Martes, 22 Marzo 2016 05:00

Nuestra Tierra Santa

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Desde siempre había querido visitar Tierra Santa y era una ilusión que compartía con mi mujer. Dos veces estuvimos a punto de ir; la última se anuló por la crisis de los misiles que cerró las fronteras. Parecía que nunca sería una realidad.

Por tercera vez nos llega una invitación, esta vez del Padre Jesús, para ir en la peregrinación que iba a realizar con su parroquia. Era el mes de marzo del 2011, en plena Cuaresma.

Toda una locura: una semana fuera de casa, con los siete niños yendo al colegio... Pero no lo pensamos mucho y lo organizamos como pudimos: a los niños los llevaría una vecina, Julia, al colegio y mi hermana y mi madre se encargarían del resto. Hicimos un acto de fe en sus ángeles de la guarda y ¡nos fuimos!

Ya estábamos volando hacia Tierra Santa. Nos parecía vivir un sueño después de los intentos fallidos. En mi cabeza bullían un montón de preguntas: ¿cómo sería la tierra de nuestro Jesús? ¿Y los árboles, el río Jordán, el Mar Muerto? ¿Y Nazaret, donde vivió la Virgen? ¿Cómo sería Galilea? ¿Y Jerusalén y sus gentes?

Por fin aterrizamos en Tel Aviv. Me di cuenta de lo variopinto que era todo aquello con la mezcla de árabes, judíos y cristianos, cada uno vistiendo de una manera, con su propia lengua, sus costumbres, su fe y todos hijos de Dios.

El autocar nos llevó en primer lugar a Tiberíades. Yo iba con el corazón a punto de explotar. No podía dejar de pensar: por aquí pasó Jesús, esta tierra la pisó Dios mismo, este aire lo respiró Él, miró estas mismas montañas, los trigales, los olivos…

Esa misma noche, después de celebrar la Misa, nos fuimos a pasear a la orilla del lago. De pronto comenzó a llover y se desató una tormenta impresionante. Pensé en las que se describen en el evangelio y que hacían zozobrar las barcas de los apóstoles. Sin embargo, a la mañana siguiente cuando montamos en una barca y atravesamos el mismo lago, las aguas parecían de cristal y el ambiente era de una paz total. Rezamos mirando ese paisaje muy verde y lleno de vegetación, testigo de tantos milagros de Jesús.

Al día siguiente fuimos a Jerusalén. Contemplamos el sitio nos donde estaba antes el Templo, del que solo queda un trozo de muro; vimos el Torrente Cedrón y enfrente el Monte de los Olivos. Yo sentía que, aunque no había nacido allí, estaba en mi Tierra.

Esa tarde y noche pudimos visitar el Huerto de los Olivos. Fue para mí el momento central del viaje. Serían los olivos, que me recordaban a mi pueblo de Córdoba. Sería la Hora Santa en el mismo lugar dónde Jesús nos pidió que veláramos una hora con Él.

Sería que es el pasaje del evangelio que más me llega al corazón, contemplando a Cristo, Dios y Hombre verdadero... Miraba los olivos y pensaba: cuántas cosas me podrían contar esos olivos de Jesús, de sus noches, de sus lágrimas, de su amor, de las traiciones sufridas, de su dolor...

No quiero extenderme más y siempre quedarían cosas que contar. Solo puedo dar gracias a Dios por este viaje que vale para toda una vida.

Cuando volvimos a casa pudimos comprobar todo el trabajo que tuvieron los ángeles de la guarda. Aún con todo lo que hicieron, no se pudo evitar que el pequeño, Rafa, perdiera un colmillo en un choque frontal de bicis con su hermano Juanjo. Le llevamos al dentista y le puso un separador, que todavía lleva. Así cada vez que Rafa sonríe y vemos el hueco entre sus dientes, nos acordamos del viaje a nuestra Tierra Santa.

Mi nombre es Juanjo soy abogado de profesión. Estoy casado con Mª José y tenemos 7 hijos y... dos perros. Cuando me hablaron de este proyecto rápidamente me vino a la cabeza la idea: solo puedo dar lo que llevo en el corazón, un gran amor por mi Madre, la Virgen. Ella me ha acompañado a lo largo de mis 54 años y sigue estando conmigo día a día. Eso es lo que quiero compartir con vosotros, con su ayuda, por supuesto.