Martes, 26 Enero 2016 00:00

Jóvenes de Hoy. Cómo Construir la Vida en Común

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Entre los jóvenes predominan hoy, en cuanto a la vida en común, cuatro perspectivas:

Promiscuidad

En primer lugar la de quienes no tienen el más mínimo aprecio por su virginidad, ni por la vida de castidad o, simplemente, ni siquiera saben lo que esto significa.

Llevados por las corrientes sensualistas actuales, al despertar sus pasiones juveniles no se han planteado seriamente dominarlas porque ni tan solo entienden por qué pueda convenir reprimirse. Este es el concepto que emplean y, a la primera de cambio, gritan  estentóreamente: – ‘Represión, ¡no!’. No se detienen a pensar que en el propio desarrollo del concepto que acomete Sigmund Freud, el psiquiatra vienés de adopción, afirma que no toda renuncia al ejercicio de potencias demandadas por la pasión se pueden entender como represión sino que, cuando la renuncia se realiza al servicio de una meta u objetivo superior, la palabra que indica mejor el hecho es ‘sublimación’. La sublimación, para Freud, consiste en un desvío de la pulsión sexual al servicio de un ideal superior que merece la adhesión de la persona. Podríamos afirmar, pues, que sublimar es un ejercicio de libertad por el cual la persona se impone a sus pulsiones naturales y las redirige al servicio de un ideal superior. 

Quienes, impulsados por sus pulsiones naturales optan por lo fácil, satisfacerlas sin limitaciones ni obligaciones de ningún tipo respecto a terceros, viven una situación de esclavitud que tarde o temprano se convierte en psicológicamente insoportable. Además, consideran al otro un mero instrumento para su placer, lo que degrada a agente y paciente.

Convivir

Hoy en día muchos jóvenes optan por buscar la convivencia, rehusando el matrimonio como forma de vida. Aducen que eso no se puede considerar promiscuidad, porque no mantienen relaciones sexuales con varias personas en la misma etapa o período de la propia vida, sino con una sola. 

Las personas que optan por este modo de vida suelen aducir la ventaja comparativa de lo que llaman la libertad de  formar la pareja y la de deshacerla, que les garantiza que si las cosas no salen bien podrán, como ellos dicen, ‘rehacer sus vidas’. Es éste un análisis simplista de las relaciones de pareja, que contiene varios errores de importancia. De entre ellos quiero destacar tres.

El primero de ellos es el de verlas con un cierto fatalismo. Todo depende de que las cosas ‘salgan’ o ‘no salgan’. Parece que los miembros de la pareja están sometidos a un destino que escapa a los efectos de sus libres decisiones y de sus acciones y forma de vivir. No se plantea que la pareja pueda, – y mucho menos que deba –, luchar por fortalecer su relación y por dar vigor a su amor mutuo, ni se considera que pueda vencer en ese empeño. La visión de esas personas es pasiva. Las cosas, para ellas, van bien o mal, y hay que rehuir todo compromiso estable para poder, repetimos, ‘rehacer sus vidas’. Es decir, no son promiscuos en un momento dado, pero sí lo son potencialmente a lo largo del tiempo.

El segundo de esos errores estriba en que quienes así se pronuncian no consideran que en la convivencia de las personas haya otra cosa que atracción sexual o conveniencia. La atracción o la conveniencia de cada momento, la percepción a corto plazo son, para ellos, las que mueven a las personas. Y ni hablar del hecho de que pueda compartirse un ideal común de vida, sobre el que construir el proyecto de vida en común. En efecto, en sus planteamientos está ausente, en mayor o menor medida, la posibilidad de compartir ese proyecto de vida en común mediante un compromiso definitivo. 

El tercer error, y no de menor cuantía, es el de pensar que, para una pareja, convivir es lo mismo que casarse. Que no hay diferencia.

Casarse

Casarse implica concebir la construcción de la pareja en dos etapas.  La primera, la de noviazgo, de mutuo descubrimiento del otro y aproximación a él. También de concepción conjunta del proyecto de vida en común, con entrega espiritual pero no, de momento, entrega de los propios cuerpos que dé satisfacción a las pulsiones sexuales. La segunda, la de matrimonio, de entrega mutua ilimitada en aras del proyecto compartido y del crecimiento del amor mutuo. Entre medio de ambas etapas, la celebración del matrimonio. 

¿Qué es el matrimonio? Como acto único es la manifestación definitiva e irrevocable de dos personas de distinto sexo, por la que anuncian públicamente que van a amarse, compartir su vida, sus cuerpos, sus bienes, sus alegrías, sus penas, su buena o mala fortuna, independientemente de las circunstancias, y eso a lo largo de todos los días de sus vidas, hasta que la muerte los separe. Éste es el matrimonio natural, acorde con la naturaleza del ser humano, sea hombre o mujer. Esta decisión pública se oficia ante la comunidad de su entorno más o menos cercano, y en las comunidades políticas ante el estado, y constituye un verdadero juramento de amor y fidelidad. Conlleva también, necesariamente, la apertura a los hijos que pudieran derivarse de las expresiones de amor de naturaleza sexual que son símbolo importantísimo de esa entrega total que se juran los contrayentes. Por eso, por su importancia capital en la vida de la pareja, hablamos de celebración del matrimonio, y por eso también es un acto social de primera magnitud en la vida de las personas.

Como estado, el matrimonio es la vivencia permanente a que está llamada la pareja desde el momento en que ese matrimonio se celebró. Es la vivencia completa de lo que en el noviazgo se planteó como un proyecto de vida en común. Es el compartir todo que deriva de la gran decisión.

Examinando lo que es el matrimonio, tanto como estado como en cuanto a juramento de amor y entrega mutua para toda la vida, está claro que posee unas características que exceden absolutamente a lo que pueda significar el mero convivir. Es más, por su propia naturaleza, convivir juntos sin más, negándose al menos un miembro de la pareja a casarse, genera desconfianza, mientras que el matrimonio, vivido como tal, genera exactamente lo contrario. A medida que van pasando los años y se conocen las tendencias del otro, el mero convivir sin mayores compromisos provoca desazón, angustia vital, mientras que la entrega total del matrimonio natural, vivida y hecha actual todos los días, genera seguridad y confianza. Obviamente, no es lo mismo.

Nada refleja más esa certeza que el hecho de que quienes han construido su vida alrededor del mero convivir se sigan negando a contraer matrimonio aduciendo que es lo mismo, ya que, si para ellos efectivamente es lo mismo, ¿por qué no se quieren casar?

Casarse por la Iglesia

Lo que llamamos casarse por la Iglesia es constituir el matrimonio no sólo ante la sociedad cercana, familiares, amigos y conocidos, sino ante Dios y ante la Iglesia, asamblea convocada de todos los cristianos, que compartimos la fe en Jesucristo. Al hacerlo invocamos la protección y ayuda de Dios omnipotente sobre nosotros y sobre nuestro proyecto de vida en común. Creemos que Él está presente en nuestras vidas y queremos consagrarle ése nuestro proyecto. Es considerar, desde el primer momento, que nuestro matrimonio no es cosa de dos, sino de tres. ¡Nada más y nada menos! La presencia de Dios entre nosotros hace del matrimonio y la familia una Iglesia doméstica, anticipo del Reino de Dios. 

Optemos.

Soy doctor en Sociología, licenciado en Economía, estudioso de Antropología y aprendiz en Teología. Jubilado desde 2012, hoy sigo trabajando, aunque no por dinero, sino por intereses superiores, entre ellos, Red Madre.