Paternidad y maternidad responsables

La doctrina sobre la unión entre matrimonio y fecundidad ha sido pacíficamente aceptada desde el comienzo de la Iglesia. Hasta 1930, era una doctrina unánime entre católicos y ortodoxos, anglicanos y protestantes. Fue en ese año cuando los anglicanos admitieron la licitud de la anticoncepción, al menos en circunstancias determinadas (Conferencia Anglicana, asamblea de Lambeth), rompiendo así la convicción ecuménica cristiana, que había sido unánime. Las demás confesiones protestantes siguieron poco a poco la línea del viraje anglicano en esta cuestión moral tan importante.

La Iglesia Católica reafirmó en seguida su doctrina. Pío XI, poco después de Lambeth, en la Encíclica Casti connubii (1930), rechazó la anticoncepción como gravemente deshonesta. Y la misma doctrina se ha ido confirmando en con sucesivos papas: Pío XII (29-10-1951), Juan XXIII (1961, Mater et Magistra 193-194).

Con ello llegamos a los años 60 en los que, a la vez que comienza a hablarse del control de la población, empiezan a comercializarse las píldoras anticonceptivas. Fue en 1959 cuando el biólogo Pincus ofreció la primera píldora anticonceptiva oral que combinaba estrógeno y progestágeno, aunque en cantidades muy elevadas y con importantes efectos secundarios indeseados. En Europa empieza su comercialización en 1961.

El Concilio Vaticano II dio comienzo el 11 de octubre de 1962, por lo que se entiende que el tema del control de natalidad apareciera en sus discusiones sobre el matrimonio y la familia. Sin embargo, los Padres Conciliares encomendarán a Pablo VI que sea él quien, terminado el Concilio, se pronuncie con más detalle sobre este problema.

Gaudium et spes

Como decíamos, el Concilio Vaticano II abordó este tema, aunque de forma general, en Gaudium et Spes, nn. 48-52.  En estos puntos se plantea la responsabilidad humana y divina que asumen los cónyuges en su tarea de padres, aludiendo de modo genérico a las cuestiones que deben considerar a la hora de tomar decisiones sobre los hijos:

“En el deber de transmitir la vida humana y de educarla, lo cual hay que considerar como su propia misión, los cónyuges saben que son cooperadores del amor de Dios Creador y como sus intérpretes. Por eso, con responsabilidad humana y cristiana cumplirán su misión y con dócil reverencia hacia Dios se esforzarán ambos, de común acuerdo y común esfuerzo, por formarse un juicio recto, atendiendo tanto a su propio bien personal como al bien de los hijos, ya nacidos o todavía por venir, discerniendo las circunstancias de los tiempos y del estado de vida tanto materiales como espirituales, y, finalmente, teniendo en cuenta el bien de la comunidad familiar, de la sociedad temporal y de la propia Iglesia. Este juicio, en último término, deben formarlo ante Dios los esposos personalmente” (GS, 50).

En la formación de este juicio que siempre debe hacer la conciencia y que será la guía para sus actos, deben ajustarse a la ley divina interpretada auténticamente por el Magisterio de la Iglesia.

“En su modo de obrar, los esposos cristianos sean conscientes de que no pueden proceder a su antojo, sino que siempre deben regirse por la conciencia, lo cual ha de ajustarse a la ley divina misma, dóciles al Magisterio de la Iglesia, que interpreta auténticamente esta ley a la luz del Evangelio. Dicha ley divina muestra el pleno sentido del amor conyugal, lo protege e impulsa a la perfección genuinamente humana del mismo. Así, los esposos cristianos, confiados en la divina Providencia cultivando el espíritu de sacrificio, glorifican al Creador y tienden a la perfección en Cristo cuando con generosa, humana y cristiana responsabilidad cumplen su misión procreadora. Entre los cónyuges que cumplen de este modo la misión que Dios les ha confiado, son dignos de mención muy especial los que de común acuerdo, bien ponderado, aceptan con magnanimidad una prole más numerosa para educarla dignamente” (GS, 50).

Cuando se trata, pues, de conjugar el amor conyugal con la responsable transmisión de la vida, la índole moral de la conducta no depende solamente de la sincera intención y apreciación de los motivos (criterios subjetivos), sino que debe determinarse con criterios objetivos tomados de la naturaleza de la persona y de sus actos, criterios que mantienen íntegro el sentido de la mutua entrega y de la humana procreación, entretejidos con el amor verdadero; esto es imposible sin cultivar sinceramente la virtud de la castidad conyugal. No es lícito a los hijos de la Iglesia, fundados en estos principios, ir por caminos que el Magisterio, al explicar la ley divina, reprueba sobre la regulación de la natalidad (GS, 51).

Por último, se plantea las dificultades que pueden surgir para hacer compatible el amor conyugal y la imposibilidad de tener hijos. También, tras descartar acciones como el aborto y el infanticidio, aborda la cuestión del acto conyugal y de la regulación de la natalidad, aunque en modo general.

Humanae vitae

La procreación responsable es una categoría central de la Encíclica Humanae vitae de Pablo VI. Se trata de un concepto que ha sufrido interpretaciones muy diversas y frecuentemente alejadas, no sólo de la intención de Humanae vitae, sino de sus mismas palabras, como veremos. Esta Encíclica define en su número 10:

“En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman parte de la persona humana.

En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad.

En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido”.

Esta decisión se debe tomar en conformidad con el orden moral objetivo, del que la conciencia es intérprete. No pueden determinar subjetivamente qué actos son lícitos y cuáles no, al margen de la intención de Dios, manifestada en la naturaleza. Dentro de la confusión sobre el concepto de Paternidad responsable, es frecuente su identificación con la desvinculación del orden objetivo, como si las razones subjetivas que puedan tener los cónyuges fuesen suficientes para la eticidad de la acción. Más bien Humanae vitae, dice:

“La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una justa jerarquía de valores. En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan por tanto libres para proceder arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios, manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada por la Iglesia” (Humanae vitae, 10).
 
Tras la publicación de Humanae vitae, tres Conferencias Episcopales (de Francia, Canadá y Austria), manifestaron algunas dudas sobre la enseñanza de la Encíclica respecto a las situaciones de conflicto y a la obligación de seguir la moral objetiva.

Estos planteamientos, ya abordados por Pablo VI, han sido reafirmados por el Magisterio posterior. Cabe mencionar el Sínodo VI de los Obispos (1980), san Juan Pablo II (Familiaris consortio, 1981; Evangelium Vitae, 1995), el Catecismo de la Iglesia Católica (puntos 2366-2371), que desarrollaron esta misma enseñanza. En España, la Comisión Episcopal Española publicó el documento Una encíclica profética: La "Humanae vitae". Reflexiones doctrinales y pastorales en 1992,  que recoge las enseñanzas de Humanae Vitae y aborda los problemas que pueden surgir en su aplicación en la línea de todo el Magisterio expuesto.

A nivel global, el término ha sufrido una divulgación todavía más alejada de las expresiones de Pablo VI y del Magisterio. Actualmente se ha unido a proyectos de control demográfico de la población en países pobres, y a la utilización de métodos de esterilización de la población o de fomento de medios antinconceptivos y frecuentemente abortivos. Paternidad y, sobre todo, maternidad responsable, se identificaría con la liberación de la mujer de las trabas de la maternidad, cuya referencia ética de los actos que se lleven a cabo sea únicamente la autodeterminación de la persona. Este planteamiento se ha difundido unido al concepto de “salud reproductiva” y de “derechos de género”.

Por el contrario, la paternidad responsable trata de la forma de la fecundidad vivida consciente y libremente en conformidad a la verdad integral de la persona humana. “Llamamos responsable a la paternidad y maternidad que corresponden a la dignidad personal de los cónyuges como padres, a la verdad de su persona y del acto conyugal” (cat. 130, n. 2. Cf. Humanae vitae, 10). Responsable hace relación a la libertad, y ésta, a la verdad.

Esa verdad corresponde a la teología esponsal del cuerpo -incluida dentro de la antropología adecuada –explicada anteriormente. Esa verdad incluye la verdad sobre la sexualidad humana -comprendida dentro del proyecto permanente del Creador- que debe ser específicamente personal y, por tanto, estar orientada al amor: a la comunión conyugal en una sola carne (cf. Gn 2,24; Mt f t 19,5), que Dios mismo bendice con el don del hijo (cf. Gn 4,1).

En “la formulación bíblica del Génesis, extremadamente concisa y simple,  se indica el sexo, feminidad y masculinidad, como esa característica del hombre -varón y hembra- que les permite, cuando se convierten en «una sola carne», poner al mismo tiempo toda su humanidad bajo la bendición de la fecundidad. No se puede tratar del cuerpo y del sexo fuera de la plena dimensión del hombre y de la «comunión de las personas»” (cfr. cat. 10, n. 2).

P. Francisco José Ramiro García

Doctor en Teología Moral, Doctor en Ciencias de la Educación. Máster en Bioética por las Universidades de Las Palmas de Gran Canaria y de La Laguna. Profesor de Teología Moral y de Bioética del Instituto Superior de Teología de las Islas Canarias. Miembro fundador de la Asociación Canaria de Bioética (ACABI). Coordinador y Profesor del Máster de Bioética de Canarias. Presidente del Comité Científico del Congreso Nacional de Bioética Canarias 2002. Miembro del Comité Asistencial de Ética del Hospital Universitario Dr. Negrín (2005). Miembro de La Comisión Asesora de Bioética de Canarias (2008). Coordinador de la web: Bioética en la Red.

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