Franz Jägerstätter, fiel a su conciencia

Duros tiempos fueron los que esperaban al mundo a finales de la primera mitad del siglo XX. Todos conocemos los males que tuvieron lugar cuando Hitler y su súper afán hegemónico se lanzaron a conquistar el mundo y a someter a todos los que no cabían dentro de los esquemas de excelencia racista que ellos habían determinado.

No sé si les suena familiar el tema de “los que no caben dentro de los esquemas determinados por unos cuantos” que, lamentablemente, es el que prima hoy en día con todo tipo de ideologías que se nos pretenden imponer tachando de homófobos, intransigentes y no sé cuántas cosas más a todos los que quieren alzar la voz en contra de esas dictaduras ideológicas que se han puesto de moda actualmente en nuestro supuesto mundo democrático.

Pues de todo esto es de lo que va la vida del hombre cuya historia acabo de conocer y que, no sin dificultades de todo tipo, salió victorioso al precio de su cabeza, pues murió decapitado.

Franz Jägerstätter nació en 1907 en una aldea en el norte de Austria y se podría decir que no tuvo una infancia-juventud muy ejemplar. Era hijo ilegítimo de Franz Bachmeier y Rosalie Huber. Su padre se hizo cargo de ellos hasta que murió en el frente durante la Primera Guerra Mundial y su abuela fue quien se hizo cargo de él en este tiempo. Tres años después, Rosalie se casó con el señor Jägerstätter, del que Franz tomó su apellido, que era propietario de una finca en la que Franz se crió y en la que trabajó también duramente. Allí encontró además una pequeña biblioteca de libros históricos y religiosos que leyó ávidamente y le sirvieron para compensar en parte su falta de estudios.

Cuando era joven, después del duro trabajo, Franz salía con un grupo de amigos del cual era líder, y se dedicaban a beber y a enzarzarse en peleas, a consecuencia de las cuales fueron detenidos y encarcelados en alguna ocasión.

Cuando tenía 27 años se dice que tuvo una aventura de la que nació un hijo, aunque nunca se supo si fue o no cierto, pero el caso es que él abandonó su pueblo y es en este tiempo en que estuvo trabajando en las minas de hierro de Steiermark en el que tuvo lugar su profunda conversión. Al volver a su pueblo era un hombre diferente, retomó con fervor la práctica religiosa, empezó a acudir a la iglesia del pueblo, su afición a la lectura le ayudó a formarse y a iluminar sus razonamientos e interrogantes sobre el sentido de la vida. Sus amigos quedaron asombrados al ver este cambio tan radical.

Franz conoció en un baile a Franziska Schwaninger a la que llamaba Fani, una chica profundamente cristiana. Ellos reconocieron en su matrimonio una verdadera vocación, de modo que se casaron sin ceremonias ni fiestas superfluas; lo hicieron en soledad el 9 de Abril de 1936, Jueves Santo, a las 06:30 de la mañana y el Señor bendijo su unión con tres preciosas hijas.

La felicidad no pudo durar mucho, pues tres años después de su boda, se declaró la Segunda Guerra Mundial y Hitler, en 1938, invadió Austria anexionándosela.

Franz pensó que se libraría de ser llamado a filas, pues eran necesarias las fincas agrícolas para producir comida para el ejército pero, con el tiempo, fueron necesarios refuerzos y fue llamado a filas y ahí es donde empezaron sus problemas de conciencia, puesto que estaba convencido de que esa guerra era literalmente del demonio y que él no podía unirse al ejército de Hitler. Pidió consejo a personas bien formadas, a algunos sacerdotes y todos le invitaban a unirse a filas para evitar ser arrestado y condenado a muerte, puesto que ya tenía una familia por la que debía velar. Valoró la posibilidad de unirse a los servicios médicos pero, finalmente, su conciencia no le permitió tomar parte en esa guerra de ninguna manera.

Nadie entendía bien la postura que, públicamente, estaba tomando Franz al respecto. Se dio de baja en la Asociación Nacional de Agricultores Austriacos por la postura tan débil que había tomado respecto al nazismo, e intentaba despertar la conciencia de la gente en cuanto a la postura que debían mantener frente a la situación que se estaba desarrollando por el precio tan alto que tendrían que pagar por la maldad que se ocultaba tras el régimen de Hitler. También renunció a las subvenciones y ayudas para el campo que proporcionaba el régimen y se negó a contribuir a las colectas que se organizaban para recaudar fondos.

En 1939 fue reclutado pero, después del período de entrenamiento, lo mandaron a casa temporalmente. Esta experiencia le llevó a tomar la resolución definitiva de no servir en el ejército nazi.

No le resultó fácil mantenerse firme en su determinación puesto que no era entendido por nadie. Solamente y ya al final, su esposa le entendió realmente después de intentar convencerle varias veces. Comprendió que si ella no hubiese estado ciertamente a su lado, él se habría quedado completamente solo.

Finalmente, en Febrero 1943, fue llamado a las armas. Ya habían nacido sus tres hijas, Rosi tenía seis años, Maridl cinco y Loisi dos. La despedida fue realmente dura, Franz y Franziska sabían bien las consecuencias de la decisión que había tomado pero la conciencia de Franz le hablaba claramente: "Todos me dicen, por supuesto, que no debo hacer lo que estoy haciendo por el peligro de muerte. Yo creo que es mejor sacrificar la propia vida inmediatamente que ponerse en grave peligro de cometer pecado y después morir." "Yo no puedo creer que porque uno tenga esposa e hijos, queda libre para ofender a Dios. ¿Acaso Cristo no dijo, "Quien ama a padre, madre o hijos más que a mí no merece mi amor?"

Antes de partir, también escribió al padre Karobath diciéndole: “Te ruego que me recuerdes en la Misa mientras se te permita celebrarla. De corazón te pido que reces por mí también y me perdones cualquier problema que alguna vez te haya causado. Que Dios no me abandone en esta última hora... Dios y la Virgen Santísima ciertamente no abandonarán a mi familia cuando yo no pueda ya protegerla por mí mismo. Las cosas serán muy difíciles para mis amados.”

No fue fácil tampoco para este sacerdote, el cual elogiaba a Franz ante la gente de su pueblo. Esto le trajo no pocos problemas porque sus conciudadanos lo que pensaban de él era que era un fanático religioso y que quería escapar de las responsabilidades para con la patria, así como con su propia familia a la que había abandonado. Efectivamente no fue comprendido por casi nadie y eso a su esposa también le causó muy duros sufrimientos. En una carta, cuando ya estaba preso, le decía a su esposa: “Estoy atribulado por el temor de que tengas que sufrir tanto por mi causa. Me preocupa haber traído sobre ti la injusticia.”

Efectivamente, cuando llegó al lugar donde había de reportarse para su reclutamiento, se negó a hacer el juramento militar que se le imponía a todos, pero se ofreció para servir en el cuerpo médico para no tener que luchar en el frente, de este modo, haría un servicio de caridad a los heridos, pero no fue aceptado y fue llevado a prisión.

En otra carta que escribió a su familia, le decía a su esposa: "No debes estar triste por mi situación presente... Mientras un hombre  tenga la conciencia tranquila y sepa que no es en realidad un criminal, puede vivir en paz, aún en la prisión". Y también: "Mientras pueda rezar, y hay mucho tiempo para eso, mi vida no es en vano".

Un compañero francés de celda lo recuerda: “Encontramos un buen amigo en Franz, uno que en los momentos más oscuros era siempre capaz de ofrecer una palabra de consuelo y se las arregló para darnos su último pedazo de pan de las míseras comidas de las mañanas y noches que nos llevamos a las celdas...  Su fe en Dios y en la justicia no tenía comparación, sólo se podía entender la medida de su fe cuando uno lo veía inmerso en la oración todo el día, con su rosario, su compañero constante. De la misma manera, la comunión el día de Pascua que recibimos juntos en abril de 1943 me trajo gran felicidad”.

A principios de mayo lo trasladaron por sorpresa a Berlín y allí fue juzgado; a Franz le dieron como abogado a Friedrich Leo Feldmann de Dusseldorf. Franz explicó que sus razones para no servir en el ejército eran dos:
1- El Nazismo es malvado y causa gran sufrimiento humano.
2- Que buscaba destruir la Iglesia Católica.

El abogado le dijo que no eran suficientes razones para su defensa, ya que había católicos sirviendo en el ejército de Hitler.

El tribunal le argumentó: "No te pedimos que protejas un régimen particular sino que defiendas tu patria. ¿Quieres que los rusos entren en Austria a quemar, saquear y violar a tu esposa y tus hijas?"

- Franz respondió: "No"

- "Entonces", dijo el oficial, "¡defiende tu patria!"

- "No puedo. El régimen es malvado y no puedo apoyarlo de ninguna forma".

Ciertamente, el talante de quienes lo estaban interrogando iba cambiando de arrogante a suplicante llegándole incluso a proponer: "Jägerstätter, te pondremos en una posición donde no tendrás que levantar una pistola. Te haremos enfermero. ¡Por favor escúchanos!”

- "Ustedes son buenos hombres", respondió Franz, "y yo aprecio lo que están tratando de hacer por mí, pero si entro en el ejército siento que estoy haciendo algo muy malo, y añado a ello el pecado de mentir al parecer que pertenezco al ejército vistiendo su uniforme. No puedo hacer esto".

Franz fue declarado culpable y condenado a la pena de muerte. Él y su abogado aceptaron la sentencia en silencio.

Finalmente, fue decapitado el 9 de Agosto de 1943, a los 36 años de edad. Antes de su ejecución le dijo al sacerdote que le asistió en sus últimos momentos y que le había ofrecido algo para leer: "Estoy completamente envuelto en unión interior con el Señor, y cualquier lectura solo interrumpiría mi comunicación con mi Dios".

El 26 de Octubre de 2007, fue beatificado por el Papa Benedicto XVI. En su beatificación estaba su esposa Franziska, de 94 años de edad. "Yo siempre le pedí al Señor Dios que me permitiera vivir para ver este día", son las palabras que dijo en la catedral, rodeada por su familia.

Es asombroso contemplar hoy en día la actitud de este hombre, máxime cuando ahora las opiniones y las convicciones cambian con la dirección del viento. Cuánto hace y cuánto ayuda una conciencia bien formada acompañada de una intensa fe, alimentada por una profunda oración.

Otro estupendo ejemplo a imitar para todos nosotros; puede que ahora no nos cueste la cabeza defender nuestras ideas y nuestra fe pero, tal y como se están desarrollando las cosas, quién sabe lo que pasará en un futuro no muy lejano.

Sole Martín

Soledad Martín, esposa y madre. Intento compaginar ésta que es mi verdadera vocación, lo mejor que puedo, con un trabajo como funcionaria en horario de mañana, lo cual me permite atender a mi familia puesto que tengo las tardes libres. Soy laica del Hogar de la Madre.

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