Beata Isabel Canori

Hay dos cosas en las que pienso al leer la vida de esta mujer. La primera, que su vida no fue diferente de la de muchas mujeres que, actualmente, son maltratadas por sus maridos. Algo lamentable pero que se ha repetido a lo largo de la historia. Pero no es esto lo que pensaba al respecto de los malos tratos, sino lo diferente que es asumir las situaciones injustas o difíciles cuando se hace desde la fe y la confianza en Dios.

Todos sabemos que Dios no quiere estas situaciones de violencia; Dios siempre respeta nuestra libertad y nos da tiempo y oportunidades para que volvamos nuestros ojos a Él y cambiemos nuestra vida. Dios no ama el pecado, pero sí al pecador y lo que quiere es que se convierta y viva, pero la palabra vida no se refiere aquí a la vida de cada día, sino a la Vida Eterna.

La otra cosa en que pensaba es cómo Dios no nos deja nunca solos. Él siempre está ahí; su providencia amorosa no nos deja nunca. A lo largo de toda la historia se nos ha manifestado, primero, por medio de los Profetas y, finalmente, por medio de su propio Hijo Jesucristo, el cual nos prometió quedarse para siempre entre nosotros y lo hizo en el sacramento de la Eucaristía. Es verdad que a alguno se le podría ocurrir decir que ahí no le vemos ni oímos,  aunque a veces hable a gritos desde la Eucaristía (lo que pasa es que estamos bastante sordos y bastante lejos de la onda de Dios para poder escucharle). Es entonces es cuando elige a alguien, como la mujer que nos ocupa, para comunicarse con nosotros y hacernos llegar su mensaje.

A lo largo de la historia ha habido muchos casos en los que el Señor elige a personas para llegar a nosotros, bien actuando Él mismo, o enviando a su Madre, Nuestra Madre Santísima María.

Isabel nació el 21 de noviembre de 1774 en Roma, en una familia acomodada y religiosa que tuvo doce hijos, de los cuales sólo sobrevivieron seis. Tuvo una infancia normal y tranquila durante la cual estudió con las hermanas Agustinas de Cascia, destacando por su gran inteligencia, vida de piedad, oración y penitencia.

A la edad de 21 años tomó la decisión, profundamente meditada, de contraer matrimonio con el joven abogado Cristóbal Mora, hijo también de familia acaudalada. El matrimonio prometía, pero Cristóbal era un hombre débil y después de un tiempo, se dedicó a vivir disolutamente derrochando y perdiendo su patrimonio, dejando de ejercer la abogacía y condenando a su familia a vivir miserablemente, ante lo cual Isabel siempre se mantuvo firme en la fidelidad y dedicación amorosa a su esposo, a pesar de las constantes humillaciones y malos tratos a los cuales Cristóbal la sometía. Ella, constantemente, ofrecía sus oraciones y sufrimientos por la conversión de su esposo, desoyendo los consejos de familiares y amigos, los cuales sólo le aconsejaban que le abandonase. 

Durante el matrimonio, nacieron cuatro hijos de los cuales sobrevivieron dos niñas  llamadas Marianna y Luciana, pues los otros dos murieron al poco de nacer.

Isabel finalmente fue abandonada por su esposo en la ruina total, por lo que tuvo que trabajar duramente para sacar a flote a sus dos hijas.

Beata Isabel Canori

Pero este terrible panorama de miseria material, no lo era espiritual. Isabel era una mujer profundamente virtuosa y de fe profunda y, a pesar de vivir pobremente, su casa siempre estuvo abierta a los más necesitados, por lo que llegó a convertirse en lugar de acogida y consuelo para los que necesitaban no sólo ayuda material, sino también moral y espiritual.

En 1801, sufrió una grave enfermedad que la llevó al borde de la muerte y de la que curó de forma inexplicable. Desde entonces empezó a tener extraordinarias experiencias místicas, entre las que se podrían destacar la profecía y los estigmas de la Pasión de Cristo. Entre sus visiones se pueden destacar las referidas a las tremendas batallas que tendrá que sostener la Iglesia de los últimos tiempos bajo el poder de las tinieblas.

Isabel se puso bajo la dirección espiritual de un sacerdote español llamado Fernando de San Luis y entró a vivir bajo la espiritualidad de la Tercera Orden Trinitaria como seglar casada. Pronto su fama fue creciendo y los romanos empezaron a referirse a ella como “la santa”.

Antes de morir, predijo la conversión de su esposo. Efectivamente, Cristóbal entró a formar parte de la Orden Trinitaria llegando más tarde a ser ordenado sacerdote con los Frailes Menores Conventuales y pasando sus últimos años verdaderamente arrepentido llorando todos sus pecados. Murió en olor de santidad a los 73 años.

Isabel murió el 5 de Febrero de 1825 y lo que ciertamente destacaría de ella no son esos dones extraordinarios que Dios le regaló y que llaman tantísimo la atención, sino esa profunda vida de fe que la llevó a vivir de forma heroica todas las exigencias de madre y esposa en las circunstancias tan adversas en las que ella vivió en perfecta conformidad con Cristo.

El 24 de Abril de 1994, año mundial de la familia, fue beatificada junto a otra madre de la que ya hemos hablado, Gianna Beretta Molla, por el Papa San Juan Pablo II.

Sole Martín

Soledad Martín, esposa y madre. Intento compaginar ésta que es mi verdadera vocación, lo mejor que puedo, con un trabajo como funcionaria en horario de mañana, lo cual me permite atender a mi familia puesto que tengo las tardes libres. Soy laica del Hogar de la Madre.