Beata Eurosia Fabris: "Mamma Rosa"

“Todo lo hacía para dar Gloria a Dios y salvar otras almas”, es lo que dijo su hermano Antonio de ella durante las declaraciones hechas en el proceso de canonización.

Me inquieta mucho cuando medito en la vida de Mamma Rosa el descubrir en ella el deseo del verdadero Amor. Os preguntaréis por qué y os puedo decir que, aunque hace ya mucho tiempo que descubrí que el amor no es sólo un sentimiento, que es mucho más, la vida de esta mujer me ha mostrado que también es posible amar de verdad aunque no acompañe el sentimiento y que hacer lo que desea Aquel que merece ciertamente nuestro amor, ya es AMAR y, verdaderamente, no tiene por qué acompañar el sentimiento, el cual, en ocasiones, en vez de ayudar a elevarnos puede ser motivo de caída.

Eurosia, llamada sencillamente Rosa, nació en un pequeño pueblo de la provincia de Vicenza en Italia, el 27 de Septiembre de 1866, en una sencilla casa de campesinos. Sólo pudo acudir a la escuela durante dos cursos porque tuvo que dejarla para ayudar en casa a sus padres tanto en el trabajo del campo como en las tareas de la casa pero, al menos, aprendió a leer y a escribir, lo cual le permitió leer las Sagradas Escrituras y algunos otros libros religiosos como el catecismo.

La madre de Rosina era una buena costurera y con ella aprendió a coser. A su casa acudían algunas jovencitas a aprender corte y confección y ella no perdía la oportunidad de hacer apostolado con todas ellas y también les enseñaba el catecismo.

A los 18 años ya era una jovencita muy especial; no sólo destacaba por sus virtudes humanas y espirituales, sino también por su belleza, lo cual hizo que algún joven se fijara en ella y le propusiera matrimonio, propuestas que ella rechazó.

El ejercicio de la caridad que tan natural era para ella, le impulsó a dedicarse a una familia que, desgraciadamente, había perdido a su joven madre. Era una familia formada por Carlos Barbán y su esposa, que tenían tres hijas pequeñas y, además, vivían con ellos el padre y un tío de Carlos. La muerte de esta mujer dejó a la familia ciertamente desamparada puesto que el padre de Carlos padecía una enfermedad crónica y, al poco de morir su esposa, murió también la mayor de las niñas, quedando una niña de unos 20 meses y otra de 4 meses aproximadamente. Durante 6 meses Rosina acudía a casa de los Barban a cuidar de la casa y de las niñas. Después de un tiempo Carlos le pidió matrimonio;  su familia y su párroco le propusieron que pensara si no sería conveniente que se casara con él.

Aquí es donde me asombra sobremanera el ejercicio de la caridad de esta mujer. Ella no se enamoró de ese hombre, sino que estaba enamorada de Dios y adivinando, después de profundas reflexiones y de orar profundamente, que la voluntad de Aquel que ella amaba era que asumiera esa labor, decididamente se abrazó a ella siendo éstas sus palabras: «El Señor mismo me ha puesto sobre este camino y yo me he dejado conducir por Él. ¡Me he casado precisamente para sacrificarme! Me casé con el viudo Carlo por piedad de sus tiernas hijitas; para poder criar a estas pequeñas huérfanas. Les haré de madre y crecerán bien, porque me he propuesto educarlas para el Señor». Asombroso y desconcertante,¿ no?

Pero no penséis que sólo se casó para cuidar de todos ellos, aunque también; pero además de asumir perfectamente su papel de madre, asumió también perfectamente su papel de esposa en esa familia, de manera que Carlos y Eurosia tuvieron otros nueve hijos y, además, se encargaron de cuidar otros tres niños: dos niñas y un varón hijos de unos parientes cuya madre también falleció y cuyo padre estaba en el ejército. Así que, en total, crió  a 14 hijos y cuidó de un marido que no siempre actuaba demostrando el agradecimiento que habría debido tenerle. Eurosia consideraba la familia como una escuela de vida cristiana donde todos sus miembros eran educados en la oración, la obediencia, el temor de Dios, el sacrificio, la laboriosidad y todas las demás virtudes cristianas.

Cuando en su parroquia se fundó una fraternidad de terciarios franciscanos, ella fue de las primeras que se inscribió, al igual que su hijo Sante Luigi, el cual estaba casado y era padre de once hijos. La hija mayor de Carlo se consagró en la vida religiosa en el Instituto  de las hermanas de la Misericordia y tres de los hijos de Rosina se hicieron sacerdotes, uno de ellos franciscano; el resto optaron por el matrimonio.

A nuestra beata le gustaba meditar la Pasión del Señor lo que le infundía un profundo terror por el pecado y gran compasión por los pecadores, de modo que a sus hijos les decía: “antes que convertiros en malvados y ofender al Señor, le ruego siempre y de todo corazón que os hiciera morir, para que estuvierais en su gracia.”

La manera en que Rosina se santificó fue viviendo con perfección sus deberes de esposa y madre, ofreciendo todos los sacrificios de la vida diaria por la conversión de los pecadores y esos sacrificios no fueron pocos porque habría que sumar a un marido en ocasiones huraño y duro; un suegro sordo, enfermo y difícil de contentar;  un cuñado fumador, aficionado al juego y a las malas compañías; además de las dificultades económicas que tuvieron que afrontar pues disponían de pocos ingresos como consecuencia de los efectos de la guerra del 1915-1918. Pero a pesar de todo esto ella vivía feliz, e incluso prefería esta situación a vivir con más desahogo, pues reconocía la pobreza en la que vivieron Jesús y María y ella no anhelaba más que vivir imitándoles. En ocasiones se desprendía de lo que tenía para darlo a quienes eran más pobres que ellos.

El 8 de Enero de 1932 moría Eurosia y el 22 de junio de 2005 la Iglesia reconoció oficialmente el milagro obtenido gracias a su intercesión. Finalmente el 6 de Noviembre de 2005 fue declarada beata por la Iglesia.

Una vida increíble. ¡Cuánta generosidad! No sólo en la apertura a la vida con sus propios hijos, sino acogiendo a los huérfanos que quedaban desamparados para proporcionarles una familia en la que se sintieran seguros y acogidos. Una familia donde no sobraba nada, pero abandonada a la Divina Providencia que siempre socorre a quienes se acogen a ella. Cuántas cosas a imitar en estos tiempos en que no nos falta casi de nada y siempre ponemos excusas a la hora de ser generosos con Dios, en estos tiempos en que cuando alguna familia numerosa pasea por la calle, son incluso objeto de burla. Dios es el dueño de todo y si tuviéramos la valentía de ponernos en sus manos como lo hizo Eurosia, seguro quedaríamos gratamente sorprendidos.

Sole Martín

Soledad Martín, esposa y madre. Intento compaginar ésta que es mi verdadera vocación, lo mejor que puedo, con un trabajo como funcionaria en horario de mañana, lo cual me permite atender a mi familia puesto que tengo las tardes libres. Soy laica del Hogar de la Madre.

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