Lunes, 11 Abril 2016 00:00

Dos metas en el matrimonio

Escrito por

“Y fueron felices para siempre” Así acaban los cuentos para niños, y películas, cuando los protagonistas se casan. Y seguro que a muchos nos suena a cuento eso de “para siempre”. Pero eso no quiere decir que sea imposible. Se puede conseguir; sin embargo, no es un camino fácil. Hay que tener en cuenta la meta: “felices para siempre”. Para ello hay dos cosas muy importantes que se deben seguir: buscar hacer feliz a tu cónyuge y su santificación.

1. Buscar hacer feliz a tu cónyuge
Hay hombres que se casan pensando en: “Me va a hacer feliz, cocina bien, es guapa, me da mi libertad para salir con mis amigos…” Además, mujeres que se casan con sus maridos porque: “Me va a hacer feliz, tiene un buen trabajo, tiene dinero, es guapo, mis amigas me envidian…” Pero esto no funciona así. Si la mujer no puede cocinar por falta de tiempo, o no cocina platos tan elaborados como antes, le salen arrugas, el marido pierde el trabajo, se queda calvo o le sale barriga, las enfermedades les achacan a los dos…entonces ya los esposos consideran que su cónyuge no les hace feliz y se buscan a otro; ¡eso jamás puede funcionar!

Hoy en día la gente no se casa pensando en las cosas listadas arriba, sino que prefieren vivir juntos para tener una puerta abierta por la que, en cualquier momento o contrariedad, puedan irse corriendo, cuando debería ser justo lo contrario. En las adversidades y en los cambios es donde se demuestra realmente el amor hacia el otro. Quien desea casarse no debe hacerlo para que la otra persona le haga feliz, sino porque ama tanto a la otra persona que solo quiere dedicar su vida a hacerle feliz. Si es esta su motivación, podrá prometer y cumplir los votos matrimoniales de “ser fiel en lo próspero y en lo adverso, en la salud y en la enfermedad…amarte y respetarte todos los días de mi vida.”

Todos vamos madurando y haciéndonos mayores, por lo que los votos se hacen para “todos los días de tu vida”; es decir, hasta que la muerte nos separe. Nuestros cuerpos van a ir cambiando, engordaremos, se nos caerá el pelo, enfermaremos… pero si cada uno se dedica y se desvive para hacer al otro feliz, ambos serán felices, a pesar de los problemas y dificultades que vayan afrontando durante sus vidas. 

Pero, entonces ¿qué pasa con lo de “para siempre”? ¿Se puede llegar a ser feliz toda la vida? ¿Es realmente posible? Bueno, pues para eso hace falta la segunda meta.

2. Buscar la santificación del cónyuge
Hay que hacer lo posible para que nuestro cónyuge sea feliz, pero no solo en esta vida sino también en la vida eterna. Tenemos que ayudarle a que alcance la santidad, es decir, la perfección del amor; que crezca en la fe y en la esperanza, y se mantenga en amistad con Dios, con el corazón abierto a recibir Su gracia. Es una meta altísima, por lo que sería imposible de conseguir sin ayuda divina; para eso hay que recibir el Sacramento del Matrimonio. Eso no quiere decir que uno se casa por la iglesia y ya todo está hecho; si uno piensa así se acabará divorciando.

Los sacramentos son muestras de amor de Dios hacia nosotros, no obstante requieren también nuestra colaboración. Con el Sacramento del Matrimonio, el Señor nos da la gracia divina que nos ayuda a amar cuando humanamente no se pueda más. Pero no basta con recibir la gracia del Matrimonio, ¡hay que cultivarla! ¿Y cómo se cultiva? Pues orando, rezando, yendo a Misa, confesándose, visitando al Santísimo, rezando el Rosario, acudiendo a retiros y charlas para matrimonios… Es decir, cultivando nuestra vida de fe. Haciendo esto, no solamente estaremos construyendo nuestra felicidad en esta vida, sino también en la eterna. Así conseguiremos esa meta que nos parecía tan difícil de conseguir: “ser felices para siempre”.

Soy madrileño pero llevo 13 años viviendo en Cardiff (Gales). Me casé el año pasado y somos papás de una niña. Trabajo en el departamento financiero de un hospital y estamos como locos por volvernos a España.