Martes, 01 Diciembre 2015 00:00

Yo, pecador

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Toda la realidad es misteriosa para nosotros, puesto que, para nuestro entendimiento, todas las cosas tienen siempre un fondo inaferrable. Llamamos «misterioso» a lo que siempre nos esconde un secreto.

En el caso del mal, otras razones que le son exclusivas lo hacen singularmente misterioso. El horror que causan los grandes crímenes es muestra hiriente de la específica opacidad del mal. Ante esas situaciones nos preguntamos, una y otra vez, cómo es posible que hayan sucedido. No damos crédito, sobrecogidos y perplejos. No nos explicamos cómo pueda ser alguien autor de un mal tremendo.
Cosa distinta es nuestra comprensión de los males de menor alcance y cuantía. En ocasiones vemos males que incluso suscitan una cierta simpatía o, al menos, una amable condescendencia. Para esos males tenemos a mano la excusa de la debilidad. La pereza del estudiante, la impuntualidad de los amigos, la curiosidad de los lectores de revistas rosas, la mentirijilla leve, el hurto mínimo, la puya ingeniosa, la bromita pesada.

Otras veces recurrimos a la ignorancia. Se comete el mal porque erramos y no reconocemos el bien, porque no lo tenemos en cuenta y no vemos más que un bien aparente. Es el «perdona: no me he dado cuenta». Es cierto que esta excusa del mal nos es menos simpática, especialmente cuando el mal realizado se reitera.
Con todo y con eso, debilidad e ignorancia nos sirven, como digo no tanto como explicaciones, sino más bien como excusas del mal. En el fondo, cuando se apela a debilidad o ignorancia como razones del mal, lo que se hace es precisamente deshacerlo, disolverlo. De lo que se trata, al fin y al cabo, es de decir que en realidad el mal es menos, es mínimo, o no hay mal alguno.
Como es natural, las dos desviaciones a las que me he referido –la explicación del mal por la debilidad y por la ignorancia- contienen algo de verdadero; aunque en lo sustancial ocultan al mal. No es que el mal resulte misterioso. Es que resulta inadmisible. No concebimos que pueda haberlo de verdad. En el colmo, nos resulta inconcebible que haya mal hecho a conciencia. De ninguna manera concedemos que haya personas con mala voluntad.

¿Acaso porque no queremos que eso se pueda llegar a decir de nosotros: que eso tengamos que reconocerlo en nosotros?
Hay en el mal que hacemos un «porque me da la gana», una posición de nuestra propia voluntad, que nos resistimos a admitir, en nosotros mismos y en los demás. Santo Tomás dice (Summa contra gentiles, III, 6) que quien obra mal actúa como el capitán del barco que, en medio de la tormenta, echa por la borda la carga al mar, porque prefiere el bien de mantener el barco a flote. Quien obra mal echa por la borda el bien que debiera atender, porque prefiere llegar al puerto de la satisfacción de lo malo que desea.

No nos hace ninguna gracia mirar hacia nosotros mismos y vernos sucios. Ya no se trata tan sólo de la opacidad común del misterio del mal: es la resistencia para reconocerlo en nuestras propias vidas realizado por nosotros mismos. Nos disgusta el papel de acusado, incluso cuando el mal del que somos responsables es un mal de menor cuantía. Se ha generalizado, para todos los órdenes de la vida, la reacción altiva y ofendida de quien ha hecho algo mal y se le piden explicaciones. Así, por ejemplo, en el mundo profesional; así que, cuando uno mete la pata, antes que confesar nada y rectificar, procura buscar a quién endosarle el «muerto».

El misterio del mal es, hoy, el misterio de su ocultamiento. Este mundo nuestro occidental no se reconoce pecador, se cree maduro y adulto, ajeno a remordimientos y responsabilidades.
Tenía razón Nietzsche cuando acusaba al cristianismo de haber suscitado la voz de la conciencia acusadora; no la tenía cuando rechazaba esa conciencia: hubiera sido su salvación. San Agustín ha pasado a la historia, y lo merece, no solamente porque produjera una obra escrita maravillosa, sino antes que nada porque se esforzó en enfrentarse con el mal propio, reconociéndolo y buscando al Redentor. Las Confesiones han quedado como la muestra viva de ello. El conócete a ti mismo hecho conciencia del pecado y vuelto hacia Cristo.

Nuestro mundo parece en jaque por un enemigo externo, el terrorismo islámico. No quiere reconocer que el más agresivo es el enemigo interior, ese que le susurra, y que impone, el silencio sobre el propio mal. Mientras Occidente, envuelto en democracia y pluralismo, se siga considerando impecable, no tendrá salvación.

Doctor en Filosofía. He sido profesor en la Universidad CEU San Pablo, la Universidad Eclesiástica San Dámaso y en la Universidad Internacional de la Rioja (UNIR). Profesor de enseñanza media, actualmente ejerzo la docencia en un Instituto de Educación Secundaria de Madrid. Casado y padre de cinco hijos. He publicado diversos trabajos científicos, especialmente de metafísica y antropología, y sobre la figura de Antonio Millán-Puelles. También participo en programas de radio y en periódicos de internet.