Lunes, 16 Noviembre 2015 00:00

Chesterton y yo

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Me presentaron a este amigo hace algunos años a través de una de sus obras maestras de la narrativa detectivesca: El hombre que fue jueves. La trama se sitúa en Londres, a principios del siglo XX. Gabriel Syme, el protagonista, es un poeta reclutado por un destacamento anti-anarquista en Scotland Yard.

Sin embargo, acaba filtrándose en el Consejo Central de Anarquistas Europeos, donde siete personajes conspiran para derrocar todos los gobiernos. Syme se propone desarticular el Consejo desde dentro, sin ser descubierto, para evitar la destrucción de la humanidad que traería esa filosofía nihilista que proponían instaurar.

La novela avanza de forma estratégicamente inteligente, llenándose de paradojas chestertonianas tales como el orden de la jerarquía anárquica o la simbología de los atuendos de los personajes, que pretendían ocultarlos, pero más bien desenmascaraban su verdadera identidad. Originalidad y humor son los puntos fuertes de esta historia en la que criminales y detectives se entremezclan y acaban dando lugar a una tremenda alegoría religiosa. También el final me pareció increíble a la vez que desconcertante, por lo que el libro tenía todas las características para ser uno de mis favoritos.

Por mi parte, motivada a seguir leyendo relatos de este autor recién descubierto, me puse manos a la obra con su personaje más famoso: el Padre Brown. Chesterton escribió más de cincuenta historias cortas con este cura católico como protagonista. Se pueden encontrar recopiladas en un volumen titulado Los relatos del Padre Brown.

Acompañado por un criminal reformado llamado Flambeau, el Padre Brown resuelve los crímenes más enigmáticos y misteriosos de un modo más intuitivo que deductivo. Su conocimiento de la naturaleza humana y su forma de razonar en base a las verdades filosóficas y espirituales, lo convierte en un agudo e ingenioso detective de aspecto ingenuo.

Esta saga de historias entrelazadas ha conseguido con creces amenizarme un verano de sol y descanso. Lo mismo puedo decir con otro libro de Chesterton que sigue la línea de las investigaciones criminales. Sin embargo, en este caso, el protagonista no es un sacerdote sino un excéntrico funcionario del Imperio que va tropezándose con una serie de asesinatos que nunca son lo que parecen. El hombre que sabía demasiado es un deleite para la inteligencia ya que en cada crimen por resolver, se esconde una sutil paradoja que acaba dando un giro completo a nuestro razonamiento lógico. Además, siguiendo el estilo del autor, ni las reflexiones filosóficas ni los trueques a los que se ve el intelecto obligado para comprender la resolución del caso, impiden el tono humorístico y divertido de la historia.

Dejando a un lado a criminales y detectives, leí también un ensayo titulado Ortodoxia en el que el propio Chesterton da razón de su propósito al escribirlo: exponer su filosofía como respuesta a críticas que había recibido tras la publicación de su libro Herejes. Lo hace contándonos cómo llegó él a creer en las verdades que descubrió como tales. Leemos del comienzo del ensayo:

“Confieso abiertamente todas las ambiciones de fines de siglo XIX. Yo, como otros solemnes chiquilines, traté de anticiparme a la época. Como ellos, intenté adelantarme por diez minutos a la verdad, y encontré que ella se me había adelantado unos 1800 años. Esforcé la voz

gritando mis verdades con una penosa exageración juvenil, y recibí el castigo más adecuado, porque yo conservé mis verdades, pero luego descubrí que si bien mis verdades eran verdades, mis verdades no eran mías”.

En este clásico de apologética cristiana, se presenta una visión de la religión como respuesta a las necesidades naturales de las personas. Sin embargo, Chesterton lo hace abriendo de manera habilidosa nuevos caminos de la inteligencia para ver las cosas de un modo distinto, ya que él mismo afirmó que fueron los ataques intelectuales a la fe los que le facilitaron la pista adecuada.

Para terminar, me gustaría destacar una última obra: San Francisco de Asís, una biografía del “poverello” históricamente contextualizada con maestría. A pesar de conocer la vida del Santo, la forma en la que Chesterton la cuenta me encandiló desde el primer momento. Tras analizar las diferentes posturas que un lector puede tomar al comenzar un libro, Chesterton escribe: “me dirijo al hombre moderno común, simpatizante pero escéptico, y me atrevo a esperar, aunque sea vagamente, que, acercándome a la historia del gran Santo a través de lo que hay en ella de claramente pintoresco y popular, podré comunicar al lector una mayor comprensión de la coherencia de su carácter en conjunto (…)”. Adjunto las citas que más me han gustado de esta historia:

“La gente no cree porque no quiere dilatar su pensamiento (…), la mayoría de las dudas se asientan en pormenores”. “Tan luego como el sexo deja de ser siervo, se convierte en tirano”. “No olvidemos que cuando los intereses de una edad son primariamente religiosos, serán forzosamente universales”. “La Iglesia parecía tan antigua entonces como ahora y había algunos que ya entonces la imaginaban moribunda como ahora”. “Saltó del caballo, se precipitó sobre el leproso y lo abrazó”. “Nadie ignora hoy que la ciencia se ha vengado del escepticismo”. “La mentalidad moderna (…) acusa de fanáticos los métodos de Francisco. Esto es, que proclama impracticable todo método moral en el preciso instante en que tacha de inmoral a todo el que resulta practicable”.

¡Os animo a conocer a tan estimado autor y a gustar de su literatura!

¡Buenas! Mi nombre es Esperanza y nací en Alcalá de Guadaíra, Sevilla. Soy ingeniera biomédica y trabajo como consultora de innovación en Madrid.