Viernes, 04 Septiembre 2015 00:00

Para nosotros, los incrédulos

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A uno lo tumba una desgracia y a otro lo tumba un argumento poderoso en un debate candente. Hablo del derrumbamiento de nuestros pilares de la fe, nuestras creencias y nuestros valores. Nadie está libre de tener dudas de fe, especialmente en tiempo de desolación, como diría San Ignacio.

Incluso conviviendo con milagros diarios, a veces parece que la amnesia nos invade y ya no podemos recordar nada realmente convincente que respalde nuestra fe. Son momentos muy peligrosos en los que se puede echar mucho a perder si llegamos a ser persuadidos de que todo lo que creemos está únicamente en un plano psicológico y subjetivo –muy digno de respetar, te dirán- , pero sin base racional.

No estoy diciendo que los milagros sean la base racional de nuestra fe en el Señor, pero sí que nos recuerdan que la vida espiritual va mucho más allá de lo que vemos y tocamos, que infinitud de situaciones son inexplicables a los ojos de una sociedad escéptica y materialista. No voy ahora a incurrir en un planteamiento intelectual sobre la existencia de Dios o las razones para creer; sólo me gustaría mencionar un ejemplo de una situación, cuanto menos, misteriosa. Se trata de incomodar a la mente racionalista que trata de analizar todas las circunstancias bajo un único punto de mira.

El caso de Marta Robin conmovió a miles de personas. Era una campesina francesa de principios del siglo XX. Una encefalitis durante la adolescencia la postró en su cama para siempre y, sin embargo, fundadora de los “Foyers de Charité” (Hogares de caridad), su obra sigue hoy en día por más de 70 países en todo el mundo.

Marta estaba prácticamente ciega y no se podía mover. Para este mundo pragmático, Marta constituiría una verdadera carga; pero su trabajo poco tenía que ver con producir bienes materiales. Su vocación fue la de atender, escuchar y consolar a cientos y cientos de hombres y mujeres que la visitaban cada día. Todo tipo de personas pasaban por su casa: médicos, jueces, empresarios, niños, campesinos, enfermos, marginados, obispos,… para todos tenía Marta atención y consejos.

Con esto bastaría para afirmar lo extraordinario del asunto, lo maravillosa que puede ser la misión de una persona con lo que diríamos coloquialmente “tan mala suerte en la vida”. ¿También ella estaría convencida de ello? En absoluto. Su íntima unión con el Señor, a pesar de un sufrimiento moral y físico indecible, le proporcionaba un gozo y una paz tales, que del lecho de muerte recogemos estas palabras: «Mi ser ha sufrido una transformación tan misteriosa como profunda. Mi felicidad es divina. Y, ¡cuánta agonía de la voluntad para morir a mí misma! Jesús se hacía tan tierno para un alma sangrante, tomando sobre Él todo lo penoso de la prueba, dejándome el mérito de seguirle sin resistencia».

Sin embargo, he aquí lo excepcional: Marta pasó más de 50 años sin comer, ni beber ni dormir. Sólo la mantenía viva la comunión diaria. Además, cada semana revivía la Pasión de Cristo padeciendo los estigmas del Señor. ¿Cómo era esto posible? De entre las más de 100.000 personas que hablaron con ella, eran habituales los curiosos y médicos deseosos de diagnosticarle alguna clase de enfermedad mental. Pero nada pudieron hallar en ella ni los más obstinados ateos. La ciencia nunca pudo dar explicación sensata a semejantes manifestaciones.

De sus escritos, recogemos esta contestación a la pregunta de si comía a escondidas: «tengo deseos de gritar a los que me preguntan si como, que yo como más que ellos, pues yo me alimento en la Eucaristía de la sangre y la carne de Jesús. Tengo deseos de decirles que ellos impiden en sí los efectos de este alimento. Bloquean sus efectos». A esta alma eucarística, el Papa Francisco la declaró Venerable el pasado mes de noviembre.

Los hechos están ahí para cualquiera que desee ahondar un poco. ¿Seguimos teniendo el gusanillo de entender lo que ocurre a nuestro alrededor, o hemos perdido incluso la “curiosidad sana” –si es que puede llamarse así- ante lo que rompe con nuestra rutina? ¿Será que hemos dejado atrás también la capacidad de sorprendernos? ¿Ya nada extraordinario nos ilusiona? Intentar explicar lo inexplicable es exclusivamente humano, por tanto, ¿nos estamos volviendo más animales o es que tenemos cosas más serias en las que pensar? Ante un hecho como éste, como digo, uno puede sorprenderse o no, pero probablemente concluirá diciendo (más o menos conscientemente): “Muy bien, pero, ¿qué tiene que ver con mi vida?, ¿acaso puedo hacer yo algo al respecto?”

No pido que seamos crédulos sino creyentes. Creyente con todo lo racional que tiene creer, con la valentía de no negar lo evidente. No pido creer a ciegas toda la información que huele bien sin preguntarme, siquiera, de dónde me ha venido la misma. Pido la ilusión de los pequeños, la culpable de que, tras asistir a un espectáculo de un mago, el niño pregunte: “Papá, ¿cómo lo ha hecho? ¡Es imposible!” Seguro que el padre tampoco tiene idea de cómo lo hizo, pero, o bien le impresionará momentáneamente (olvidándolo en pocos minutos) o bien no sentirá atisbo de sorpresa y pensará: “El mismo truco de siempre”.

Como la experiencia nos confirma, la enseñanza de la Iglesia no se basa en los casos extraordinarios para su pedagogía. O mejor dicho, sí. La sencillez de lo cotidiano mucho tiene de extraordinario. Uno cree por amor, y cada acto de fe, cada apertura del corazón a la Verdad, es colmado de lo extraordinario del amor. El que no quiera ver, no verá; y el que no quiera escuchar, no escuchará. Así dice la Escritura: “No harán caso ni aunque resucite un muerto”. Por ello, no se trata de convertir o convertirse a base de milagros sobrenaturales y excepcionales, sino de abrir el corazón a la Verdad que a todos se nos quiere revelar.

Como Marta Robin, muchas otras almas víctimas se han alimentado únicamente de la Eucaristía durante años o han sufrido otras experiencias místicas. Te invito a conocerlas: Catalina de Siena, Alejandrina Da Costa, Luisa Lateau, Luisa Picarreta, Imelda Lambertini, Teresa Neumann y muchas otras. ¿De verdad que no te interpela? ¿Otra vez el mismo truco de siempre?

¡Buenas! Mi nombre es Esperanza y nací en Alcalá de Guadaíra, Sevilla. Soy ingeniera biomédica y trabajo como consultora de innovación en Madrid.