Jueves, 26 Noviembre 2015 00:00

Llamados a ser Iconos de la Misericordia

Escrito por

¿Qué es un icono?

Voy a destacar dos de las acepciones con que lo define la RAE. La primera, ‘representación religiosa de pincel o relieve usada en las iglesias orientales’.

Y añado yo que es una imagen en dos dimensiones empleada para suscitar la devoción del pueblo en unas tierras en las que la opinión ilustrada temía que el empleo de esculturas o tallas en tres dimensiones pudiera acabar en idolatría. La segunda acepción que señala la RAE es la de ‘signo que mantiene una relación de semejanza con el objeto representado’. Las dos acepciones se pueden fundir en una: ‘signo religioso que evoca una persona o un concepto sobrenatural por su semejanza’.

He titulado este artículo diciendo que estamos ‘llamados a ser iconos de la misericordia’. Es decir, que estamos y, en consecuencia, estoy llamado a ser signo religioso que evoca uno de los principales atributos de Dios: la misericordia.

En primer lugar, he pasado de la primera persona del plural a la del singular, para evitar en lo posible diluir el compromiso de mi yo en un nosotros que me sirva de excusa. El nosotros del que aquí hablamos me implica a mí. No hay excusa ni pretexto y así, si no me siento implicado, en lenguaje hamletiano, algo olerá a podrido en Dinamarca.

Reconocer que estoy llamado es afirmar que alguien me llama, es decir, que hay una llamada, una vocación. El llamante es quien me creó, Dios Padre.

La llamada se me hizo patente por quien me redimió, Jesucristo, entregando su vida a la muerte por mis pecados e infidelidades, que no son sino las traiciones continuas, grandes, pequeñas o minúsculas, que yo cometo a diario, o al menos de vez en cuando, contra el plan establecido por quien me creó.

Por último, la voz que penetra hasta los tuétanos de mis huesos y hasta las substancias blanca y gris de mi cerebro, me la susurra el Espíritu de Dios.

¿Qué estoy llamado a ser? Icono. Signo tangible religioso, es decir, sacramento vivo, que ‘religa’ a los demás hombres con Dios, siguiendo la estela de Mi, Nuestro Señor Jesucristo. El compromiso es prodigioso. Yo, llamado a ser signo de Dios. Un ser creado, inteligente pero muchas veces rebelde y rastrero, una calamidad, llamado a ser signo del Dios altísimo, que nos ofrece la felicidad eterna a su lado. ¡Y eso ante los demás! ¡Y no como una representación teatral, sino viviendo ese ser signo hasta lo más hondo de mi ser!

El ser icono, el ser signo, el ser sacramento vivo, se me concreta en que de lo que debo ser representación es de la misericordia, atributo de Dios por excelencia, que no sólo implica estar al lado del pobre, sino ser con él pobre. Fundirme con el desheredado, con el desgraciado, con el necesitado, con todas esas personas que, en el pueblo y en la ciudad, pululan cerca de mí sin que yo llegue a saber nada de ellos a menos que ponga mi esfuerzo en acercarme. En el pueblo y la ciudad de hoy, donde alguien puede estar pasando hambre en mi propia escalera durante años sin que yo me entere absolutamente de nada.

¿Cómo se logra esto? Pues haciendo lo que hace Dios. Hacerse hombre con los otros. Asumir entrañas de misericordia. Acercarse al proscrito por la economía, por la sociedad, al abandonado por la propia familia, incluso al que tal vez decimos que se lo ha ganado a pulso. Al que nos queda lejos por edad, por costumbres, ¡hasta por higiene! No hay más remedio que excluir de mi vida la vivencia del refrán ‘ande yo caliente y ríase la gente’, o del otro: ‘que cada palo aguante su vela’. Para evangelizar en las chabolas no hay más camino que meterse entre esas chabolas y compartir con los chabolistas lo que somos y lo que tenemos. Estoy llamado a ser un imitador de Jesús, que se hizo uno como yo, excepto en el pecado, pero asumió las consecuencias de ese pecado que Él no cometía pero sí sus paisanos. Así yo debo hacerme uno con los demás, con limpieza de corazón, no con el interés del tiralevitas o del cobista rastrero.

Por último, ser icono de la misericordia es hacer uno en mi vida el perdonar y el pedir perdón. Perdonar lo que otros me hacen y me hicieron de malo. Sí, también a aquel hermano o primo que me despreció, incluso al que me quitó parte de la herencia, o a aquel socio que me robó. Pedir perdón porque siempre he de dejar constancia, con quienquiera que esté, de que yo soy un signo lamentable de la misericordia de Dios pues, como las personas que tengo delante, estoy lleno de pecado, aunque quizá el mundo en que me desenvuelvo me ha hecho percibir, hipócritamente, que mis pecados son más elegantes que los ajenos. A los fariseos también les sucedía, sus pecados eran más elegantes, ‘sepulcros blanqueados’.

Puedo serlo. Es también aplicable aquí el testimonio del apóstol de lo que le dijo el Señor: ‘te basta mi gracia’, para lo cual es preciso pedirla al Señor, porque me cuesta mucho estar en disposición de vender mis vanidades, ensueños e intereses, y hacer sitio en mi vida a esos otros con quienes convivo, me caigan bien, regular o mal, o ni siquiera me caigan. Nunca con mayor motivo puedo decir, ‘todo lo puedo en aquél que me conforta’.

Soy doctor en Sociología, licenciado en Economía, estudioso de Antropología y aprendiz en Teología. Jubilado desde 2012, hoy sigo trabajando, aunque no por dinero, sino por intereses superiores, entre ellos, Red Madre.