Moralidad de los métodos naturales (II)

La labor de la educación para la vida requiere la formación de los esposos para la procreación responsable. Esta exige, en su verdadero significado, que los esposos sean dóciles a la llamada del Señor y actúen como fieles intérpretes de su designio, abriendo generosamente la familia a nuevas vidas y, en todo caso, permaneciendo en actitud de apertura y servicio a la vida incluso cuando, por motivos serios y respetando la ley moral, los esposos optan por evitar temporalmente o durante un periodo indeterminado un nuevo nacimiento.

La ley moral obliga a los esposos, de cualquier modo, a encauzar las tendencias del instinto y de las pasiones y a respetar las leyes biológicas inscritas en sus personas. Precisamente este respeto es el que legitima, al servicio de la responsabilidad en la procreación, el recurso a los métodos naturales de regulación de la fertilidad, precisados cada vez mejor desde el punto de vista científico, y que ofrecen posibilidades concretas para adoptar decisiones en armonía con los valores morales. Una consideración honesta de los resultados alcanzados debería eliminar prejuicios todavía muy difundidos y convencer a los esposos, así como a los agentes sanitarios y sociales, de la importancia de una adecuada formación al respecto. La Iglesia está agradecida a quienes con sacrificio personal y dedicación con frecuencia ignorada trabajan en la investigación y difusión de estos métodos, promoviendo al mismo tiempo una educación en los valores morales que su uso supone. (Evangelium Vitae, 97)

¿Qué son los métodos naturales?

La Organización Mundial de la Salud los define como «métodos basados en el autodiagnóstico de los días fértiles e infértiles del ciclo y en la abstinencia periódica de relaciones sexuales en las fases de fertilidad, cuando lo que se busca es posponer un embarazo». Su utilización suele denominarse “Planificacion Familiar Natural” (PFN o PNF). De esta manera, estamos hablando del conocimiento de los ritmos de la fecundidad para ser responsables de que el amor no se manifieste conyugalmente cuando no se deban tener hijos. 

Ciertamente, se exige una abstinencia. Y este punto es, precisamente, uno de los más superficialmente tratados por la opinión general. Así, se han llegado a convertir en tabúes términos como “continencia”, “abstinencia” o “castidad conyugal”, considerados represivos cuando se refieren al ámbito de la sexualidad y, en cambio, aceptados sin aspavientos como algo lógico cuando se aplican a otros campos: nadie se extraña de la necesidad de prescindir de la ingesta de grasas o glúcidos para evitar la obesidad, o de la disciplina a que ha de someterse un deportista –con sus correspondientes renuncias y abstinencias-, o de las exigencias horarias o de otro tipo de determinadas profesiones, etc..

Tres métodos modernos de la PFN están respaldados por un amplio abanico de datos científicos: 

  1. El método sintotérmico: basado en las observaciones de secreción vaginal y de la temperatura basal del cuerpo, combinada, en ocasiones, con otros síntomas.

  2. El método de la ovulación: también conocido como el método Billings, de los doctores John y Evelyn Billings, basado únicamente en las observaciones de secreción vaginal.

  3. El modelo Creighton: desarrollado en la Universidad del mismo nombre, que es una adaptación del método de la ovulación, estandarizando protocolos para su uso y enseñanza.

En mi opinión, los esposos que utilizan la PFN obtienen los siguientes beneficios:

  1. Saben apreciar más profundamente la fertilidad como un don de Dios más que como un fenómeno biológico que se puede manipular, o un mal que hay que evitar.

  2. Generalmente, consiguen consciente y rápidamente los embarazos cuando ellos eligen tenerlos (los embarazos "sorpresa" suceden muy raramente entre las parejas que usan la PFN).

  3. Se replantean sus opciones sobre la fertilidad constantemente, de forma periódica.

  4. En su relación íntima, cada esposo envía un mensaje implícito y poderoso al otro: «Te acepto completamente, incluida tu fertilidad».

  5. Aprenden a asumir y a ejercer juntos la responsabilidad sobre su fertilidad.

  6. Aprenden que los periodos de abstinencia de contacto genital pueden hacer más sólida una relación.

¿Son éticos los métodos naturales?

Podríamos resumir la respuesta que da Pablo VI a esta cuestión diciendo: «Sí a la inteligencia, sí al amor».

A estas enseñanzas de la Iglesia sobre la moral conyugal se objeta hoy que es prerrogativa de la inteligencia humana dominar las energías de la naturaleza irracional y orientarlas hacia un fin en conformidad con el bien del hombre. Algunos se preguntan si actualmente no es quizá más racional recurrir en muchas circunstancias al control artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia y mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos. A esta pregunta hay que responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervención de la inteligencia en una obra en la que la creatura racional se asocia tan de cerca a su Creador, pero afirma que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.

Por consiguiente, si existen serios motivos derivados de las condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges o de circunstancias exteriores que aconsejen espaciar los nacimientos, la Iglesia enseña que es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad sin ofender los principios morales que acabamos de recordar (Humanae Vitae, 16).

Como vemos, este sistema es totalmente distinto en su concepción de base de los métodos contraceptivos.

La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los periodos infecundos, mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la fecundación, aunque se utilicen por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales (Humane Vitae, 16).

Una cosa es la voluntad no-procreadora, y otra la voluntad anti-procreadora, recordando el principio ético según el cual no querer la realización de un bien puede ser bueno, pero ponerse en contra de la realización de un bien, es siempre malo.

Por tanto, el uso del término “natural” se refiere a la adecuación a la realidad objetiva del acto sexual, del cuerpo, de la persona y de la donación; no se refiere directamente a que haya un producto artificial o no.

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P. Francisco José Ramiro García

Doctor en Teología Moral, Doctor en Ciencias de la Educación. Máster en Bioética por las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna. Profesor de Teología Moral y de Bioética del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. Miembro fundador de la Asociación Canaria de Bioética (ACABI). Coordinador y Profesor del Máster de Bioética de Canarias. Presidente del Comité Científico del Congreso Nacional de Bioética Canarias 2002. Miembro del Comité Asistencial de Ética del Hospital Universitario Dr. Negrín (2005). Miembro de La Comisión Asesora de Bioética de Canarias (2008). Coordinador de la web: Bioética en la Red.

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