Jueves, 17 Septiembre 2015 00:00

Territorio comanche

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La tribu de los comanches tuvo en jaque a los españoles en el norte de Texas y Nuevo México a lo largo del siglo XVIII. Dominaban una porción importante de las grandes llanuras, y limitaron el avance e incluso el dominio de España en toda aquella zona.

Eran aguerridos y se dedicaban masivamente a la caza de caballos salvajes y de bisontes, por lo que su población aumentó mucho a lo largo del siglo, hasta que una epidemia de viruela los diezmó. En consecuencia, adentrarse en territorio comanche era como para pensárselo dos veces.

De esta realidad tomó nota Arturo Pérez Reverte para, hace ya más de 20 años, publicar su ‘Territorio Comanche’, aplicando los conceptos en forma novelada a un enfrentamiento sostenido en la antigua Yugoeslavia, en el que dos corresponsales de TVE comparten su experiencia inmediata y sus recuerdos de otros conflictos, mientras están permanentemente sumidos en los peligros de una guerra ajena en la que no tienen arte ni parte, pero que puede acabar con sus vidas.

Puede afirmarse que, como a veces sucede, si el libro fue un exitazo, el título lo fue en mayor medida, y pasó a integrarse dentro del lenguaje de nuestros días. Así hoy, personas que ni siquiera saben una palabra del libro, han incorporado a su acervo y a su vocabulario el concepto de ‘estar en territorio comanche’, como significativo de hallarse en un ámbito donde, sin comerlo ni beberlo, pueden verse entre dos fuegos, o bajo un fuego intenso sólo por el hecho de estar allí en una situación de alienación permanente.

Pues bien. Cada vez sucede más que, en los ambientes de nuestro mundo actual, los cristianos que pretendemos ser coherentes nos sentimos en ‘territorio comanche’. Primero por ver restringida nuestra libertad, pues adentrarse en nuestra sociedad sin ocultar al Jesucristo en quien creemos y llevamos dentro, suele generar reacciones encontradas que van desde quienes nos ignoran hasta quienes pretenden impedirnos lisa y llanamente expresar en público nuestra fe. Véase lo que sucede con los profesores que, en escuelas, institutos y universidades, pretenden transmitir a sus alumnos quién es el Señor y por qué creer en Él.

En segundo lugar, porque entre los criterios que hoy se transmiten como absolutamente ciertos se encuentra, como fundamental, el de que no hay nada cierto, por lo que la moda intelectual de nuestra época es aceptar el relativismo como verdad absoluta, ¡colosal contradicción!, que sin ningún rebozo se proclama por doquier en este mundo de hoy en que se vive como realidad el teatro del absurdo:

* ¡Los dogmas son absolutamente inaceptables!

* Oiga, pero . . . , ¿acaso es eso un dogma?

* Sí, y quien afirme lo contrario es un ‘fascista’.

* Pero, ¿sabe Vd. lo que es ser un fascista?

* Está claro, ser como Vd., que niega la verdad absoluta de que todo es relativo.

Tercero, porque si se quiere estar en la cresta de la ola, hay que aceptar exclusivamente lo ‘políticamente correcto’ que pasa, sin solución de continuidad, a ser lo ‘culturalmente correcto’. Por ejemplo, dentro de los propios partidos políticos imperantes, existen documentos diarios con consignas sobre cómo responder a los desafíos de la actualidad, y . . . , ¡ay de quien se aparte de ellos!

Nada más de actualidad que la certera estrofa de Ramón de Campoamor:

En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira.

Quien pretenda tener convicciones y ser fiel a ellas es un extemporáneo, está fuera de época, y de ahí a calificarlo de descerebrado, manipulador, soñador, o con cualquier otra lindeza, media el canto de un duro.

Con todo ello vamos viendo que el mundo cada vez se resiste más a aceptar que nos entiende, y digo eso porque, no es que no nos entienda, ¡es que no lo reconoce!. La verdad, como la semilla de la parábola, siempre germina inicialmente, aunque pueda suceder que, de inmediato, vengan quienes la devoran antes de fructificar, o simplemente la ahogue la mala yerba. Y escribo ‘yerba’ porque aunque no sea culturalmente correcto escribirlo así, sí es ortográficamente correcto, que es lo que me importa en este instante.

Entre gente joven, ¿cómo pretendes divertirte si eres un pacato o una reprimida que no quieres participar en conversaciones procaces y vacías, o en diversiones colectivas en las que sientes que eres infiel a tu propia dignidad? Entre gente no tan joven, ¿cómo sugerir que no vas a participar con tu asistencia a espectáculos, o lugares, o reuniones lúdicas que te resultan moralmente inaceptables, cuando estás de viaje de trabajo con algún directivo de tu trabajo? Todas estas situaciones se repiten a diario, y hacen un estropicio a quienes no buscan el apoyo del Señor para ser firmes allá donde ven peligrar su estatus por ese motivo.

En efecto, estamos en territorio comanche, donde el ‘malo’ nos ataca por donde más débiles somos, es decir, enfrentando nuestras convicciones con lo que se nos presenta como una conveniencia a corto plazo que, al fin y al cabo, tendemos a decirnos, – ¡tampoco es tan grave!. Porque ya San Agustín, si bien con palabras más sesudas, dejó claro que el mal, para camelarnos, se viste de azul, con su camisita y su canesú. Luego, cuando estamos solos y hemos caído, advertimos con horror interior que la muñequita vestida de azul era en realidad un monstruo que nada tenía de bello.

No se explica de otra manera la esclavitud que constituye la corrupción ante el dios dinero o el dios poder, o la del sexo que lleva a que el matrimonio sea un fenómeno cada vez menos frecuente, al menos de entrada, en las relaciones entre hombres y mujeres, o la aceptación vergonzante de la conducta homosexual o del crimen del aborto, o la eliminación de los ancianos enfermos, como moralmente aceptables, o la rendición intelectual con armas y bagajes a los vacíos planteamientos de las ideologías postmodernas en el ámbito de la universidad.

Estamos en territorio comanche. Pero recordemos que, finalmente, el territorio comanche, con todos sus peligros, siempre es vencido. Y en estos temas, aunque nos parezca que no podemos más y que no hay nada que hacer, estamos obligados a no bajar la guardia, seguir luchando, perfeccionar nuestro conocimiento de la verdad y nuestro amor por ella, y reconocer que, pese a nuestra tentación de desmoralización motivada por la naturaleza del mundo en que vivimos:

‘para los hombres es imposible, pero para Dios todo es posible’ y nosotros, gran “invento” de Jesús, Señor de la redención, estamos llamados a ser Cristo en el mundo, los ungidos, miembros de su cuerpo místico, a través de los cuales Él, de un modo misterioso pero continuo y eficaz, va penetrando en los corazones de todos los hombres a quienes, sin miedo a la reacción comanche, presentamos el Evangelio.

Soy doctor en Sociología, licenciado en Economía, estudioso de Antropología y aprendiz en Teología. Jubilado desde 2012, hoy sigo trabajando, aunque no por dinero, sino por intereses superiores, entre ellos, Red Madre.