Índole secular del laico: llevar la Palabra a los alejados

A menudo causa inquietud un pensamiento a los laicos: ¿cuál es nuestro papel como cristianos en la Iglesia? ¿Qué espera Dios, y qué espera su Iglesia, de nosotros? ¿Damos la talla, o quizá andamos perdidos entre tantas ocupaciones mundanas?

La posición del laico en la Iglesia ha variado notoriamente a lo largo de la historia. En los orígenes existía una perfecta integración, de modo que aun cuando está netamente diferenciada la figura del Ministro ordenado, San Pablo se refiere al conjunto de los fieles como santos, elegidos, etc, atribuyéndoles la misión de extender la fe a todos los hombres –carta a Diogneto, s. II-.

Este panorama se va desdibujando con la aparición de las órdenes monásticas, al quedar de hecho los no ordenados ni religiosos, apartados de tales funciones. Así encontramos en la Edad Media una tajante distinción de clases, al punto de afirmar Graciano de los laicos, allá por el s. XII, que “pueden salvarse si se abstienen de los vicios”. Y así se mantuvo hasta bien entrado el s. XX. Ha sido el Concilio Vaticano II una bocanada de aire fresco en este punto.

La constitución conciliar Lumen Gentium en su nº 31, define al laico en un sentido positivo: laicos son todos los fieles, excepto los que han recibido el Orden Sagrado y los que están en un estado religioso. Nos interesa en particular su plasmación positiva en el Código Canónico, por cuanto la Iglesia nos encomienda, c. 223: “los laicos, destinados por Dios al apostolado, tienen la obligación de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido por todos los hombres, obligación que les apremia todavía más en los casos en que sólo a través de ellos pueden los hombres oír el Evangelio y conocer a Jesucristo”.

El documento LG como los posteriores (Ex Christifideles laici, S. Juan Pablo II), precisan qué es lo propio del laico, su índole secular (que pertenece al siglo, al mundo, lo temporal); es decir, el laico desarrolla su vocación precisamente gestionando sus asuntos temporales, y es ahí donde debe santificarse, y ejercer su apostolado.

De un gran error interpretativo del postconcilio resultó la atribución de mayores funciones eclesiales al laico: de ahí procede el abuso en el ejercicio del ministerio extraordinario de la Eucaristía, y otros en la liturgia. No es tal nuestra función, entre las paredes del templo, sino precisamente fuera de ellas, en la calle, donde se encuentran quienes no acuden al templo, que son la inmensa mayoría de la población. 

Con frecuencia comentamos que hoy en día no hay una “oveja perdida”, sino 99 perdidas, y una sola en el redil. Ahí nuestro trabajo: llegarnos a tantos y tantos alejados, a quienes no tienen acceso ni posibilidad alguna de predicar los pastores sagrados, ni los religiosos, sino nosotros. Ahí nos llama la Iglesia.

No es fácil; los pastores predican a convencidos, nosotros a los post-cristianos, que creen que ya saben, que ya conocen ese “rollo” anticuado que no les interesa. Ahora tienen a Buda, el yoga, las energías, el buen rollo…nada de pecado, solo son experiencias, para aprender…realmente hay que estar muy formados para enfrentarnos a esto.

Los compañeros de trabajo, las mamás del cole, los amigos, la familia, los alumnos, tantas y tantas personas que no conocen a Jesucristo, que viven unas vidas completamente paganizadas, ni tienen más oportunidad real de escuchar la Palabra que aquélla que hábilmente, bien dispuestos nosotros, ponga el Espíritu Santo en nuestros labios.

Debemos plantearnos si estamos cumpliendo esta misión, si somos fermento de la masa, si la gente nota que somos cristianos, si podrían o querrían imitar nuestro estilo de vida, nuestra fe, si transmitimos haber encontrado un tesoro, la perla de gran valor, por la que merece la pena dejar todo: la vida hedonista, la tele, las tentaciones.

Si sois activos en esto, ya habréis padecido algunos efectos: alguno puede que os siga, de lejos; la mayoría huirá de vosotros, si no están dispuestos a cambiar sus vidas. Pero no importa, la semilla queda sembrada, y el Señor la hará fructificar en su momento. 

El Santo Padre Francisco en su habitual estilo cercano descendiendo al detalle de la vida cotidiana, nos presenta ricos ejemplos que imitar, persona a persona, en su exhortación Evangelii Gaudium: 

“127. Hoy que la Iglesia quiere vivir una profunda renovación misionera, hay una forma de predicación que nos compete a todos como tarea cotidiana. Se trata de llevar el Evangelio a las personas que cada uno trata, tanto a los más cercanos como a los desconocidos. Es la predicación informal que se puede realizar en medio de una conversación y también es la que realiza un misionero cuando visita un hogar. Ser discípulo es tener la disposición permanente de llevar a otros el amor de Jesús y eso se produce espontáneamente en cualquier lugar: en la calle, en la plaza, en el trabajo, en un camino.

128. En esta predicación, siempre respetuosa y amable, el primer momento es un diálogo personal, donde la otra persona se expresa (primero escuchar) y comparte sus alegrías, sus esperanzas, las inquietudes por sus seres queridos y tantas cosas que llenan el corazón. Sólo después de esta conversación es posible presentarle la Palabra, sea con la lectura de algún versículo o de un modo narrativo, pero siempre recordando el anuncio fundamental: el amor personal de Dios que se hizo hombre, se entregó por nosotros y está vivo ofreciendo su salvación y su amistad. ... A veces se expresa de manera más directa, otras veces a través de un testimonio personal, de un relato, de un gesto o de la forma que el mismo Espíritu Santo pueda suscitar en una circunstancia concreta. Si parece prudente y se dan las condiciones, es bueno que este encuentro fraterno y misionero termine con una breve oración que se conecte con las inquietudes que la persona ha manifestado. Así, percibirá mejor que ha sido escuchada e interpretada, que su situación queda en la presencia de Dios, y reconocerá que la Palabra de Dios realmente le habla a su propia existencia.

129. No hay que pensar que el anuncio evangélico deba transmitirse siempre con determinadas fórmulas aprendidas, o con palabras precisas que expresen un contenido absolutamente invariable. Se transmite de formas tan diversas que sería imposible describirlas o catalogarlas…”

Ánimo, la mies es mucha y los obreros, pocos.

Laura Alabau

Mi Blog "Hombre y Mujer los creó"

Soy madre de familia, licenciada en Derecho, magistrada, aficionada al atletismo, y católica "talibán", como todos los conversos, jaja. Laica del Hogar de la Madre.

Laura Alabau, es autora, editora y responsable del Blog Hombre y Mujer los creó, alojado en el espacio web de www.infofamilialibre.com