Matrimonio e inseguridad infantil

Una vez más son los niños los que me hacen plantearme cosas… los que me hacen pensar, ver el mundo desde sus ojos, y darme cuenta, además, de la confusión a la que están expuestos…

Son ellos los que ven las cosas con un corazón limpio… inocente… pero ven, escuchan el mundo a su alrededor, y terminan aturdidos, confundidos…

De todos los grupos de catequesis de mi parroquia, la clase que va más atrasada con el libro es la mía (seguro, aunque no lo he comprobado). Todos los días me propongo avanzar, pero invariablemente todos los días “mis niños” me asaltan con preguntas. Muchas, muchísimas preguntas. Así que, partiendo de la base pedagógica de basarse en las inquietudes e intereses de los alumnos, nos olvidamos del libro y comienza el aluvión.

El de hoy ha sido sobre el matrimonio (estábamos tratando el tema de los sacramentos). De todos los sacramentos, se han ido a centrar en ese, cosa que ya me ha sorprendido. Me han preguntado muchas cosas, pero sobre todo estaban interesados en saber si una persona se puede divorciar y volverse a casar… y de ahí han pasado a hablarme de sus familias, de sus padres, de que si “mis padres discuten a veces y entonces estoy bastante preocupado por si se van a divorciar”…

Cuando yo era pequeña, si veía a mis padres discutir (o no discutir, porque no lo veía, pero por los gestos y los silencios se intuían los desencuentros) nunca me planteé si se iban a divorciar. Hoy en día, por lo que he visto esta tarde, los niños se sienten inseguros, tienen miedo… miedo de que esas discusiones terminen en una ruptura del matrimonio y la familia… porque es lo que viven cada día: “pues los padres de X se divorciaron hace poco…”, “pues la madre de mi amiga se ha casado otra vez…”.  Se sienten inseguros en casa, que es donde deberían encontrar el mayor remanso de seguridad. Y esto, inevitablemente, les afecta.

Los matrimonios, y por consiguiente las familias de hoy, se suelen construir sobre arena, y no sobre roca firme. Por eso muchos matrimonios tambalean y acaban cayendo. Y con ellos, cae la casa entera. La familia ha dejado de ser una célula sólida. Ahora se percibe como algo susceptible de cambio, con una posible fecha de caducidad. El simple hecho de tener esto en mente, de no cerrar esa puerta de escape, de pensar que cuando no me guste se deja y listo… eso ya es dar pie a que así pase.

Cuando uno tiene claro que su marido/mujer es para siempre, ante las dificultades no busca puertas traseras, no se deja llevar por los sentimientos, sino que intenta siempre cuidarlo y arreglarlo si hace falta, porque sabe que no hay otra opción que no sea seguir juntos. Al fin y al cabo eso es el amor… estar siempre para el otro, los días buenos y los días malos. Y esos días malos, como me decía una de “mis niñas” hoy en clase, “pues es que es normal pelearse a veces, pero bueno, se pide perdón y se sigue adelante”… Pues eso, por algo decía el Señor que tenemos que hacernos como niños…

Judit Hernández

Recién casada y madre, Laica del Hogar de la Madre. Diplomada en Magisterio, catequista y actualmente estudiando para ser profesora de religión.

 

 

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