Victoria Rasoamanarivo, primera columna en Madagascar

¡Cuántos santos y santas hay canonizados por la Iglesia de los que no tenemos ni idea!

A lo largo de la historia y de la geografía, nos encontramos personas con vidas impresionantes que tocan los corazones, como me ha pasado a mí con la vida de la mujer de la que os voy a hablar esta vez.

Es una mujer africana de mediados del siglo XIX, más concretamente, de la isla de Madagascar, al sudeste de las costas africanas.

Cuando Rasoamanarivo nació, ya hacía unos 20 años que el cristianismo había llegado a Madagascar; por un lado los protestantes ingleses, y por otro, los católicos franceses, pero quien allí “cortaba el bacalao”, era el rey, personaje que para los malgaches era divino y dirigía todos los aspectos religiosos del pueblo.

El rey Radama I se dejó asesorar por los ingleses protestantes y permitió una cierta libertad religiosa deslumbrado por la cultura de occidente, pero murió y le sucedió su esposa Ranavalona, la cual volvió a las costumbres tradicionales y persiguió cruelmente a todos los que no profesaran la religión del pueblo, tachándoles de traidores y expulsándoles finalmente de su isla.

Es en ese cruel clima en el que nació nuestra beata. Fue una niña afortunada, pues nació en una familia muy influyente y respetada.

Cuando la reina Ranavalona murió, le sucedió su hijo Radama II, el cual cambió la política de su madre, dejando entrar a misioneros jesuitas,  entre los cuales llegaron dos monjas, las cuales abrieron una escuela católica a la que acudió Rasoamanarivo a la edad de 13 años aproximadamente. Su gran corazón se abrió rápidamente a las enseñanzas de las religiosas y después de leer la Biblia, abandonó el antiguo culto a los ídolos. Cuando meditaba la Pasión del Señor solía decir llorando: “Antes no sabíamos estas cosas porque no conocíamos a Dios, ahora haremos el propósito de no repetir nunca las costumbres que teníamos antes”.

Después de pedir permiso a sus padres, el 1 de Noviembre de 1863, recibió el Bautismo, eligiendo el nombre de Victoria y en enero del año siguiente recibió la Comunión, ofreciéndose a la Santísima Virgen y expresando el deseo de ser religiosa; sin embargo, no fue aceptada porque su familia se habría opuesto radicalmente debido a que ya habían concertado su matrimonio.

Así pues, con 16 años contrajo matrimonio con Randriaka, que era primo suyo, y el hijo primogénito del primer ministro del Rey, además de pertenecer al ejército real. Era un buen chico, pero tenía una debilidad que se fue acentuando cada vez más: el alcohol, lo cual fue haciendo de él, poco a poco, un hombre lleno de vicios e inmoralidades. Ya podrán imaginar que esto no fue nada bueno para su matrimonio, el cual fue una durísima prueba para Victoria, tanto que su familia carnal y política la animaban a abandonar a su esposo. Victoria se negó tajantemente, pues tenía claro que el matrimonio que habían contraído era indisoluble y ella lo había abrazado hasta que la muerte los separase. Hasta tal punto toda la familia le instaba a abandonar a su esposo, que intentaron hacer que ella se hiciera protestante; su esposo lo era, y le obligaban a asistir a clases y a formarse con los protestantes; pero Jesucristo había entrado en el corazón de Victoria hasta lo más profundo y no hubo manera de que ella abandonara a Aquel que realmente había conquistado su corazón. Se aferró a la cruz y lo que le ayudó a vivirla con la dignidad tan grande con que lo hizo, fueron las largas horas que destinaba a la oración delante del Tabernáculo y la Eucaristía. Todos sus esfuerzos iban encaminados a conseguir la conversión de su esposo, lo que finalmente consiguió en su lecho de muerte, momento en que pidió ser bautizado. Como no hubo tiempo de que llegara ningún sacerdote católico, fue la misma Victoria la que le administró el Sacramento del Bautismo.  Tenía unos cuarenta años cuando enviudó; corría el año 1888.

A pesar de su dolorosa situación familiar en la que, además, no tuvo hijos, se dedicó en cuerpo y alma a obras de caridad y al apostolado, dedicando todos sus medios y esfuerzos a los más necesitados: pobres, enfermos, presos… entre los cuales fue adquiriendo una gran fama de santidad y un gran respeto.

En el año 1883, estalló una guerra entre los malgaches y los franceses, lo cual tuvo como consecuencia la expulsión de todos los misioneros católicos, quedando las comunidades, formadas por gente sencilla, totalmente desprotegidas. Es ahí donde destaca la figura de Victoria a la que dejaron los misioneros como cabeza de la Iglesia hasta el momento en que la situación volviera a la normalidad y ellos pudieran regresar.

Ella, aprovechando la autoridad que le confería su estatus social, y la buena fama adquirida por su comportamiento a lo largo de los años, se convirtió en valedora de todas las causas de los católicos, impidiendo que se cerraran las iglesias para poder seguir celebrando el culto e impartiendo catequesis, así como los colegios. Nadie osó interponerse en su camino, por ser quien era y también porque no había ninguna ley que le prohibiera hacer todo lo que estaba haciendo.

Tres años después, retornaron los misioneros y quedaron fuertemente sorprendidos porque no sólo no habían desaparecido las comunidades de fieles, sino que incluso habían crecido en número y fortaleza gracias a la gran labor de Victoria.

Después de restablecida la normalidad, volvió a una vida acorde a las costumbres de su pueblo, según su condición de viuda. Quedó liberada de los compromisos de la corte, y le permitieron dedicarse totalmente al cuidado de su casa y de su iglesia y así, en una efusión de oración cada vez más intensa, y de caridad cada vez más dilatada, pasó los últimos ocho años de su vida, muriendo después de una breve enfermedad.

¡Cuánto he pensado en la figura de la Virgen Santísima al ir desgranando la vida de esta mujer tan especial! Como Ella, quedó al cuidado de la Iglesia en esos momentos de gran necesidad, haciéndola fructificar de modo maravilloso.

Un gran ejemplo a imitar como columna sobre la que se apoyó la Iglesia cuando fue necesario. 

El Señor también quiere suscitar entre nosotros columnas fuertes sobre las cuales seguir reconstruyendo Su Iglesia. ¿Estamos dispuestos, como lo estuvo Victoria, a tomar sobre nuestros hombros esa responsabilidad para que el Señor siga llevando a cabo Su Obra?

Sole Martín

Soledad Martín, esposa y madre. Intento compaginar ésta que es mi verdadera vocación, lo mejor que puedo, con un trabajo como funcionaria en horario de mañana, lo cual me permite atender a mi familia puesto que tengo las tardes libres. Soy laica del Hogar de la Madre.