Martes, 27 Octubre 2015 00:00

La eutanasia de una niña

Escrito por

Hecho que golpea hoy nuestra conciencia

¿Cómo se difunde la eutanasia en un mundo en que prima el pensasiento?

– Pensasiento: forma humana de pensar basada exclusivamente en la dimensión sentimental –

Aparece una niña con 12 años de edad, a la que convencionalmente llamaremos Andrea. Dicen que padece una enfermedad incurable degenerativa que la tiene ya muy mal. Ya no puede alimentarse por sí misma, sino mediante una sonda naso-gástrica, es decir, un tubo que le entra por la boca y a través del esófago le llega directamente al estómago. Es una situación ciertamente frecuente en los hospitales, que causa al enfermo poco o ningún dolor pero muy intensas molestias. Los propagandistas de la eutanasia le llaman alimentación artificial, si bien no lo es, pues lo que se inyecta por la sonda naso-gástrica son, en principio, alimentos suaves batidos y, aprovechando que el Pisuerga pasa por Valladolid, medicamentos. Esos propagandistas pretenden con ello impresionar a las personas de a pie de nuestro pueblo, haciéndoles creer que lo que llaman una alimentación artificial implica sostener una vida humana también artificial.

Los padres de la niña, comprensiblemente agotados por la situación, pero al mismo tiempo influenciados por lo que se está convirtiendo en culturalmente correcto en medios autoproclamados progresistas, piden para ella lo que llaman una muerte digna, o dulce, y que para ello se le desconecte la sonda y la dejen de alimentar, de manera que la vida no se le prolongue ‘artificialmente’. Inicialmente, los médicos se oponen en nombre del juramento hipocrático, obra maestra del pensamiento iusnaturalista griego.

Después de una discusión que está a punto de dilucidarse en tribunales, aunque ya se ha resuelto en los medios de comunicación, los médicos ceden, eliminan la forma de alimentación, se limitan a proporcionar a la niña el mínimo imprescindible de agua, y proceden a suministrarle sedantes potentes para que no sufra.

A los dos o tres días, la niña muere, dicen que ‘digna y dulcemente’, quizás en alguna medida, grande o pequeña, debido a la sedación, o tal vez no. Nadie lo aclara, ni hay noticias de autopsia, porque no interesa. Y ahora, ¡hasta el siguiente episodio!, en el cual un conjunto de benefactores de la humanidad, incluidos ciertos medios de comunicación, que también se autoproclaman progresistas, encuentren otra persona que se encuentre en una situación que denominarán terminal, con la que conmover a sus benevolentes lectores, oyentes y televidentes para que se tornen favorables a políticas de establecimiento de la legitimidad de la eutanasia.

Lo que establece la Ley Natural

La Ley Natural, es decir, la que impregna toda la creación y está unida a la propia naturaleza de los seres creados, y muy especialmente a la del hombre, establece que no es legítimo matar voluntariamente a un ser humano salvo, en todo caso, en defensa propia, circunstancia que no se da en el caso de Andrea. La Ley Natural se corresponde plenamente con lo que con Jaime Balmes llamamos sentido común.

La muerte voluntaria de un ser humano se puede causar de dos maneras: por acción o por omisión. Por acción, atentando directamente contra su vida. Por omisión, negándole los cuidados ordinarios que toda persona merece para su sustento y mantenimiento. Este último puede ser el caso frente al cual nos hallamos.

Cuidados ordinarios son los que se pueden considerar normales para el mantenimiento de la vida de las personas. De hecho están descritos en las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo (o lo que es lo mismo, darle abrigo o vivienda frente a circunstancias de pobreza extrema), etc…

El criterio de lo que es normal cambia para cada época. Aplicar una sonda naso-gástrica para dar de comer a una persona enferma pudiera calificarse como cuidado extraordinario en el siglo XVIII, pero hoy, en pleno siglo XXI, es considerado un cuidado plenamente normal en medicina, y se emplea con cierta frecuencia en medicina geriátrica – los últimos meses de la vida de mi propio padre, aquejado de Alzheimer terminal, fueron así –, o en algunas situaciones que lo requieren y que se suelen inscribir dentro de lo que llamamos cuidados intensivos. Algo parecido sucedería, por ejemplo, con las transfusiones de sangre. Históricamente hubieran sido consideradas un imposible, pero hoy en día entran en los cuidados ordinarios que se prestan en medicina.

La Ley Natural también desaprueba el encarnizamiento terapéutico mediante un exceso de cuidados extraordinarios que hagan sufrir inútilmente al enfermo sin más horizonte que alargar una vida de una forma absolutamente, ahora sí, artificial.

Conclusión

No es legítimo, en ningún caso, privar a una persona de recibir, mediante cuidados ordinarios, el alimento y agua necesarios para su vida, porque es condenarla a morir de hambre y sed. Eso es así, esté sana, o enferma, o en situación terminal.

El hecho de que se le vaya a practicar a la niña una sedación para que no sufra indica dos cosas. La primera es que hasta ahora no requería de esos cuidados paliativos, que por lo que parece se le habrán de dar como consecuencia de dejarla sin alimentación. La segunda es que la opción de no alimentarla lleva aparejada una producción de angustia y/o dolor, que parece que no se le hubiera producido en caso contrario, puesto que nadie hablaba antes de su presencia.

El empleo de los calificativos de digna, o dulce, aplicados a esta muerte no es sino una voluntaria y muy postmoderna manipulación del lenguaje. Primero, porque la dignidad del ser humano, de su vida o de su muerte, no depende de sus circunstancias, sino de su propia naturaleza humana. Piénsese, por ejemplo, que la muerte que los romanos consideraban más indigna era la de los crucificados, y la redención universal, la de Nuestro Señor, se dio precisamente con la muerte más indigna, al modo de ver de los romanos.Segundo, porque la pretendida dulzura de la muerte es algo que nunca podremos calibrar pues nadie, salvo Dios, puede penetrar la mente del moribundo en los momentos de su fallecimiento.

Post Data

Siempre que se produce un hecho así, estamos al lado de la niña.

Paradójicamente estamos también al lado de sus padres.

Porque discrepamos de ellos.

Porque estamos convencidos de que el día que descubran la magnitud de su error, necesitarán toda la ayuda de Dios para escapar de su marasmo.

La ayuda de Dios se produce, ordinariamente, a través de las personas que aman.

CON LA AYUDA DE DIOS, AHÍ ESTAREMOS NOSOTROS.

Soy doctor en Sociología, licenciado en Economía, estudioso de Antropología y aprendiz en Teología. Jubilado desde 2012, hoy sigo trabajando, aunque no por dinero, sino por intereses superiores, entre ellos, Red Madre.