Moralidad de los métodos naturales (I)

El Magisterio de la Iglesia establece que hay que excluir absolutamente como vía lícita para la regulación de nacimientos:

1. La interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas.

2. La esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer.

3. Toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer imposible la procreación. (HV,14)

Téngase en cuenta que se trata de los actos sexuales concretos, por eso el mismo Pablo VI advierte dos argumentaciones que se podrían poner frente a la afirmación de la necesidad de tener en cuenta los actos concretos: la teoría del mal menor, y el “principio de totalidad”: «Tampoco se pueden invocar como razones válidas para justificar los actos conyugales intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e idéntica bondad moral». 

Mal menor

Es cierto que, en ocasiones, es lícito tolerar un mal moral menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, para ello juzga la virtud de la prudencia.

En cambio no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien, es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social. 

Para entender correctamente este punto se hace necesario recordar la diferencia que hay entre los preceptos morales negativos y positivos. Lo que está prohibido por sí mismo, no se puede hacer nunca: obliga siempre y en todas las circunstancias. En cambio, los preceptos positivos, aunque obligan siempre, la obligación concreta de obrarlos depende de las circunstancias que se den en cada caso.

En este tema estamos ante la prohibición de separar los dos significados del acto conyugal. Se trata, como es patente, de un precepto negativo, por lo tanto en ningún caso se puede hacer. El que sea una prohibición, no se convierte en una realidad negativa para la vida del hombre, como la prohibición de matar al inocente no es algo negativo para este. Esta es una afirmación del valor antropológico y ético del acto conyugal, es más, de la misma afirmación de los cónyuges como personas. O, dicho con otras palabras, el obrar la mentira en el acto conyugal es malo en sí, y priva al mismo acto conyugal de ser un acto, en sí mismo, de amor.

Es evidente que a partir de esta realidad hay que atender a los casos concretos que se presenten para ver cómo actuar en las circunstancias específicas: consejos, ayudas, oración. Puede ser iluminador partir de una realidad a la que alude Gaudium et Spes: «La Iglesia, sin embargo, recuerda que no puede hacer contradicción verdadera entre las leyes divinas de la transmisión obligatoria de la vida y del fomento del genuino amor conyugal» (GS,51).  Por tanto, se tratará de partir desde ahí para buscar las soluciones que ayuden a las personas a vivir según la ley de Dios.

San Juan Pablo II en Veritatis Splendor, habla específicamente de este punto, siguiendo la pauta del beato Pablo VI en Humanae vitae: «En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal menor a fin de evitar un mal mayor o de promover un bien más grande, no es lícito, ni aun por razones gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (cf. Rom 3, 8). Es decir, hacer objeto de un acto positivo de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social» (VE, 80).

La Iglesia, al enseñar la existencia de actos intrínsecamente malos, acoge la doctrina de la Sagrada Escritura. El apóstol Pablo afirma de modo categórico: « ¡No os engañéis! Ni los impuros, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los homosexuales, ni los ladrones, ni los avaros, ni los borrachos, ni los ultrajadores, ni los rapaces heredarán el Reino de Dios» (1 Cor 6, 9 10).

Si los actos son intrínsecamente malos, una intención buena o determinadas circunstancias particulares pueden atenuar su malicia, pero no pueden suprimirla: son actos «irremediablemente» malos, por sí y en sí mismos no son ordenables a Dios y al bien de la persona (VS, nn. 80-81).

Principio de Totalidad

Respecto al principio de totalidad, se refiere a la subordinación de la vida de un miembro al bien de todo el organismo. El Magisterio lo aplicó solo a la moralidad de amputar un miembro enfermo para que sane todo el cuerpo: «Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal fecunda» (HV, 14).

Estamos hablando de píldoras, mecanismos suministradores de fármacos o acciones con fin contraceptivo. Hay que tener en cuenta que, frecuentemente, cuando el fin es que no nazca un niño, se pasa rápidamente de la acción contraceptiva a asegurarse otro efecto abortivo: el antiimplantatorio. Tal es el caso de la píldora del día de después, de algunas píldoras que se toman, o delaquí. llamado “parche anticonceptivo”.

Un caso distinto es que la contracepción se produzca como consecuencia indirecta de otras acciones que tengan obligación de ponerse. Por ejemplo, puede haber medicinas que regulen el ciclo de la mujer, y que produzcan también un efecto contraceptivo. Aunque algunos explican la eticidad de esta actuación como un caso típico de aplicación del “acto voluntario indirecto” o “de doble efecto”, sin embargo parece más adecuado hablar de que aquí no hay acto anticonceptivo, mirando al acto conyugal en sí mismo.

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P. Francisco José Ramiro García

Doctor en Teología Moral, Doctor en Ciencias de la Educación. Máster en Bioética por las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna. Profesor de Teología Moral y de Bioética del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. Miembro fundador de la Asociación Canaria de Bioética (ACABI). Coordinador y Profesor del Máster de Bioética de Canarias. Presidente del Comité Científico del Congreso Nacional de Bioética Canarias 2002. Miembro del Comité Asistencial de Ética del Hospital Universitario Dr. Negrín (2005). Miembro de La Comisión Asesora de Bioética de Canarias (2008). Coordinador de la web: Bioética en la Red.

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