestra vida. Y ven que esta entrega lo es para la felicidad del otro y de los que nos rodean, no en aras de la propia felicidad. Y resulta finalmente, ¡oh paradoja!, que descubrimos que sólo puede llegar a ser feliz quien busca, por encima de todo, la felicidad del otro, la felicidad de los demás: ‘el que busca su vida la perderá, pero el que pierde su vida por mi la encontrará para siempre’. Los jóvenes que reciben este mensaje y lo acogen, entienden que sólo desde esa actitud profunda es posible construir, no destruir, la vida de la persona.

Los jóvenes a quienes se presenta el ideal de vida que encarna Cristo, entienden que no es tanto la moral lo que importa, sino vivir a Jesucristo. Que nuestra moral es, en todo caso, consecuencia de que vivimos al Señor en nuestra vida. Así, mi pobreza alcanza al cuerpo –es la castidad– y al dinero, al estilo de vida, a mi aprecio por la fama y el prestigio personal, al poder que yo pueda alcanzar en la sociedad, tanto en el trabajo como en los ámbitos político, cultural y ambiental. Y yo, joven, deseoso de sentir un ideal, de adherirme a él, comprendo el sentido de la renuncia, del sacrificio, por amor a quien encarna mi ideal, Jesucristo. Por decir con Pablo: ‘ya no soy yo quien vive, es Cristo quien vive en mi’.

Los jóvenes a quienes se presenta la verdad como algo ilusionante, norte y guía de nuestra vida, tienden naturalmente a enamorarse de ella, y a amar leer, estudiar y trabajar, a desear formarse. Descubren que entregarse a los demás por Cristo es la meta ilusionante por antonomasia.

Aquellos a quienes se presenta la Iglesia directamente como el Cuerpo Místico de Cristo, por el que vale la pena darse en una perpetua transfusión de sangre, descubren la verdadera Iglesia, la que transforma. No esa estantigua que se nos presenta como una institución que no sabe proponer más que una colección de ordenanzas, sino esa creación directa de Jesucristo por la que todos, con Él en la cabeza, potenciamos a cada uno para que llegue a alcanzar la verdadera vida, la vida definitiva, ésa que citaba mi nieto Marcos, con sus cinco años de edad cuando, al ser enseñado sobre lo que es orar, y tras lo que tal vez fue su primera conversación directa con Dios, proclamaba entusiasmado hace unos meses: ¡le he pedido que me dé más vida!.

Cuando se propone así el anuncio los jóvenes reaccionan con entusiasmo  – estar en el espíritu de Dios –  y generosidad máxima. Lo he vivido. La comunidad de Iglesia de la que yo salí hace 50 años, en Barcelona, basada en el método de Cursillos de Cristiandad, dedicada muy especialmente a los jóvenes, ha dado a nuestra sociedad casi un centenar de vocaciones masculinas, y muchas femeninas, desde monásticas hasta diocesanas, de clausura y de misión. Y eso desde recién acabado el Concilio Vaticano II hasta hoy, es decir, en los mismos años en que muchos seminarios diocesanos se quedaron vacíos, y en que muchas congregaciones religiosas quedaron estériles. Y la mayoría, como es mi caso, formamos hogares cristianos, seguimos en el mundo luchando por evangelizarlo, estando en Él pero sin ser de Él. Es decir, donde se plantó la Palabra entera, sin maquillaje ni miedos, hubo copiosos frutos. Y si dentro de nuestros grupos cristianos conviene crear comunidades de jóvenes, hagámoslo sin miedo, ¡seamos sinvergüenzas del Espíritu de Dios!.

El Espíritu Santo sopla donde quiere, pero su hálito vital solamente fecunda donde le dejamos.
¡Abramos nuestros movimientos y grupos cristianos sin complejos a la acción del Señor!.
¡Propongamos a los jóvenes el enamoramiento de Cristo con toda su potencia!.
¡No tengamos miedo al compromiso, a proponer el ideal cristiano con toda su fuerza divina!.
¡Tomemos ejemplo de la Iglesia martirial de nuestros hermanos sirios y de otros cristianos perseguidos, donde nadie niega a Cristo!

Soy doctor en Sociología, licenciado en Economía, estudioso de Antropología y aprendiz en Teología. Jubilado desde 2012, hoy sigo trabajando, aunque no por dinero, sino por intereses superiores, entre ellos, Red Madre.

 

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